Yo no sé, no. Pedro se acordaba de aquellos enero en los que empezó a escuchar eso de sudar la gota gorda. Habrá sido a mediados de los 60, y la idea que tenía de la gota gorda era por el calor de esos veranos, pero no, al tiempo comprendió el significado: era el esfuerzo que hacían sus viejos para terminar la casa, que se construía pieza por pieza, como casi todos los vecinos que llegaban al barrio. Por ese tiempo, ya en la escuela de Acindar, un día a la semana la clase de gimnasia la hacían en la cancha del club que estaba al lado. Y como era una cancha de 11, la primera que pisó, él sentía que era enorme y que iba a tener que sudar la gota gorda. Y así fue. En el primer partido, jugando en la defensa, pensaba que si subía no podría volver más. Para colmo, siempre se juntaba gente detrás del alumbrado para mirar el partido y sentía, como la mayoría de los pibes, que era un público que venía especialmente a mirarlos y esa sensación lo hacía sudar la gota gorda.

A principio de los 70, ya en la adolescencia, volvió a sentir en el barrio la expresión sudar la gota gorda, ahora en boca de nuevos vecinos que los fines de semana, cuchara en mano, le metían a la construcción. Eso sí, con cierta alegría. Es que en esos años valía el esfuerzo, y también por ese tiempo, con unos amigos se fueron a jugar un partido a la cancha del Club Acindar y en un tiro, yendo a cabecear al área contraria, había que volver y volvió con la velocidad del contragolpe contrario. Pedro recuerda que en esa jugada que puso la patita con gran esfuerzo despejando el centro contrario, miro hacia los costados como buscando un público, alguna cara apreciando el esfuerzo. Alguien arriba de la montañita que estaba a la entrada de la escuela y en la que por lo general había algunas pibas del barrio. Pero no, no había nadie.

¿Sabes qué?, me dice, ahora hay mucha gente sudando la gota gorda, obligada, sin alegría, porque el esfuerzo sabe que no lo va a ver, y para peor se lo llevan los glotones de siempre. Igual yo estoy ilusionado, prosigue, y quién te dice que si sudamos la gota gorda para el equipo, en una de esas paramos esta goleada que nos están dando en el bolsillo, en la educación, en la salud. Esto me lo dice Pedro sacándose la remera empapada por el calor de este enero y mirando para el lado de aquella cancha de 11, como recordando aquella patita que puso bajando y que empezó a dar vuelta el partido.

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