Todo lo que silenciaron en mi cuando nos separaron, todo lo que nos impidieron sentir, lo que nos impidieron continuar… hoy explotan a gritos por todo mi cuerpo, renacen a cada instante y se expande desde mi pecho hacia el infinito. Esa lucesita que se había apagado, hoy es una llama brillando incandescente”, dice María Barjacova al leer una carta escrita en 2005 a sus padres, dos de los siete militantes fusilados en Los Surgentes, el 17 de octubre de 1976.

Las palabras de María estallaron profundas en el comienzo de la audiencia del miércoles pasado en la causa Feced III, en la que testimoniaron cuatro familiares de los jóvenes, quienes tras estar presos en el centro clandestino de detenidos en el Servicio de Informaciones (Dorrego y San Lorenzo), fueron masacrados en la localidad del sudeste cordobés, sobre ruta provincial 6, a unos 140 kilómetros de Rosario.

La audiencia realizada en los Tribunales Federales de Oroño 940 es parte del juicio en el que se investigan delitos de lesa humanidad cometidos contra 152 personas, por la conocida como Patota de Feced, jefe de la policía de Rosario, entre el 76 y 78. En el juicio se acusan a 13 ex policías, también sería procesado Eugenio Zitelli, capellán militar muerto “justo” cuando se acercaba –tras tres postergaciones– al inicio de las audiencias.

Las voces que estallan

En los Surgentes fueron acribillados Analía Murguiondo, Daniel Oscar Barjacova, Sergio Abdo Jalil, Cristina Costanzo, Eduardo Felipe Laus, María Cristina Márquez y José Antonio Oyarzabal.

La búsqueda del destino de los jóvenes, las denuncia, testimonios de sobrevivientes, investigaciones de los organismos de Derechos Humanos y de sus familiares reconstruyeron esta historia transcurrida entre Rosario, Córdoba, morgues, hospitales, fosas comunes y exhumaciones.

En la audiencia del miércoles declararon María, quien con un año y nueve meses fue también fue secuestrada junto a su padre (Barjova) y su madre (Murguiondo). Además presentaron sus testimonios Marcelo Jalil, Marcelo Márquez y Francisco Oyarzabal hermanos de otros tres asesinados.

Eduardo Felipe Laus nació 2 de abril del 52 en Rosario, estudió en la escuela 103 (Sáenz Peña), en la 55 (Sarmiento), en el Superior de Comercio San Martín y luego ingresó a Derecho en el 70.

José Antonio Oyarzabal, nacido el 20 de febrero del 54 en Rosario, estudió en el Sagrado Corazón y terminó en el Normal 3. Jugaba al rugby en el colegio y luego en el club Duendes. El “Ciruja” tenía 22 años, militaba la JUP y estudiaba Derecho cuando lo secuestran mientras repartía volantes.

Sergio Abdo Jalil también era rosarino y nació el 6 de febrero del 56. “El Turco de Pichincha estudio en el Dante Alighieri hasta que a los 16 pasó a la Agrotécnica de Casilda. En el 75 empezó a trabajar en el campo y comprometerse con su militancia, hasta ser secuestrado el 15 de octubre del 76 en Juan José Paso y República.

Cristina Costanzo, nacida el 12 de agosto del 51, estudio en el Colegio Americano y en el Superior de Comercio. Tocaba la guitarra, entró en la facultad de Medicina y trabajaba en el negocio de su padre, además de militar en la JUP y Montoneros. Fue detenida en Matienzo y Ocampo el 13 de octubre del 76.

María Cristina Márquez, rosarina del 25 de diciembre del 54, hizo la primaria en la escuela Pedro Goyena y jugaba en el club Rosarinos Estudiantil. La secundaria la hizo en el Normal 1 y el Rivadavia. Desde el 73 militó en la JUP de Azcuenaga y en el frigorífico Swift. Fue secuestrada en San Nicolás, estaba embarazada. En tanto, Héctor García, capellán de Gendarmería y secretario del arzobispo rosarino Bollati, le aseguraba a su familia que iba a regresar a su casa.

Daniel Oscar Barjacoba, rosarino, pero con su madre se instala en Mar del Plata, y estudia en el Colegio Inglés y luego Antropología en la universidad. Allí empieza su militancia en la JP y conoce a la bonaerense Ana Lia María Murguiondo.

Con ella se mudan a Rosario, donde nace su hija María, siguen sus estudios y militancia en Montoneros y luego se separan. Daniel será detenido junto a su compañera María Cristina Márquez en octubre del 76 y detenidos en el Servicio de Inteligencia, hasta ser fusilados en Los Surgentes.

