¿Por qué habría de pensarse que un sistema que explota –sin distingos– a los más vulnerables habría de garantizar derechos de género adquiridos merced a valientes luchas masivas? Una mirada que contempla algunas inconsistencias de la agenda global.

Millones de humanos en el mundo son explotados, perseguidos, discriminados, despojados de sus derechos y asesinados. Más de la mitad de esa población sufriente y marginada está constituida por mujeres.

Es dentro de ese marco, el de un sistema que en su fase actual amenaza acabar con el planeta, donde se dibujan los relieves de una lucha que, como ocurre en todo orden, es más visible y ofrece victorias en algunos lugares más que en otros.

Toda desigualdad es intolerable, pero cuando ésta recuesta la mayor parte de su peso sobre determinado sector de la comunidad, parece una perogrullada decir que se vuelve más desigual, pero no es una obviedad. Y con las mujeres, la desigualdad se ensaña con más virulencia e impiedad.

El límite que ofrece el espacio de este semanario impide profundizar el debate en torno del orden que impera desde hace siglos postergando a la mujer en sus derechos respecto del varón. ¿Patriarcado y machismo, son la misma cosa? ¿Representan, significan, configuran un mismo concepto que explica o aclara el origen de determinado mecanismo de sometimiento o dominación?

Es interesante observar que existe, aún en forma soterrada, un debate en torno de ambos conceptos, que acaso tenga su origen en otra discusión entre movimientos defensores y luchadores de y por los derechos de género: es ostensible que existen un feminismo hegemónico, que en esta coyuntura construye sentido, y sectores del colectivo de mujeres que intentan discutir ese sentido.

Respecto de ese debate general, que anida otros más particulares, tallan la comunicación y la lingüística, sobre todo en la discusión que, por ejemplo, se entabla alrededor del llamado “lenguaje inclusivo”, una polémica instalada más que nada en las redes, donde se escribe mucho y se reflexiona menos.

La periodista Nancy Giampaolo, guionista y docente que escribe en los diarios Los Andes y Perfil y en la revista Paco, se siente parte de la lucha por la igualdad entre mujeres y varones, pero fue de las primeras en distanciarse del discurso “oficial” del feminismo, indicando: “No todas estamos representadas por el feminismo hegemónico”.

Más allá de que escribió sobre casi todos los tópicos que se enlazan en el importante avance que el colectivo de mujeres viene logrando en Argentina, Giampaolo reflexiona acerca del lenguaje inclusivo citando a un varón:

“Me viene a la mente una nota muy buena de Daniel Molina titulada «Una solución falsa para un problema que no existe», en la que explica por qué imponerlo haría que el castellano pase a ser otra lengua, y por qué en realidad es una movida sin otros sustento que la militancia de lo políticamente correcto, pero además, agrega una reflexión excelente que cito textual: «¿Por qué convendría seguir con el castellano? Porque es el idioma más inclusivo que jamás existió. Lo hablan 570 millones de personas desde que nacen. Se habla en más de 30 países en cientos de culturas distintas, en miles de contextos lingüísticos. No existe nada parecido al castellano: no son culturalmente semejantes ni el inglés (el idioma más hablado por los que aprenden una segunda lengua) ni el chino mandarín (el idioma más hablado –algo más que el castellano–, pero solo por una parte de los chinos y por nadie fuera de ese territorio acotado de China)». Y luego se explaya: «Según los militantes del género neutro (o «lenguaje inclusivo»), el masculino genérico es un resabio machista que debe ser eliminado de la lengua. Esa es la posición que sostiene la gente que apoya lo políticamente correcto. Creemos que se debe a la ignorancia de la gramática castellana. ¿Por qué decimos esto? El masculino genérico no viene del castellano medieval ni del latín, sino del indoeuropeo. Viene del fondo de la generación del lenguaje»”.

