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Días atrás tuvimos la oportunidad de asistir a la presentación del libro Teoría de la Militancia, de Damián Selci, que estuvo a cargo de Eduardo Toniolli, Joel Natali y Alejandra Gómez Sáenz, con la presencia del autor.

Fue una ocasión propicia para analizar y debatir una serie de tesis singulares y provocativas, puesto que de lo que se trata, en este libro, es del intento de formular una teoría de la militancia, pero no de cualquier militancia.

En efecto: la militancia que Selci toma como objeto, es la militancia peronista y kirchnerista, a la que intenta dar cuenta de las razones de la derrota electoral en 2015, del mismo modo que pretende aportar instrumentos teóricos para re-pensar su rol en los procesos venideros de confrontación y disputa política.

Como puede apreciarse, ni el objetivo es menor ni el propósito irrelevante. La bibliografía  política se orienta, mayormente, hacia las figuras descollantes de la vida política nacional, hacia sucesos asimismo destacados, o hacia determinados procesos que pueden ser del interés del lector. Pero la figura del militante generalmente se soslaya, acaso por ser considerado un personaje menor, tan anónimo como anodino.

El libro de Selci afirma todo lo contrario: le asigna al militante un rol fundamental, porque parte del supuesto de que los procesos políticos son inevitablemente sociales, y por lo mismo, colectivos.

Se basa, para ello, en una exhaustiva y compleja bibliografía teórica, propia de los trabajos académicos de filosofía o teoría política, pero lo hace con una notable y valiosa capacidad de exposición, donde los asuntos y los conceptos involucrados se presentan de manera clara y legible (lo cual refuerza la idea de que el libro no se dirige tan sólo a un público académico, sino a un público más general: el de la militancia en todas sus vertientes y modalidades).

Parte, para ello, de una obra clave para pensar estas cuestiones: La Razón Populista de Ernesto Laclau. En esa obra, Laclau toma distancia respecto de los paradigmas marxistas dominantes en las investigaciones académicas hacia los años ochenta del siglo pasado, y elabora un nuevo modelo teórico basado en diversas fuentes: entre ellas, una serie de conceptos tomados de la enseñanza de Jacques Lacan. Esto se puede explicar por el hecho de que Lacan ofrece, para un conjunto de teóricos políticos contemporáneos, la posibilidad de pensar lo político, y la subjetividad de sus actores, de una manera que trasciende las limitaciones ontológicas y epistemológicas del pensamiento marxista.

Es conocido el modelo de Laclau: el Pueblo, lejos de concebirse en términos sustantivos y esenciales, se piensa como un “efecto de discurso”, donde un conjunto de “demandas” vinculadas por una “relación de equivalencia” pueden ser articuladas (y hegemonizadas) por un “significante vacío”, que las “condensa”. Llevado al nivel empírico, y concreto, de los casos históricos, se puede sostener, desde esta perspectiva, que el nombre de Perón es el significante vacío que, en determinadas circunstancias, logra condensar y representar al conjunto de las demandas populares en la Argentina.

Si esto es así, lo que el libro de Selci viene a decir es que esta teoría es válida, incluso indiscutible, pero no por ello carente de limitaciones. Porque una de las limitaciones probablemente la mayor que Selci encuentra en “La Razón Populista”, es la falta de una estrategia que señale cómo vencer al Otro del Pueblo, la Oligarquía. O para decirlo de otra manera: “La Razón Populista” es un excelente tratado sobre el fenómeno de los populismos en general y del populismo argentino en particular, pero adolece de una formulación que indique cómo operar en la lucha política para triunfar y sostener un poder popular triunfante.

Tal es, en consecuencia, el objetivo y el propósito de este libro. Ello supone pensar a la militancia (y al militante) como un sujeto atravesado por las oposiciones y contradicciones establecidas por aquellos pensadores que reflexionaron largamente sobre estas cuestiones: Laclau, en primer lugar, pero además Slavoj Zizek, que no sólo reflexionó sobre el populismo, sino que además lo hizo polemizando con él. Y junto con ellos, un conjunto de autores que ofrecen categorías apropiadas para pensar la militancia, desde Lacan hasta Hegel, sin descuidar por ello si no la teoría marxista como tal, al menos una serie de conceptos provenientes del propio Marx, de Lenin y de Gramsci.  

Al final del libro, Selci expone un “grafo”, donde se exhiben las diversas figuras que emergen en el proceso de la militancia. No es nuestro propósito reproducirlas aquí, por razones de espacio. Lo que sí querríamos subrayar, en la figura del militante que aparece bajo el nombre del “Cuadro”, es su asunción de una responsabilidad “absoluta” ante lo que acontece. Liberado de cualquier alienación en la figura de un Otro que sería responsable de todo lo que ocurre, el Cuadro es aquel que logra asumirse como el único responsable de todos los triunfos y todas las derrotas.   

Notablemente, el militante el Cuadro deviene así en objeto de la teoría. Pero esa teoría no se concibe como un fin en sí mismo, sino como un instrumento, que permita pensar (comprender, entender) la realidad política, sus formas de articulación y los modos de constitución de la subjetividad de sus actores, particularmente del militante.

En suma: “Teoría de la Militancia” es también una Teoría Para la Militancia. Para la militancia como concepto, como práctica, y para la militancia como colectivo, el que comprende a todos y cada uno de los militantes nacionales, populares, democráticos y latinoamericanistas, en su incesante lucha contra los poderes neocoloniales, neoliberales y antipopulares.

Digamos, por último, que la teoría o la filosofía política suelen entenderse como disciplinas académicas, desgajadas de la praxis política concreta. Del mismo modo, el mundo de la política suele pensarse a sí mismo de manera empírica, alejado de toda pretensión (desvalorizada) de reflexión o sistematización teórica. El libro de Damián Selci, en ese sentido, viene a plantearse como un trabajo que intenta articular ambos espacios, introduciendo un objeto nuevo en el campo de la teoría política, y ofreciendo un marco teórico orientador y productivo en el plano de la práctica política.

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