A un mes de la finalización del año, los homicidios dolosos cometidos en Rosario superarán en 13 los hechos ocurridos durante todo 2017 y retrotraen a la ciudad, en esa materia, al inicio de las gestiones de Miguel Lifschitz en la Casa Gris y de Mauricio Macri en la Rosada. La dinámica propia de la narcocriminalidad, la circulación ilegal de armas y el empleo de la violencia letal como mecanismo de resolución –desagradable pero efectivo- de conflictos transitan por caminos paralelos a los de la “invasión” de fuerzas federales como presunto paliativo contra el Mal, como lo pinta la ministra de Seguridad nacional, Patricia Bulrrich, con su perimido paradigma de guerra contra el narcotráfico. Un dato significativo, aunque no tranquilizador, muestra prístina de las dos Rosario: mientras en el centro y macrocentro la tasa de homicidios es bajísima –“como la de las principales ciudades europeas”, grafican en el Ministerio de Seguridad provincial-, en algunos barrios de las zonas sur y oeste el guarismo se hermana a los de las urbes más violentas de Latinoamérica.

Lluvia de noviembre

Hasta el último día de noviembre se habían registrado 175 asesinatos intencionales en el departamento Rosario, 131 de los cuales tuvieron como escenario la ciudad homónima, según los datos oficiales. En 2017 fueron 162 los crímenes dolosos cometidos en la primera jurisdicción. Un alza no muy relevante pero que quiebra la tendencia a la baja del año anterior en relación a 2016.

En la cartera que conduce Maximiliano Pullaro detallan que hubo un incremento de la violencia letal entre bandas “a fines del año pasado y los primeros meses de 2018”, cuando los clanes Funes y Caminos –vinculados al narcomenudeo y otros delitos en la zona de barrio municipal rebautizada Pimpilandia, en memoria del malogrado jefe de la barrabrava de Newell’s- se trenzaron en una escalada de asesinatos.

También lo hubo, según las mismas fuentes, “en los meses previos y posteriores” a la condena a los cabecillas de Los Monos que, a juicio de la cartera de Seguridad, produjo reacomodamientos y vendettas al interior del universo narcocriminal.

El gobierno provincial entiende, a partir del análisis de los datos recogidos, que la violencia que se produce en Rosario “es bien focalizada”. Es decir, se despliega de modo significativo en algunos territorios y se reduce a niveles “tolerables” allí donde la ciudad reproduce el estilo de vida de las clases acomodadas.

En cuanto al análisis temporal, en noviembre hubo una nueva lluvia de muertos además de las precipitaciones –estadísticamente explicables- que bautizaron una vez más la fiesta de Colectividades.

Los cuatro homicidios –tres bajo la modalidad de sicariato- producidos entre el 28 y el 29 de ese mes provocaron zozobra en las autoridades, así como para los medios de comunicación causó interés el de un chico de 14 años baleado la semana anterior mientras miraba jugar al fútbol a sus hermanos, al constituir la perfecta representación de la víctima inocente.

Focalización

La violencia letal, como la distribución de la riqueza, no es equitativa. Tampoco se fija para siempre en un territorio, sino que se muestra dinámica y sujeta a la lógica del comercio ilegal de estupefacientes en baja escala. “Mientras exista consumo vamos a tener este problema”, reflexiona una fuente que lidia a diario con “este problema” desde una perspectiva, la de seguridad, sabedor de que el abordaje desde otras disciplinas es necesario pero no es útil como analgésico a las oleadas de miedo e indignación que bañan a los sectores medios.

La misma fuente informa: “El 40 por ciento de la población rosarina tiene una tasa de homicidios de 3 cada cien mil habitantes”. Es la que reside en el centro y macrocentro de la ciudad. “En algunos barrios, zonas bien focalizadas, esa tasa se triplica”, detalla, y da cuenta de la confección de un mapa en el que coinciden, de modo más o menos simétrico, los sitios indicados como puntos de venta de estupefacientes con los de mayor cantidad de tiroteos y muertes.

Mientras la tasa de homicidio sube o baja –mostró un descenso en 2017 pero los datos de 2018 los asemeja a los de 2016- el perfil de las víctimas se exhibe más inalterable: varones jóvenes de barrios populares.

El uso de la violencia letal está asociado en esos barrios al prestigio que supone convertirse en un tira-tiros, en soldadito de un búnker o un punto de venta, a la fama y el dinero que otorgan –con los riesgos que conlleva- el narcomenudeo.

Las broncas entre esos pibes –integrados a pequeñas o medianas bandas- explican la mayor parte de la tasa de homicidios de la ciudad, que en 2013 llegó a la explosión del fenómeno con 263 asesinatos, lo que habilitó las exageradas analogías entre Rosario y Sinaloa.

Rebrote

El fiscal general de Santa Fe y ex jefe de la Regional 2da con asiento en Rosario, Jorge Baclini, dijo que este año “hubo un pequeño rebrote de homicidios, entraderas y arrebatos callejeros”. Agregó que las estadísticas, a diferencia del tiempo, fueron para atrás: “Estamos en los números de 2016 en término de asesinatos”.

El arribo de más de mil uniformados de fuerzas de seguridad federales y las “intervenciones” de la cartera que dirige Bullrich muestra que ese camino tiene límites precisos, ya conocidos en otras experiencias latinoamericanas, aunque es seductor para las cámaras la hilera de “verdes” pateando la puerta de chapa de un rancho en los pasillos de un asentamiento.

A diferencia de años atrás, cuando se puso en marcha el nuevo sistema procesal penal santafesino, este año la tasa de esclarecimiento de homicidios creció al 82 por ciento, el doble del 40 por ciento que existía en 2015.

Los hechos no quedan impunes, en su mayoría, pero los barrotes de las cárceles no operan como muro de contención, en algunos casos, del que el jefe de Los Monos Ariel Guille Cantero es ejemplo. El próximo 6 de diciembre se leerá la sentencia en una causa federal por narcotráfico mientras estaba detenido en la unidad penal de Piñero. Y esta semana le confirmaron el procesamiento como instigador de un secuestro extorsivo, también organizado intramuros, como las balaceras a edificios judiciales que le endilgan.

Además, la mano de obra para esas tareas se reproduce de modo fordiano en los barrios excluidos de las grandes ciudades, donde las oportunidades cotizan por encima del dólar.

 

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