El águila calva americana ya no interviene en forma directa, declarando una guerra, pero mantiene el hábito de presentarse siempre como víctima a la hora de ayudar a cipayos a los que gusta llamar “luchadores por la libertad”.

A contrapelo de las opiniones de críticos demasiado perezosos, la diplomacia yanqui es mucho más refinada de lo que parece. Y por supuesto tiene poco que ver con el estilo brutal de los halcones guerreristas del Pentágono y las conspiranoicas mentes que dirigen y coordinan las agencias de inteligencia norteamericanas.

Es obvio que los diplomáticos del Departamento de Estado trabajan mancomunadamente con el complejo militar industrial y los servicios de informaciones, pero les importa algo que a estos últimos los tiene sin cuidado: la Historia.

Y como les importa la Historia, son los encargados de la elaboración de una narrativa que no contradiga el carácter de Norteamérica como custodio del “Mundo Libre”, según la terminología usada desde la II Guerra Mundial hasta fines de la década de los 60, o garantes de la Democracia, que fue el término de relevo elegido para erigirse con autoridad moral en cada una de sus más sangrientas intervenciones a escala planetaria.

Esa narrativa no debe prescindir jamás de un elemento de tremendo contenido simbólico y singularmente engañoso: los EEUU jamás serán la parte agresora, cualquiera sea la característica del conflicto y el alcance de la intervención que lleve adelante.

Esa constante se mantiene desde que Norteamérica se constituyó como potencia –podría decirse que apenas finalizada la Guerra de Secesión– y se puso en juego en todos y cada uno de los conflictos bélicos de los que tomó parte en forma directa o indirecta.

Sin entrar en detalles, así actuó Washington desde 1898, cuando con el pretexto de la voladura del acorazado Maine en el puerto de La Habana –que pocos dudan se trató de un autoataque– los yanquis, victimizándose, le declararon la guerra a España, y así, tras vencerla, se apoderaron de Cuba, Puerto Rico, Filipinas y Guam.

En las I y II Guerras Mundiales, en Corea, y especialmente en Vietnam, siempre hubo episodios que “obligaron” a los EEUU a “actuar”, a “intervenir” en esos conflictos, presentándose como la parte agredida, atacada, y a pedido de aliados que le rogaban que intervenga, en nombre de la paz y la libertad.

Pocos episodios de doble bandera, esto es una acción que parece haber sido llevada a cabo por un país pero en realidad fue realizada por la misma nación que luego denuncia haber sido atacada, explican como el llamado “Incidente del Golfo de Tonkín” ese artero procedimiento en el que los EEUU combinan a todos los factores antes mencionados –sus agencias de inteligencia, sus fuerzas armadas y su diplomacia– con el fin último de ingresar indemne y como víctima a una conflagración en la que tiene interés puntual en intervenir militarmente.

En el lejano Mar de la China

En agosto de 1964 John Fitzgerald Kennedy ya había muerto en Dallas, asesinado a balazos por vaya a saber quién, y su vicepresidente, el texano Lyndon B. Johnson gobernaba una administración que tenía por detrás y por delante diversos desafíos, todos producto de una Guerra Fría que poco menos de dos años antes casi se había llevado puesto al mundo, durante la llamada “Crisis de los misiles”.

La inteligencia yanqui había detectado que en Cuba –gobernada por Fidel Castro desde el triunfo de la revolución en 1959– los soviéticos habían instalado bases de misiles nucleares de alcance medio.

Luego de instancias que rozaron por milímetros una guerra nuclear con la Unión Soviética, EEUU salió fortalecido a medias de esa dramática escaramuza, puesto que logró el retiro de la amenaza atómica, pero a cambio de no intervenir en la isla, a la que no insistió en volver a invadir pero bloqueó comercialmente en forma despiadada.

Esa tensión, y un contexto político interno en el que se mostraba el crecimiento de las revueltas de la comunidad negra, con la incidencia del liderazgo de Martin Luther King, y el incipiente movimiento en torno de la Beat Generation y la psicodelia, fue el escenario previo al ingreso de los EEUU al conflicto en Vietnam.

Lo cierto es que en agosto de 1964, el destructor Maddox, una nave de vigilancia electrónica de la US Navy –incomprensiblemente, o no– navegaba en las proximidades de las aguas territoriales de Vietnam del Norte.

El 4 de ese mes, en la Casa Blanca, la administración Johnson y el Pentágono ofrecieron una conferencia de prensa en la que revelaron un anuncio estridente: lanchas torpederas norvietnamitas habían atacado al destructor Maddox.

Apenas 72 horas más tarde, el 7 de agosto, el Congreso yanqui elaboró un documento denominado “Resolución del Golfo de Tonkín”, que le otorgaba la potestad al Presidente de adoptar “todas las medidas necesarias para prevenir más agresiones”.