La periodista sugiere que “el corolario es el frecuente en muchas iniciativas del feminismo hegemónico: la ignorancia hace que la buena intención quede solamente en el plano de la intención y nada se concrete o, peor aún, se concretan algunas cosas que son buenas para unos pocos y dejan afuera a muchos… ¿o muches?”.

No hay dudas de que Giampaolo, al embanderarse con esa descripción de Molina, y en su conclusión, muestra suma dureza. Cabe preguntarse: ¿se puede discutir esa perspectiva desde la investigación y los múltiples saberes? A menudo, y con igual dureza, el llamado “feminismo hegemónico” desiste de la dialéctica, acaso desconfiando de que pueda surgir una síntesis.

La agenda global de género: ¿una trampa del sistema?

Es indudable que al tope de la agenda de género debe estar la vida de las mujeres, en constante peligro, acechada por la violencia doméstica, el maltrato psicológico y los femicidios. Sólo quienes aceptan la continuidad del criminal statu quo que impera en la Argentina pueden ser indiferentes a esto.

El Registro Nacional de Femicidios del Observatorio “MuMaLá”, estableció que entre el 1º de enero y el 10 de noviembre de 2018 se produjeron en el país 216 asesinatos de mujeres en el contexto de violencia machista, y 14 de ellas eran niñas y adolescentes menores de 15 años.

No hay manera de soslayar desde el Estado y desde la sociedad civil esta tragedia, porque además plantea una responsabilidad colectiva ineludible: “El 93 por ciento de los femicidios fueron cometidos por personas del círculo íntimo, ya sea pareja, ex pareja, familiar o conocido”. No es que hay que buscar a los responsables. Somos responsables. Los hombres, varones, o como queramos definirnos, tenemos una materia pendiente: recorrer todo el espinel que lleva al arrebato de la vida o de la integridad física o psicológica de una mujer y cambiar eso con urgencia.

Se denomine deconstrucción o como sea, es preciso que el Estado haga su parte, y el colectivo de varones el suyo y dejen de ser asesinadas, maltratadas y sojuzgadas nuestras compañeras, hijas, madres y nietas.

No es ése el único aspecto de la agenda de género que merece la máxima atención de la comunidad, pero es indudable que todos los demás temas están subordinados a la preservación de la vida y la integridad física, moral y psicológica.

Cuando se pone en discusión la agenda de género podría parecer que la misma tiene características globales, por lo tanto que se trata de una lucha común a todos los países de este mundo globalizado.

Para desmontar ese mito, Marcelo Fernández, psicoanalista, reflexiona en un sentido polémico, pero que invita a ponderar algunos aspectos que subyacen en la legítima lucha de las mujeres: “Los militantes de las causas nacionales en nuestro continente tenemos la obligación de estar advertidos, de no atrapar los señuelos que, seductoramente, nos coloca el sistema”.

Acto seguido, recuerda que “en la entrega de los premios «Grammy», o sea, una de las tantas usinas de reproducción de lo peor del mercantilismo capitalista, el lugar central lo tuvo el discurso de género, de la mano de artistas multimillonarias que no tienen ni la puta idea, ni mucho menos les interesa, lo que sucede con las mujeres hiperexplotadas de nuestros pueblos. Explotadas además por las naciones en donde ellas muy cómodamente viven”.

Fernández prosigue subrayando las concesiones que se acostumbra aceptar en el mundo artístico, producto de propuestas realizadas desde el poder que tienen productores, directores e incluso artistas, que promocionan al lugar del estrellato a mujeres y hombres que aceptan pagar ese precio, algo que hoy está comenzando a ser denunciado.

Fernández opina que “toda esa gentuza (artistas que ahora defienden la defensa del género) no puede ignorar el poderoso factor libidinal del dinero. A ver si a cambio de una reparación moral estarían dispuestos a renunciar a sus fortunas”.