Ana Lía Murguiondo, en tanto, vivía en Mar del Plata y ya en la secundaria hacia trabajo social, junto a monjas de su colegio Stella hacía apoyo escolar en el barrio El Martillo. Luego cursa a estudiar bibliotecología y psicología, además de militar en la JUP y Montoneros.

El 14 de octubre del 76, Ana Lía (de 21 años) es secuestrada durante un ataque de los represores, ella se quedó porque no podía escapar con su hijita María. Fue secuestrada y dejaron a la nena con unos vecinos. Pero como “no cantaba” a sus compañeros, los milicos volvieron por la nena y el mismo Feced la torturó delante de su madre, para que hablara, indican los testigos. Luego, esposada y golpeada la llevaron a Los Surgentes, para fusilarla junto los otros seis militantes.

La masacre se produjo tras asumir como Comandante del II Cuerpo de Ejército, el 12 de octubre del 76, Leopoldo Galtieri, a los 5 días se producen los fusilamiento “en el territorio de su principal competidor en la interna militar, Luciano Benjamín Menéndez”, indica el periodista Carlos del Frade en El Rosario de Galtieri y Feced (2000).

¿Os tá mamá?

Con esa pregunta, María Barjacoba recibió a sus abuelos maternos, al ser recuperada cuando tenía un año y diez meses, a fines de noviembre del 76. En la búsqueda de su nieta, los abuelos maternos, -en un lugar no registrado- preguntaron por una nena y una policía les trajo a la pequeña que al reconocerlos corrió a abrasarse a las piernas de su abuelo. No tenían papeles, pero se la entregaron.

Al ser tan chica y no poder recordar todo, María reconstruyó su historia y la de su mamá y papá buscando testimonios de familiares, sobrevivientes y otros militantes que los conocían.

Sobre la carta a sus padres, que leyó en la audiencia del pasado miércoles, indicó a RR: “la escribí en el 2005, cuando su hija mayor Juana Luna (hoy de 14 años) tenía casi la edad en que nos secuestraron”.

En ese texto dice: “Al separarnos, no sólo nos negaron la posibilidad de crecer juntos, sino que también reprimieron en mi ese sentimiento constante de amor incondicional que se da entre los padres y sus hijos. En cambio me quedó una mezcla de amor, dolor, culpa y soledad, mucha angustia y un trabajo terrible para encontrar mi identidad”, expresaba en su carta.

Pero admite que siempre de niña se despertaba sobresaltada a las 3 de la madrugada, hora en que fue secuestrada junto a su madre y miraba la ventana para vigilar que no entrara nadie.

También cuenta que la familia materna la rodearon con mucho el cariño, “pero eran muy conservadores y católicos, preferían el silencio y no me contaban nada. Cuando preguntaba por mis padres, un tío me dijo que estaban en Estados Unidos, y con el tiempo me explicó que habían muerto alá en un accidente”.

En tanto, su abuela paterna, al desaparecer mi padre empezó a buscarlo y fue una de las primeras Madres de la Plaza de Mar del Plata y declaró en el Juicio a las Juntas. Pero respetó el silencio de había elegido mi familia materna”.

Me decía que acompañaba a Madres de Plaza porque eran mujeres que habían sufrido mucho y había que ayudarlas. Yo ya sabía leer, tenía muchas dudas y cuando estaba en su casa y ella salía, les revolvía sus cajones buscando papeles y documentos”.

Finalmente, “cuando tenía 6 años y acompañarla a la facultad de Antropología por un trámite, escuché que ante una pregunta de la empleada sobre mi padre, mi abuela le dijo que había desaparecido”.

Además, María cuenta que “tenía una compañerita que tenía el padre desaparecido y me dijo que a mi papá también había pasado lo mismo, al igual que a mi mamá”.

luego al caminar con ella y mi abuela, mi amiga que era más lanzada, se lo preguntó directamente. Así confirme mis sospechas y pude saber la verdad”.

También expresó que su hija mayor: “Juana Luna leyó y escuchó muchas veces a carta”. Salvia, la hija menor (hoy de seis años), “siempre pregunta por sus abuelos y me pide ver a Zamba (Paka Paka) en el capítulo sobre el 24 de marzo del 76”.