La naturalización del rol imperial de Norteamérica impidió que la comunidad internacional se preguntara qué hacía allí un destructor yanqui. Todos se preguntaron si el ataque había sido en aguas territoriales de Hanoi o fuera de ellas.

En todo caso, a la primera cuestión debió haberse sumado otro interrogante: ¿Fue real el ataque al Maddox?

En un recomendable artículo de Álvaro Peredo, creador de Piratas & Emperadores, un muy bien documentado blog dedicado al revisionismo histórico y el análisis geopolítico, se exhiben datos y testimonios que oscurecen la versión oficial del incidente de Tonkín.

La mencionada resolución del Congreso que habilitó a Johnson a actuar contra el Vietcong “se adoptó sin haberse realizado previamente investigaciones en profundidad que confirmaran tales ataques, pues el propio destructor no había informado de haber sido alcanzado por torpedos o proyectiles de artillería”, señala Peredo en el informe titulado “El Incidente del Golfo de Tonkín. El pretexto para la guerra de Vietnam (1964)”.

El autor recuerda la invalorable colaboración que recibió el Gobierno yanqui de parte del diario New York Times, que sin haber llevado adelante investigación alguna, apoyó la versión oficial del ataque, al punto de publicar –sin matices– un osado párrafo: “El presidente Lyndon Johnson ha mandado contraatacar a buques de guerra y a ciertas instalaciones en Vietnam del Norte debido a nuevos ataques contra buques estadounidenses en el golfo de Tonkín”. Así nomás.

Entre las opiniones controversiales y críticas respecto de la versión gubernamental, algunas de ellas compiladas en un informe del periodista Peter Lennon publicado por el periódico británico The Guardian y reproducido por el diario español El Mundo, se destaca la de un piloto jubilado de la Us Air Force, quien años después del incidente comentó: “Yo pude ver todo muy claramente y la verdad es que nuestros barcos sólo disparaban al aire a buques fantasmas. Ahí lo único que había era agua negra y fuego estadounidense”.

En el mismo informe de Lennon, una analista de la CIA –Gene Poteat–, a quien se le encomendó investigar las capturas de radar registradas durante los días en que se habrían llevado a cabo los presuntos ataques, declaró que “el material que se analizó no permitía alcanzar una conclusión sobre la autoría de los supuestos ataques o si se llevaron a cabo realmente”.

En abril de 1999, Poteat declaró a The Guardian que los informes de radar de aquellos días de 1964 provinieron de “contactos privados”. Y agregó un dato alarmante: “Varios meses después, fuentes no oficiales me ayudaron a obtener información meteorológica y de radar sobre lo que de verdad vieron los operadores del radar aquella noche. Caí en la cuenta de que quizás no hubiera por allí ninguna lancha torpedera, simplemente porque el tiempo era atroz. Por lo que se refiere a las señales registradas por los radares, me di cuenta de que ninguna de ellas estaba en la formación que correspondería si fueran a lanzar un ataque por aquella zona. La conclusión a la que llegué era que, en modo alguno, resultaba posible que los destructores constituyeran un objetivo, en absoluto. Más aún, los ecos del sonar no son válidos en esa clase de condiciones meteorológicas”.

Incluso el entonces secretario de Defensa estadounidense Robert Mc Namara reconoció en un documental biográfico –“The Fog of War”–, que “toda la operación del golfo Tonkín fue el pretexto buscado para poder iniciar la invasión de Vietnam”, como indica Peredo.

Nada de ello impidió que los EEUU ingresara a una guerra en la que estuvo involucrado una década, donde tuvo 60 mil bajas, fue derrotado y debió huir en forma vergonzosa, dejando atrás un país destruido, pero victorioso.

Los tiempos cambiaron, pero el pasado 30 de enero, en un video difundido por la televisión venezolana, el presidente Nicolás Maduro dirigió un mensaje al pueblo estadounidense en el que expresó: “No permitamos un Vietnam en América Latina”.

El gobierno de Donald Trump es probable que no repita una experiencia a lo Vietnam, lo que no implica que no prepare el escenario que desea con más brutalidad pero el mismo nivel de hipocresía que impulsó a Lyndon B. Johnson.

La arquitectura de un conflicto

Aunque los intereses norteamericanos en Venezuela son antiguos, entre el golpe de 2002 contra Hugo Chávez y el desarrollo del conflicto actual hay parecidos y diferencias notables. Pero antes de establecer unos y otros, es preciso recordar los hechos acontecidos en los últimos meses que, vistos a la luz de la coyuntura, semejan el desborde controlado pero velozmente precipitado de una vía de agua cada vez más voluminosa.