Sin embargo, el corazón de su cuestionamiento a la agenda del movimiento mundial feminista es otro: “Si quieren denunciarlo, que lo hagan; pero eso nada, pero nada tiene que ver con el sufrimiento de los dos mil millones de desclasados del mundo, del que más de la mitad son mujeres. No es nuestro problema ni nuestro drama·.

Que haya hablado del «empoderamiento» la ex primera dama (Michelle Obama), quien acompañó al bombardeador compulsivo, no es sugestivo, sino una flagrante evidencia. Es el sistema, desde sus usinas privilegiadas, el que agita con sus medios infinitos, la agenda de la licuación de las identidades colectivas, para de ese modo dormir en el sueño de «las conquistas pseudo civiles» a ingentes masas de clases medias que aún consumen en el mundo periférico.

Los sectores progresistas que toman esa agenda como propia, son piezas indispensables del enemigo porque ayudan a amortiguar los efectos de las políticas depredadoras del imperialismo mediante el «opio» de las «conquistas de avanzada». Y muchos de sus dirigentes no lo hacen inocentemente, ya que reciben suculentos financiamientos para sus «fundaciones» y ONGs. En este juego no hay inocentes. Tomemos debida cuenta para cuando correspond”.

Antes de cualquier irritación o reacción, desde esta columna se sugiere pensar que en modo alguno la crítica apunta a dejar de lado los reclamos del colectivo de mujeres, sino contextualizarlo en el marco de un país como Argentina, neocolonial, dominado por corporaciones a las que no les molestan en absoluto esas demandas de género, porque sus negocios están a salvo de ellas, o bien porque el núcleo de poder dominante tiene los medios para manipular esas justas exigencias a la medida de sus intereses. Cuando se corren un poquito de lo “políticamente correcto”, palo y a la bolsa.

En un informe publicado el miércoles en este portal, se constata que “casi la mitad de las mujeres que pasaron en 2018 por la Red de Casas para víctimas de violencia de género de Santa Fe son menores de 25 años, el 84,7 por ciento tiene vivienda propia, el 87,9 carece de cobertura de obra social y el 83,3 no recibe remuneración por su trabajo”.

¿Cómo se revierte esa realidad sin articular con el movimiento obrero organizado? ¿Cómo encaja en las grandes mayorías el lenguaje inclusivo si están pendientes esos horrores sociales que penden como espadas de Damocles sobre las cabezas de millones de mujeres?

Quien esto escribe sigue permitiéndose, a sabiendas de que uno de los grandes escollos para debatir estos temas pasa por una consigna que deroga la dialéctica –“El macho nos quiere enseñar a hacer feminismo”–, pensar en asignaturas pendientes que ayudarían a pasar de pantalla y no saltarse la tragedia en pos de derechos subalternos.

El primer informe del Registro Único de Ingresos que lleva la Red de Casas de Protección y Fortalecimiento para mujeres víctimas de violencias de Santa Fe, señala que “el 45,2 por ciento ingresó a la Red habiendo realizado previamente una denuncia judicial por violencia de género y el tiempo promedio de estadía es de 23 días de alojamiento”.

Es muy loable que la comunidad pueda contar con estadísticas serias que le pongan precisión al drama de miles de mujeres. La pregunta es qué hizo en casi doce años de gobierno la alianza entre socialistas y radicales para que estos números no nos avergüencen y condenen a hombres y mujeres que vemos o ignoramos esa despiadada realidad.

Una posibilidad es la que ofrece el macrismo desde hace tres años. Ante cada guarismo que pone de manifiesto los efectos criminales de su política económica, argumentan: “Por lo menos ahora este Gobierno muestra la verdad”. Pareciera que mostrar una estadística exime a quienes son responsables de las mismas de dar explicaciones de por qué se llegó a ese lugar ignominioso. Más frecuentemente de lo que parece, el neoliberalismo y el progresismo se encuentran en el mismo bondi yendo al mismo lugar.

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