María también resalta que el Terrorismo de Estado “afectó a mucha gente que sufrió mucho y vio cosas terribles. “Mi abuelo materno había empezado a buscar a mi papá y en esas averiguaciones llegó a un lugar y al preguntar por mi mamá, le dijeron: «ah, Analía, está ahí adentro», y lo hicieron pasar a un sitio donde estaba una mujer muerta y con la cara destrozada por itakazos. Mi abuelo se acercó y se fijó para ver si tenía las marcas de la cesárea que le hicieron cuando nací. Pero no tenía porque era otra mujer, no mi mamá. El abuelo luego se descompuso y más tarde enloqueció, fue al Borda y al tiempo se suicidó”.

Las huellas de la identidad

A terminar la secundaria un tío me regaló un viaje a Europa y también salí de mochilera. Me fui a Buenos Aires a los 20 años y estudie teatro. Hice muchos talleres y me di cuenta que el teatro podía ser una herramienta de expresión, de transformación social parar defender los derechos humanos”, sostiene. Hoy también hace talleres y obras con HIJOS y en la Casa de la Memoria marplatense, pero agrega que “me gusta mucho trabajar en los barrios”.

Ahora laburo en el barrio El Martillo, el mismo donde militaba mi madre, y camino por esas mismas calles. Es un trabajo sobre reducción del daño causado por el consumo de drogas. Lo hacemos con chicos, algunos en situación de calle o con arresto domiciliario. Para el 24 de marzo hicimos actividades y les leí la carta. Se sentaron y escucharon y entendieron todo, pero preguntaban porque no sabían nada de eso, por qué no se los habían contado. Vinieron a la marcha y fue buenísimo”.

También participa en talleres de teatro en el proyecto “Tramando algo”, en el marco de un trabajo de extensión de la facultad de Psicología, en la Unidad 15 de la prisión de Batán.

“El tiempo no hace al olvido”

En la carta escrita para sus padres, en 2005, señala “Pero el tiempo no hace al olvido, hoy me encuentro aquí escribiendo, contándoles que Juana Luna tiene un año y nueve meses, casi la misma edad que tenía yo cuando nos secuestraron. Ella es un solcito que me acompaña, cuando la miro puedo ver adentro de ella y estoy seguro ella ve dentro mío. El día que nació se abrió una puerta y reencontré todo es amor que estuvo esperando resurgir. Y no fue algo extraño o desconocido para mí. Puede sentir que siempre estuvo ahí acompañándome, esperando el momento para volver a calmarme. Y ahora puedo compartir, lo puedo gritar y lo puedo expresar dónde y cómo quiera. No tiene que estar callado en lo profundo. Volvió para ser libre, y se nutre día a día, y crece”.

Y es ahí donde nos reencontramos, donde ya no siento sus ausencias. En este amor que nos une a Juana Luna y a mí, es el mismo que nos une a nosotros, el que confirma que nunca nos separaron, que sigo creciendo junto a ustedes, y que siempre los volvería a elegir”, sostiene en su texto.

Las obras de la vida

Me crié rodeada de amor, por eso no tengo ninguna recriminación a nadie, siempre volvería a elegir a estos padres, no tengo ningún reclamo. Me quedé a vivir en Mar del Plata y tengo una familia del corazón y muchos amigos”, admite sonriendo.

Al regresar a Mar del Plata, tras la audiencia y la emoción de recordar, reencontrarse con familiares de los militantes que fueron compañeros de su padre, indica que “fui a tomar mate con un tío, me decía que debía parar un poco, pero el viernes fui a trabajar al Martillo y jugamos con los chicos, nos reímos. Pensé luego sobre lo bueno que fue el viaje a Rosario, me dije todo al declarar y me lloré todo, además del cariño recibido en Rosario”.

Por otra parte, hay que indicar que “Oceanida… amaneceres de banquina”, es una de las obras de teatro en la que trabajó María. La sinopsis del unipersonal indica “Una mujer sobrevive a orillas del mar. Desde allí juega con la realidad y crea espacios en su propia fantasía para resistir a la hostilidad y asfixia de las redes. Parece que la pelea de María también retoma la lucha –no tan cerca del mar, pero desde barriadas y cárceles- esa pelea desplegada por su mamá en el mismo lugar donde ella retoma su compromiso social, como también lo hacia su papá con la militancia por un mundo más justo.

En tanto, en otra obra de teatro, también escrita y protagonizada por ella: “Medea fragmentada, al ver vera”, María trabaja la historia de tres mujeres. Una se basa en una tragedia griega en la que Medea es acusada de matar a sus hijos, otra de las historia es sobre la leyenda en la que una angustiada madre arroja al río a sus hijos. Pero la tercera historia representada “es mi vieja, una mujer que quiere vivir pero la matan, aunque ella había elegido la vida”.

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