El 22 de diciembre de 2018, la agencia EFE anuncia que “el Gobierno de Guyana cae tras no superar el voto de confianza de la oposición”, y más adelante explica que la administración de David Granger, el presidente de ese país, “no superó esta madrugada (la del 22) un voto de confianza en el Parlamento, por lo que por ley se deberán celebrar elecciones en 90 días”.

Un día después, el 23 de diciembre del año pasado, la agencia rusa Sputnik advierte sobre un incidente que involucra a Guyana: “La Armada de Venezuela interceptó el buque Ramform Tethys, que exploraba en busca de petróleo para la empresa estadounidense ExxonMobil en las aguas disputadas con la República Cooperativa de Guyana”.

Sputnik cita a la agencia Reuters, que difundió un comunicado del ministro de Exteriores de Guyana, quien declaró que su país “rechaza este acto ilegal, agresivo y hostil, que demuestra la amenaza real que su vecino occidental representa para su  desarrollo económico”.

Por su parte, las autoridades venezolanas indicaron con celeridad que el incidente se produjo en la proyección marítima del Delta del Orinoco, “de indudable soberanía de Venezuela”, y además reveló que no era uno sino dos buques los que llevaban adelante esa acción ilegal.

El mismo 23 de diciembre, la Cancillería venezolana precisó que “los buques referidos se encontraban en las coordenadas Latitud 09° 17′ 4″N Longitud 058°15′ 7″ W y Latitud 09° 15′ 0″ Longitud 058° 17′ 3″W, en la proyección marítima del Delta del Orinoco de soberanía de Venezuela”.

El 30 de diciembre de 2018, en una entrevista realizada por el Sunday Telegraph el ‎ministro de Defensa británico Gavin Wiliamson reveló que el Reino Unido tiene planificada la ‎instalación de una base militar permanente en Guyana.

En sólo 8 días, Guyana salió más a la luz en las agencias internacionales que en muchos años, y en modo alguno resulta casual, dados los hechos posteriores.

Lejos de diluirse, la escaramuza marítima escaló, puesto que la petrolera estadounidense ExxonMobil –para quien exploraba el Ramform Tethys–, aseguró que el barco rentado para tareas de prospección había sido expulsado de aquellas aguas por la marina de guerra venezolana.

Lo curioso es que la misión del buque había recibido autorización del gobierno guyanés saliente, que ‎administraba de hecho la zona en litigio entre ese país y ‎Venezuela.

De inmediato, el Departamento de Estado, seguido con premura por ‎el Grupo de Lima, denunciaron el incidente como un grave peligro que Venezuela hace correr a la ‎seguridad regional.

El 28 de diciembre, el presidente Nicolás Maduro manifestó que el episodio en aguas venezolanas “es un ejemplo de cómo quieren debilitar y dividir a Venezuela, desconocer las instituciones, llevarnos a un caos violento”.

En poco tiempo, la administración bolivariana, además de los datos de geolocalización, aportó información irrefutable en torno de la manipulación del incidente por parte de la trasnacional petrolera y el Departamento de Estado yanqui.

La Cancillería venezolana se movió rápido y le llevó a Maduro información colectada por la inteligencia militar. Así fue que el 9 de enero de este año, Maduro presentó ante medios de comunicación nacionales y extranjeros dos videos del incidente y una serie de grabaciones de la conversación entre la marina de ‎guerra de Venezuela y uno de los barcos involucrados.

El periodista francés Thierry Meyssan, desde su blog Red Voltaire, lo relató así: “En ese intercambio con la marina de guerra ‎venezolana, el capitán del barco de prospección dice él mismo la posición exacta de la nave –que ‎la sitúa en las aguas territoriales de Venezuela, internacionalmente reconocidas– y reconoce ‎disponer de una autorización concedida solamente por Guyana. Sólo después de ese intercambio, ‎la marina de guerra de la República Bolivariana de Venezuela lo invita a salir de las aguas ‎territoriales venezolanas”.

Tan inapelables resultaron las pruebas presentadas por Venezuela desenmascarando el engaño orquestado a dúo por ‎la ExxonMobil y el Pentágono, que 10 de los 12 países miembros del Grupo de Lima se vieron obligados a retirar ‎el punto 9 del comunicado que denunciaba una supuesta provocación ‎venezolana que ponía en peligro la seguridad en la región. Sólo los gobiernos ‎de Canadá y Paraguay siguen dando por válida la versión del incidente que relataron la petrolera yanqui y los EEUU.

Las formas del golpe: de George W. Bush a Donald Trump

Para llevar adelante el golpe de Estado que derrocó por sólo 48 horas a Hugo Chávez, los halcones que rodeaban al entonces presidente yanqui George W. Bush trabajaron denodadamente en forma previa, y desde la casi total clandestinidad.

