La concejala de Unidad Ciudadana Marina Magnani acaba de entrar como una tromba a su oficina del Palacio Vasallo, con la adrenalina a tope, en medio de la campaña para renovar su banca. Es martes 12 de marzo, al mediodía. Las elecciones están a la vuelta de la esquina y la militante de La Cámpora, como sus compañeros y compañeras, planifican, hacen llamados, organizan actos. Tras una breve charla con sus colaboradores, prepara un mate, se sienta frente al escritorio, y se dispone a una charla extensa con El Eslabón, sobre su historia política. “Vengo de una familia de abuelos muy peronistas, obreros, y de padres que desde los ‘70 se volcaron a una militancia de izquierda”, contará, ya relajada, en un mano a mano con el equipo de Biopolítica.

—¿Dónde ubicás el nacimiento de tu historia política?
—Hay un hogar muy politizado, mi papá y mamá muy militantes, entonces se da de una forma como natural. Me acuerdo que en la inundación del barrio Empalme en el ‘89, mi mamá agarró unos juguetes míos y de mi hermano y nos dijo que los teníamos que limpiar para llevarlos a unos chicos que necesitaban. Y, recuerdo, no estaba muy de acuerdo con esa decisión y ella me dijo que me podía comprar más juguetes y que esos chicos, ahora no tenían. Fue como una negociación en donde accedí, y entregamos nuestros juguetes.

Y vengo de una familia de abuelos muy peronistas, obreros. Incluso mis abuelas aprendieron a leer en una unidad básica. Y de padres que desde los ‘70 se volcaron a una militancia de izquierda. Entonces, convivían esas dos tradiciones. La literatura, la música, todo estaba atravesado por estas dos corrientes.

Me acuerdo mucho de Selva, una señora que trabajaba en mi casa y a la que le decía «abuela». Mi mamá la conocía de la militancia, era nacida en Chaco, con una infancia muy tremenda y se había visto reivindicada con el peronismo. Tenía un llavero con la cara de Perón y Evita, y me decían que eran sus papás. Cuando iba a las casa de mis abuelos en Casilda y veía a Perón o Evita en algún cuadro, yo creía que eran los padres de Selva.

—¿A qué edad y dónde comenzaste tu primera militancia?
—Cuando me acerqué a la primera asamblea de Hijos. Mi papá había estado detenido desaparecido y mi vieja había militado mucho durante la dictadura a favor de los presos políticos. Mi viejo había declarado en el ‘79 ante la Cruz Roja, cuando estuvo en Coronda, y apenas salió de la cárcel también testimonió. Era un tema muy presente el de la lucha de los organismos de derechos humanos. Me acerque a Hijos a eso de los 15 años, fue una experiencia muy importante para mí formativamente, era un espacio multisectorial donde había personas de muchas tradiciones políticas, hijos de militantes peronistas, hijos de militantes del ERP, personas que en ese momento tenían militancia en el trotskismo, y creo que ahí se formó algo muy especial y reivindicable de esa generación que es el trabajo de forma horizontal y la  construcción de conceptos que nos incluyeran a todos, todas, todes. En ese momento no usábamos el «todes», pero creo que teníamos mucha conciencia de generar un discurso político que incluyera a todas las tradiciones populares a la hora de hablarle a la sociedad. Y ese esfuerzo fue muy formativo para mí.

Imagen: Maia Basso

—En algún momento hay un paso a una participación más vinculada a la política institucional ¿cómo fue le paso el proceso?
—En el 2001. Los compañeros y compañeras de Hijos fuimos muy atravesados por todo es proceso. Conocíamos por ejemplo a Pocho Lepratti y a otros compañeros que en esa jornada murieron y sufrieron la represión. Lo vivimos con mucho dolor, participamos de lo que fue la movilización que se dio principalmente en las grandes ciudades, y yo sentí en ese momento una fuerte interpelación. Después hubo un impasse donde era como que nada bueno pasaba, una hondonada de muchas asambleas y movilización, pero la política fue (Eduardo Alberto) Duhalde, represión. Y cuando Néstor (Kirchner) asumió, el dia del primer discurso, apenas nos íbamos cruzando con compañeros y compañeras hablábamos de ese discurso. Él, en su discurso, incluía una lucha histórica nuestra, hablaba de la impunidad de los genocidas, que hasta ese momento todavía no podíamos juzgar porque existan leyes de impunidad. Ese discurso fue como una irrupción de la historia que nos venía pasando. Eso fue como la primera señal mía, de alarma, en que quizás empezaba un momento en que había asumir un nuevo protagonismo, desde otro lugar.

—Y ese proceso te fue incorporando, ¿cómo fue tu recorrido militante a partir de aquel momento?
—Seguía militando en Hijos, laburando los escraches, las investigación para causas de lesa humanidad. Y en ese momento, algunos compañeros se acercan a lo que va a terminar siendo el Movimiento Evita, y yo me incorporo también. Empezamos a trabajar principalmente en barrios populares. El Movimiento Evita decide participar en la política electoral y en 2005 llevamos de candidato a un compañero que venía de Hijos, que ahora compite conmigo (por Eduardo Toniolli) en una interna del peronismo (se ríe), esas son las cosas que tiene la vida. Y ahí empezó un camino ascendente en donde a la medida en que Néstor iba avanzando en reivindicaciones, políticas públicas y mejorando la situación del país, se iban dando luchas también contra poderes establecidos y se consolidaba esto que hoy llamamos kirchnerismo, yo iba siendo cada vez más absorbida por esa dinámica militante. Son años en donde clausuré mi vida en términos individuales. Mi tiempo y mi vida van a estar al servicio de este proyecto.

