Con armas de autodefensa, formación sobre solidaridad, ecología y bases de la autonomía y el confederalismo democrático, el milenario pueblo recupera su historia y territorios.

Cuando la mujer es protagonista de un proceso revolucionario, basado en el confederalismo democrático y en la autonomía que articulan las asambleas populares, amenazan al funcionamiento del Estado controlador, centralizado y patriarcal. Ponen en jaque al sistema capitalista.

Tras regresar del Kurdistán profundo, la reportera gráfica rosarina Virginia Benedetto, comparte desde El Eslabón esa vivencia y convivencia con el movimiento de mujeres kurdas. Ellas construyen un proceso de construcción revolucionaria que no puede ser frenada por genocidios y la persecución desatada sobre en poblaciones y sus rebeldes montañas de la región montañosa del Kurdistán, en Asia Occidental, diseminados entre Siria, Irak, Turquía e Irán.

Además, ellas impulsan el cooperativismo y la organización social, la ecología, como también la convivencia entre distintas culturas, y molestan al poder económico y político. Virginia trabajó con el Movimiento de Mujeres Kurdas, con el foco en el mensaje y valor de esas luchadoras, con el rigor y respeto de una trabajadora comprometida con la indagación y  difusión de batallas por los derechos humanos.

En esa región, a mediados de febrero, una delegación internacional, de la que participarán el premio Nobel de la Paz argentino Adolfo Pérez Esquivel y Nora Cortiñas, Madre de Plaza de Mayo-Línea Fundadora, viajarán a Turquía en reclamo por la situación del encarcelado dirigente kurdo Abdullah Öcalan, quien fue detenido y aislado en 1999.

Tanto en Turquía como en varios países más, centenares de personas mantienen huelgas de hambre reclamando que el gobierno turco levante la prisión en aislamiento de Öcalan en la isla de Imrali.

Organismos de derechos humanos indican que en cárceles turcas hay unos 260 mil presos políticos en 437 prisiones, de los cuales cerca de 1.500 están enfermos y otros cuatro mil son niños. Además la legisladora kurda Layla Güven está muy grave tras unos setenta días en huelga de hambre.

En ese país, están detenidas unas 260 mil personas, repartidas en 437 cárceles, incluidos al menos 1.500 enfermos y 4.000 niños, indican fuentes humanitarias.

Armas de la educación

Foto: Virginia Benedetto

Esa situación no es difundida y las empresas de información hegemónicas manipulan a esa rebeldía colectiva con notas presentadas con fotos de kurdas sosteniendo ametralladoras. “Es muy fuerte la campaña difamatoria dónde se las concibe únicamente como terroristas”, explica Virginia.

Silencian el esencial combate que dan desde la educación, solidaridad y organización popular ante el histórico genocidio aplicado sobre un pueblo sin Estado, que fue dividido por supuestos límites modernos, bajo el interés cómplice de Estados Unidos, Francia y países que miran para otro lado y no reconocen la violencia desatada contra el pueblo kurda.

Virginia indica que el “uso de armas es parte de la autodefensa ante tantos ataques, no les queda otra. La montaña es sobrevolada por fuerzas represivas que cuando advierten su presencia bombardean la zona”, resalta la fotógrafa.

Agrega que también bombardean poblaciones para amedrentar a los pobladores y le resten apoyo a las milicias e intentar que los rechacen del territorio”, pero remarca que una de las principales armas de la lucha kurda es la educación: “Los niños y niñas acceden desde muy temprano a una formación relacionada a la ecología, la solidaridad comunitaria. Las maestras deciden los planes de estudios según las necesidades de la región y se los relacionan con el trabajo en cuentos, teatro y la posibilidad de expresarse. Ante el clima de guerra, impulsan el no meterse hacia adentro y cómo aportar a la construcción de un pensamiento libre”.

Virginia agrega que para ellas, “en la formación, lo esencial no es el concepto de culpa y pena, ni la sanción individual, ya que sólo lo social puede romper la estructura patriarcal”. “No es una formación sólo teórica: se requiere interpelarse y cuestionarse”, señala, y añade: “Los hombres y mujeres son compañeros. Un hombre que lleva 20 años peleando en la montaña, debe interpelarse cómo es la relación con su madre y hermana”.

La montaña

También advierte Virginia que “la vida en la montaña permite el contacto con la naturaleza y saben que –más allá de los habituales bombardeos– ese territorio los provee y los refugia”.

Las milicianas remarcan que “en ese contexto, de guerra no les debe consumir la vida y para ello no dejan de organizarse, en la compañera montaña. En ese mismo territorio, cuando la situación no estaba tan tensa, ellas cantaban mucho, contaban sus historias, los temas de la vida, la tradición. Cantar era el método para narrar”.