Ya es conocida la táctica norteamericana de cooptar dirigentes de un país que es declarado por el Departamento de Estado y el Pentágono como objetivo, ya sea político o militar a través de entidades, fundaciones  e instituciones que presuntamente abogan por la democracia, los derechos civiles y humanos, la libertad religiosa, y otros loables fines.

Así, en aquel momento fue decisivo el rol que cumplieron la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (Usaid) y la Fundación Nacional para la Democracia (NED) –ambas vinculadas al Departamento de Estado– en el financiamiento multimillonario de cientos de ONGs de Venezuela, muchas de ellas creadas para alimentar y promover el conflicto en ese país y proveer de fondos frescos a la oposición.

Otra organización que trabaja en red y ayuda a triangular los planes y financiamientos de organizaciones que desestabilizan gobiernos es el Grupo Andino de Libertades Informativas (Gali), que actúa y articula a grupos reaccionarios en Perú, Venezuela, Bolivia y Ecuador desde fines de la década de los 90.

Tal como lo presenta en un artículo publicado por la agencia rusa RT, la abogada, escritora e investigadora estadounidense venezolana Eva Golinger recuerda que “George W. Bush financió y apoyó el golpe contra Chávez en 2002 y las subsecuentes intervenciones electorales y atentados contra su gobierno”, pero casi en secreto, o al menos sin la estridencia con que lo hacen actualmente los funcionarios de Trump, y él mismo, respecto de la administración Maduro.

A diferencia de aquel proceder, que también puso en práctica Barack Obama, hoy puede escucharse al consejero de Seguridad de los EEUU, John Bolton, recomendarle al Presidente que se retire a alguna playa paradisíaca, porque de lo contrario le espera una playa pero en Guantánamo, donde Norteamérica tiene una cárcel de máxima seguridad.

Golinger recopiló varios hechos inéditos en la política golpista de los EEUU de Trump, alejado de las viejas conspiraciones a través de la CIA y las embajadas en cada país convertido en objetivo.

Trump llegó a proclamar, en agosto de 2017, que “no descartaría una opción militar” para Venezuela. Más aún, la investigadora recuerda que poco después de esa manifestación, “la Casa Blanca emitió una declaración revelando que el mandatario estadounidense había rechazado una llamada telefónica de Nicolás Maduro, el presidente venezolano”.

Para Golinger, “Trump lo está haciendo (al golpe o la intervención) a plena luz del día”, y es el primer presidente estadounidense en asumir directamente el tema de Venezuela y el plan del golpe”.

La especialista pondera que “Trump es un presidente sin escrúpulos. No esconde sus posturas ni su pensamiento. En agosto de 2017, en una reunión privada con su secretario de Estado y asesor de Seguridad Nacional, el mandatario estadounidense preguntó por qué simplemente no podían invadir Venezuela y sacar a Maduro. Sus asesores, sorprendidos por el comentario, le tuvieron que explicar que una intervención militar podría desembocar en una situación más grave y, además, generar en la región un rechazo a Estados Unidos. Ambos asesores, Rex Tillerson y Herbert Raymond McMaster, renunciaron a sus cargos en 2018”.

Pero ahora –subraya Golinger– “Trump cuenta con un equipo mucho más belicista. El halcón de guerra John Bolton –quien busca el conflicto donde sea– reemplazó a McMaster como asesor de Seguridad Nacional, y Mike Pompeo, ex jefe de la CIA y también bastante pro-intervencionista, es el secretario de Estado. Ambos han estado impulsando esta agresiva postura hacia Venezuela y la fase final del golpe. En estos días, Bolton hasta admitió que el objetivo de la Casa Blanca era asegurar que las reservas petroleras de Venezuela estuvieran en manos de empresas estadounidenses”.

La frutilla del postre fue el nombramiento –como enviado especial para Venezuela– de Elliott Abrams, veterano de las guerras sucias en Centroamérica y procesado, condenado y preso por desempeñar un rol estelar en el escándalo de la operación Irán-Contras, en la que la CIA traficaba cocaína para financiar a los grupos armados contrarrevolucionarios en Nicaragua en los años 80.

“Su presencia ahora como supervisor/ coordinador del plan contra Venezuela es una clara indicación de que la mesa está servida. Trump ha dado luz verde para un cambio de régimen en Venezuela, usando la fuerza militar si fuese necesario”, sostiene Golinger.

En síntesis, lo que ha cambiado es la táctica, ahora abierta, desembozada, patoterilmente explícita. La estrategia es la misma, apoderarse de los recursos naturales de una nación soberana del modo que sea y a lo que cueste. Con Venezuela no está tan lejos de conseguirlo, pero está resultando mucho más difícil de lo que requiere un CEO caprichoso e indecente como Trump.

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