Y en 2010 un hecho que no fue menor para nadie y genera una ruptura importante que es que Néstor empieza a convocar, después de los conflictos de 2008 y 2009 con los sectores exportadores agropecuarios, la 125 y la consolidación de un discurso gorila conservador entreguista, antipopular, y se empezaron a consolidar dos bloques. Por un lado, el peronismo como nacional y popular, y por otro, lo que hoy expresa Cambiemos en términos institucionales, que no tenía en ese momento representación política, pero que eran las viejas tradiciones de los Martínez De Hoz, las dictaduras en nuestro país.

Ahí se hacía evidente que faltaba generar una organización política para dar una respuesta, y Néstor empieza a convocar nacionalmente a los grupos que forman la incipiente Cámpora. Y ahí empiezo a contactarme con gente de La Cámpora.

Imagen: Maia Basso

—¿Tras este primer mandato en el Concejo, con qué definiciones encaran una nueva campaña para renovar la banca?
—Fundamentalmente ante la necesidad de pensarnos de cara a las elecciones nacionales de 2019. La posibilidad de que Cristina sea candidata, esto ya hoy no es una opción sino que es casi un deber moral para los que estamos militando en el campo nacional y popular, democrático, feminista. Lo que está generando Cambiemos en la totalidad del pueblo argentino tiene características similares a lo que fue el proyecto de la dictadura, el menemismo, va a implicar que a dos generaciones de argentinos sin poder recuperarnos de esto que están haciendo. Hoy, hay para ponerle un límite a Cambiemos, hay nombre y apellido: Cristina Fernández.

Tenemos que trabajar para consolidar esa opción, en lo inmediato. En lo táctico, ahora. Y la tarea pendiente es cómo volvemos mejores, con más amplitud y con un proyecto que pueda leer también y procesar estos cuatro años de Cambiemos, y qué es lo que generó en el pueblo argentino la adhesión a esas propuestas cuando Macri fue candidato a presidente. En qué fallamos, qué nos faltó que la derecha pudo armar esta cosa de marketing electoral, totalmente vacío, basada en tradiciones aristocráticas de nuestro país, pero reconvertida en una cosa fresca, nueva y que consiguió el voto de tantos compatriotas. Ese es el desafío, cómo generamos un movimiento político que interprete verdaderamente ese sentir popular y que le dé una respuesta a eso que se buscó en esas elecciones.

—¿Cómo se vincula esa batalla que se da en el plano nacional y provincial, con un laburo más local y específico dentro del Concejo?
—Las cuestiones son las mismas a pequeña escala. Siempre hay un Magnetto local, siempre hay un Macri local. Las disputas de poder que hacen que todo se dirima en favor de grupos minoritarios y en perjuicio de las mayorías se trasladan casi de forma idéntica. Nuestra ciudad legisla en favor de sectores concentrados de la la economía a favor de empresas que tienen conductas monopólicas. Así como a nivel nacional se definen aumentos de tarifas, nosotros a nivel local definimos aumentos de transporte siempre en beneficio de los mismos empresarios, definimos concesiones de la recolección de basura en favor del mismo empresario, sin buscar formas alternativas del tratamiento y gestión del residuo, no pensamos en incorporar a miles de rosarinos que trabajan en la recolección de residuos y que cumplen una función social pero en las peor condiciones. La obra pública la hacen dos o tres empresas, que las hacen en las condiciones que ellos quieren, cobrando lo que ellos quieren, sin participación de los vecinos en ese proceso. Los problemas son los mismos, pero es más difícil visibilizarlos. Por eso hay que aportar a la organización vecinal, a las redes organizativas, a los clubes de barrio, las organizaciones barriales, ahí se deben construir las propuestas para la ciudad y el control de la ciudad. Queremos control de la obra pública, ¿por qué un certificado lo tiene que firmar sólo el municipio y el técnico de la empresa? Podría tener la aprobación de la vecinal del barrio, que es la que va convivir después con la obra que se hizo. Desde lo local tenemos que promover formas de participación. Otro ejemplo: los jefes de distrito los designa el Ejecutivo. Los podría elegir la gente. Nuestro desafío es avanzar en formas de democratizar la ciudad. E incluir. Somos una ciudad con un montón de etnias, que viven acá, debemos incluirlos en el sistema de salud con una mirada multicultural.

Hay muchos desafíos para Rosario. Así como estamos lo único que reproducimos son circuitos de violencia. ¿Cómo hacemos y desde dónde salimos de esos circuitos? Pasamos a ser una ciudad que sólo trasciende por sus crímenes. Floreal Ferrara decía que la salud es la  posibilidad de dar pelea para solucionar conflictos. Acá se habla mucho de salud, en término médico hegemónico, tener hospital y centro de salud. Pero salud también es vivir en un hábitat que te acoja, que te aloje. Salud es salud mental, no una ciudad donde los pibes de 17 años dirimen los conflictos asesinándose. Hay que volver a construir desde lo comunitario.

 

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