Allí se desarrollan como fuerza colectiva: “Si tengo piernas, por qué no puedo caminar”,  dice Virginia que afirman esas guerreras, “eso es la autodeterminación”. En el territorio “todo se comparte y la charla es parte de su identidad, y de su valores. A pesar de imaginarlas hosca, duras, esa ética de vivir de acuerdo a sus principios, aún en situaciones difíciles las hacen muy generosas y sensibles para retomar fuerzas en la convivencia.

“Para ser comandante no hay que tener miedo”, sostienen. “Que el enemigo no se te meta en la cabeza, no van a gobernar nuestra vida y no van a hacer que no podamos seguir viviendo”, sostienen. Virginia explica que “ellas eligieron luchar porque es la única opción que tienen para estar en libertad, y no ser  esclavizadas”.

Con “convicción, la unión y la confianza” esa población se plantó ante el terrorismo de armas y matanzas avaladas por grandes potencias con sed de petróleo. Pero sigue: “En Jimwar, norte de Siria, hay un pueblo construido por y para las mujeres y se forman con la idea de una sociedad más libre”, relata.

«Serkeftin es el símbolo de la Victoria que en pequeñas manos marcan una revolución que se está construyendo en medio de lugares asediados por los Estados y la guerra”, remarca, y concluye: “Los mártires nunca mueren porque no puede morir su ejemplo y la esperanza que sembraron multiplicada en miles”.

Kobane y Makhmur

Los golpean y van a la montaña, al desierto, y se levantan otra vez. Recuerda Virginia que  “en el campo de refugiados de Makhmur (Norte de Irak y Sur de Kurdistán), viven aproximadamente quince mil personas y fue construido autónomamente por hombres y mujeres. Allí no había nada más que escorpiones, pero se organizaron para matarlos y levantar un sitio habitable, donde no había agua y luego armaron escuelas y hospitales”.

En tanto, “la ciudad de Kobane, del Kurdistán sirio, fue atacada durante el 2014 y 2015 por ISIS, en complicidad con el Estado turco, masacrando a miles de personas. En un acto de resistencia heroico, las fuerzas de las unidades de Protección Popular kurdas (YPG)  combatieron incesantemente y lograron liberar la ciudad, tras entregar miles de vidas de milicianas y milicianos kurdos”.

La costurera que dio otro paso

La fotógrafa rosarina también visitó cooperativas de costura. En Shengal (Kurdistán iraquí), cuenta que una trabajadora la miraba en silencio, “hasta que le dije que venía de Argentina, y que también padecimos el genocidio y el terrorismo de Estado nos había dejado miles de personas desaparecidas, torturadas, muertes y cientos de apropiaciones de bebés nacidos en cautiverio. Les dije que durante la dictadura, las mujeres, nuestras Madres de la Plaza, se organizaron con sus pañuelos blancos caminando en ronda con las fotos de sus hijas e hijos, denunciando e intentando contarle al mundo lo que estábamos viviendo”.

“Les comenté, además, que también había padecido el abuso de la violencia machista, que todas las mujeres lo padecemos, y que en Latinoamérica nos estábamos organizando. Entonces me contaron sobre el horror de la llegada de Daesh (ISIS) en 2014, el último de los setenta y cuatro genocidios que padecieron. La muerte de sus cuatro hijos en manos de ellos, el encierro y la esclavitud. De la aniquilación, del cautiverio y de la esclavización de miles de personas. Mujeres y niños eran vendidos e intercambiados una y otra vez como ganado en el mercado negro”, recuerda Virginia.

“Pero también, la costurera me dijo que desde que conoció al Movimiento de Mujeres de Kurdistán, a las unidades de autodefensa que bajaron desde las montañas a defenderlas, a combatir al ISIS y liberar a Shengal de sus manos perversas como efectivamente sucedió, pudo pensar su vida de otra manera. A pensar que podía ser libre, que no necesitaba que ningún hombre le dijera cómo tenía que vivir, que podía trabajar junto a otras mujeres, que podía pensar su vida autónomamente”.

Huellas de lucha

El territorio kurdo fue dividido en 1639, entre los imperios otomanos y persa. Años después, en 1923, tras acuerdos entre Inglaterra, Francia, Alemania, Italia y Turquía, se repartió ese territorio entre Turquía; Irán; Siria e Irak.

En esas tierras, entre los ríos Éufrates y Tigris, se produjeron cerca de 28 revueltas de los kurdos, que en su resistencia han construido un proceso revolucionario.

Esa historia de lucha llega a 1978, cuando Öcalán arma el Partido de los Trabajadores de Kurdistán (PKK). La opresión turca implicaba la prohibición de hablar lengua kurda, prácticas religiosas, símbolos, colores y canciones.

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