Dos niñas se ríen y se tapan la cara. Se las nota avergonzadas. “¿Período?”, se preguntan, mientras intercambian miradas cómplices y vuelven a reírse. Las primeras escenas del documental Period. End of Sentence podrían haberse filmado en cualquier parte del mundo. No existen datos rigurosos que lo confirmen, pero alcanza con ser mujer para saber que en la India, Japón o Argentina hablar del ciclo menstrual produce primero eso: vergüenza. El documental, producido por Netflix, fue de hecho filmado en una zona rural de la India, habla de la menstruación y la higiene personal, y el pasado domingo 24 de febrero ganó el Óscar, en la categoría “Mejor documental corto”. El alcance internacional que tuvo no sólo disparó aplausos en todo el mundo, sino que puso en tela de juicio la realidad de cada cultura respecto a un tema que todavía es tabú.

“Los bebés nacen gracias a ella”, dice una chica. “Sale una sangre mala”, explica una señora. “Es una enfermedad que afecta sobre todo a mujeres”, aporta un varón. Todos son interlocutores de una película de menos de media hora que pone en palabras lo que, de una u otra manera, sucede en todo el mundo. En este caso, pasa en la India, donde menos del 10 por ciento de las mujeres usa toallitas higiénicas durante los días de sangrado. La gran mayoría de la población en edad reproductiva usa telas que encuentran donde sea y tiran donde sea  y que, sobre todo, no las contienen. De esta forma, para evitar el manchado en público, las nenas faltan a la escuela y las adultas se quedan en su casa.
El cortometraje no sólo refleja el tabú y el pudor que hay con la menstruación tanto en varones como mujeres. También cuenta la historia de un grupo de vecinas que fabrica esas toallas y las vende. Con eso juntaron plata por primera vez y cuentan cómo comenzaron así a ganarse el respeto de sus maridos.

Cuestión de clase

Tal vez no haya que viajar hasta la India para encontrarse con el imperativo de comenzar a hablar de la menstruación, la higiene y la salud. Todavía en Argentina preferimos estar “indispuestas” a estar menstruando y cualquiera de los dolores o sensaciones que tengamos “en esos días” van a ser más descompostura por comida, cansancio, calor, o lo que sea, que por la naturaleza del ciclo hormonal por el que pasamos todos los meses de nuestra vida reproductiva.  Uno de los grandes papelones para las que menstrúan, y de cualquier edad, es mancharse el pantalón con sangre. ¿O no te morís de vergüenza y miedo de solo pensarlo? Pero, además, la menstruación es para nuestros interlocutores “un asco”, un “no me cuentes eso”, y motivo para referirse despectivamente a las chicas: “Estará menstruando”, o “seguro le vino”, etcétera. Todo eso pasa. Todavía y acá nomás.

Además del tabú social, la menstruación implica para las mujeres argentinas un problema económico y por ende, de clase. Un informe de febrero de este año difundido por la TV Pública señaló que una mujer gasta unos 2.250 pesos por año sólo en tampones y toallitas higiénicas. A lo largo de la vida fértil, arroja un total de más de 100 mil pesos gastados únicamente en gestionar la menstruación. Para tener una idea del alcance el mercado, cabe traer un informe realizado por el portal Economía Feminista que indica que el gasto anual de toallitas higiénicas en 2017 oscilaba entre los 11 y 16 millones de pesos en todo el país, mientras que en tampones, iba entre 10 y 13 millones.
Los elementos higiénicos de este tipo no están incluídos en la canasta básica: pagan el mismo IVA que el té de Ceilán. Tampoco están incluídos como tema de Salud pública. Como no lo cubre ni el Estado ni la obra social, si no tenés para pagarlo, arreglatelás. Las nenas de la India faltando a la escuela o las señoras al trabajo por falta de toallitas o tampones bien podrían ser de cualquiera de los barrios rosarinos.

Imagen del documental ganadro del Óscar.

Existen en el país unos once proyectos de ley y ordenanzas que buscan tanto la distribución gratuita de productos de gestión menstrual como la exención de impuestos en dichos productos. En Rosario, Norma López, concejala por el Frente para la Victoria presentó en abril de 2017 un proyecto para crear el “Programa de provisión gratuita de elementos para la gestión menstrual”. El objetivo era garantizar la provisión de elementos para la gestión menstrual a niñas y mujeres, especialmente en ámbitos educativos, de salud y recreativos, y en forma anónima y gratuita. El texto todavía duerme en los cajones de la Comisión de Presupuesto.

Este programa busca “proveer de manera gratuita en establecimientos públicos elementos de gestión menstrual, que deberán encontrarse a disposición de quien lo requiera sin mediación alguna; brindar asistencia y capacitación a la mencionada población en cuanto a los aspectos que conciernen a la higiene y salud durante el ciclo menstrual; asegurar la libre distribución de los diferentes elementos de gestión menstrual en nuestra ciudad, respetando las elecciones personales de la población destinataria; que los establecimientos públicos cuenten con instalaciones sanitarias acordes a las necesidades del periodo menstrual, como así de disposición de los desechos”.

Glifosato y contaminación

El aura de misterio que rodea al ciclo menstrual también implica varios niveles de desinformación. No hay datos sobre las consecuencias de la exposición química que implica el uso de toallitas y tampones por casi 40 años. Cabe recordar, en ese sentido, que en octubre de 2015 un estudio científico de la Universidad Nacional de La Plata (Unlp) reveló que el 100% de algodones y gasas contiene glifosato, herbicida potencialmente cancerígeno según la Organización Mundial de la Salud (OMS). El análisis arrojó otra presencia: AMPA, su metabolito ambiental, en hisopos, toallitas y tampones, aunque en menor porcentaje. “El 85 por ciento de todas las muestras dieron positivos para glifosato y el 62 por ciento para AMPA, que es el metabolito ambiental; pero en el caso de algodones y gasas el porcentaje fue del ciento por ciento”, detalló en su momento el doctor en Química Damián Marino, integrante del Espacio Multidisciplinario de Interacción Socioambiental (Emisa) de la Unlp.

Poco se sabe, además, del impacto ambiental que generan estos desechos. Según el portal Economía Feminista, la degradación de estos productos de gestión menstrual es de entre 500 y 800 años. Cada mujer, dependiendo de su período y los elementos que use, tira entre 1 y 5 kilos anuales de residuos de este tipo.

Alternativas conscientes

Giuliana tiene 27 años y es una estudiosa del cuerpo. Bailarina, instructora en Pilates y estudiante del profesorado de Expresión Corporal, la joven, también mamá de un niño de cuatro años, tiene un emprendimiento de gestión menstrual en el que confecciona toallitas y protectores de tela. Además, vende copas menstruales, un recipiente hecho de silicona que dura entre cinco y diez años y reemplaza perfectamente a los tampones.

No hace más de siete años que Giuliana se interesa en el ciclo femenino. Fue a partir de estas lecturas que se encontró con la posibilidad de usar toallitas de tela. “Dije ¡guau! Y las compré. Las otras me hacían mal, me parecían incómodas y me irritaban la piel. Fue un viaje de ida usarlas”, relató a El Eslabón. El viaje de ida no fue sólo por la comodidad y el precio, y hasta por encontrar un trabajo, sino porque fue una nueva forma de relacionarse con su ciclo. “No es lo mismo descartar la toallita que estar presente. Desde el hecho de lavarla, cambia todo. Te das cuenta, por ejemplo, que la sangre de la menstruación no tiene olor especial. Ya no haces como si nada, y ya no lo odias”.

Los pedidos de protectores, toallitas y copas menstruales son cada vez más. “No es una moda de hippie feminista, como muchos pueden pensar. Hay mujeres que me compran para las hijas. Eso me hace sentir muy bien, siento que ayuda mucho. Hay ginecólogas también que me derivan pacientes. Lo otro, entiendo yo, caducó, al punto que el cuerpo lo rechaza. Usar tanto algodón con perfumes irrita la piel, cambia el Ph, produce más o menos flujo”, explicó Giuliana.

A lo largo de su relato, la joven emprendedora hace mención a un concepto: menstruación consciente.  Según explicó, se trata de conocer y entender el ciclo de cada una. “Aceptar y conocer el ritmo natural del cuerpo es también empoderarse. En ese sentido, el feminismo nos ayuda y nos ayudará la Educación Sexual Integral. Los discursos de amor propio, vínculos y autoconocimiento de nuestra sexualidad son muy necesarios para tener información sobre qué nos pasa y qué usamos”, profundizó. Y concluyó: “El conocimiento es también tomar una conciencia colectiva respecto a la alta contaminación que se está generando, a la cantidad de químicos que entran en los cuerpos de las mujeres y a la ganancia de grandes marcas y farmacéuticas”.

Fuente: El Eslabón

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