Este lunes se cumplen 66 años del infame atentado terrorista que mató a seis personas, cuando militantes del radicalismo hicieron estallar una bomba en la estación Plaza de Mayo de la línea A de subtes, en 1953.

Las nuevas generaciones a menudo no dan crédito a determinados sucesos perpetrados por fuerzas políticas cuyos dirigentes se llenan la boca de palabras como democracia, república, instituciones, Constitución, calidad institucional y un puñado más de conceptos vaciados por ellos mismos de todo anclaje con la verdad.

En una Argentina en la que una coalición de partidos se plegó al mandato imperial norteamericano y llegó a apoyar –y puso a sus hombres al servicio de– el bombardeo a población civil en estado de paz interior, no deberían extrañar determinados hechos y formas de gobernar, ni mover a asombro el sostén a la campaña de terrorismo desatada contra la hermana República Bolivariana de Venezuela.

Dos años antes del criminal bombardeo por parte de aparatos de la Aviación Naval a la Casa Rosada, la Plaza de Mayo y alrededores, el 15 de abril de 1953, la CGT había convocado a un acto en apoyo del presidente de entonces, el general Juan Perón, y antes de cumplirse 15 minutos de su discurso, con la Plaza de Mayo repleta, una bomba que contenía 100 cartuchos de gelinita explotó en la estación Plaza de Mayo de la línea “A” de subterráneos, dejando como saldo seis personas muertas, casi un centenar de heridos y 19 lisiados de por vida..

Entre los autores de ese crimen había dos conspicuos militantes radicales y un socialista, provenientes de las fuerzas políticas que acaso más enjundia han puesto siempre en demandar el cumplimiento de las normas republicanas, las bondades de la calidad institucional y la acérrima crítica a los llamados “populismos”, eufemismo que siempre enmascaró un profundo odio contra el peronismo, al que además esos partidos acusaban de filo fascista.

Vale la pena, en momentos en los que se debate, nuevamente, alrededor de dos modelos de país, echar un vistazo a uno de los episodios más sangrientos de la historia argentina, y que muestra el sustrato desde el que se ponen en juego las viejas y renovadas persecuciones, los encarcelamientos, las estigmatizaciones, los silencios cómplices, la difamación, y otras armas usadas hasta el cansancio por alianza antinacional.

Un planificado crimen contra la Patria

En rigor, el atentado no se limitó a la colocación de bombas en el subte, puesto que los terroristas también sembraron explosivos en otros lugares cercanos a la Plaza de Mayo. El objetivo era imposible de disimular: la masa peronista congregada para escuchar a su líder.

Daniel Brion, presidente del Instituto por la Memoria del Pueblo (Imepu), alguna vez escribió sobre el incalificable episodio, en particular un artículo publicado en la Red Nacional y Popular (Nac&Pop). El epìgrafe de la nota publicada en 2017, apelaba a una frase del «Leviathan» de Thomas Hobbes: “No existe crimen más grande que aquel que se perpetra a conciencia de su impunidad”.

El historiador popular no fue menos duro al elegir el tìtulo de su reseña –”1953, las bombas de los radicales en el subte mataban a personas inocentes”–, y se dedicó a desmenuzar el atentado que otros historiadores habían preferido minimizar, al omitir detalles, realizar comparaciones odiosas, y suavizar determinados hechos o sencillamente tergiversarlos.

Brion genera cierta expectativa alrededor de los responsables de la masacre, y hasta casi el final de su artículo no revela sus nombres y apellidos, sino que los nombra por sus apodos: El Jefe, El Ayudante y El Ingeniero.

El trío, un día antes del atentado, se reunió “en un comercio cercano a Plaza Miserere con el fin de armar los explosivos”, precisa Brion, quien agrega que “el local, de la firma Redondo Hnos., ubicado en la avenida Jujuy 47/51, entre Av. Rivadavia e Hipólito Yrigoyen, era el centro de actividades del Jefe”.

El historiador añade que “allí solían fabricarse bombas, redactarse panfletos antiperonistas y organizarse reuniones políticas clandestinas”, y asegura que “El Ingeniero armó tres bombas de diferente poder destructivo”, que describe así:

  • La más pequeña tenía 30 cartuchos de gelinita y fue destinada al Hotel Mayo, ubicado en la esquina de Defensa e Hipólito Yrigoyen y que se encontraba en refacciones.
  • Otra algo más potente, armada con 50 cartuchos de gelinita, fue colocada en el octavo piso del Nuevo Banco Italiano. Ésta finalmente no estalló, por defectos en el mecanismo de relojería.
  • Y la última y más poderosa, que contaba con 100 cartuchos, fue la que El Ingeniero y El Ayudante colocaron en la estación Plaza de Mayo de la línea “A” de subterráneos.

El jueves 15 de abril, el dìa del atentado, “a la hora del comienzo del acto, según las crónicas, la plaza reventaba”, y Brion resalta que “hacía 14 minutos que el general Perón desarrollaba su discurso”, que en ese momento decía:

“(…) He repetido hasta el cansancio que en esta etapa de la economía Argentina es indispensable que establezcamos un control de los precios.

No sólo por el Gobierno y los inspectores, si no por cada uno de los que compran, que es el mejor inspector que defiende su bolsillo. Y para los comerciantes que quieren los precios libres, he explicado hasta el cansancio que tal libertad de precios por el momento no puede establecerse. Bastaría un rápido análisis…”. Fue en ese preciso tramo del discurso cuando se estalló la primera bomba.

“Era la que El Ingeniero colocó debajo de una heladera en la confitería del Hotel Mayo, que estaba cerrado por refacciones y al cual fue relativamente fácil acceder”, indica Brion, quien destaca: “Era la de menor poder, pero igualmente causó graves daños en el hotel y destrozos en las construcciones vecinas. Una de las cortinas metálicas fue arrancada de cuajo y muchas ventanas y vidrieras quedaron destruidas, sobre todo del lado de la calle Defensa. La calzada quedó cubierta de cristales rotos y se registraron algunos heridos”.

El historiador acota que “se pudo ver al general Perón impartir indicaciones a algunos funcionarios que estaban junto a él, mientras levantaba sus brazos con la intención de infundir calma en el público”.

El mandatario continuó como pudo su discurso: “Compañeros: éstos, los mismos que hacen circular los rumores todos los días, parece que hoy se han sentido más rumorosos, queriéndonos colocar una bomba…”. Antes de terminar la frase detonó otra bomba, la que los terroristas habían colocado en la estación Plaza de Mayo, “de cuyas bocas de acceso comenzó a emanar humo”, apuntó Brion.

El historiador, por un lado, indica que “El Ingeniero la ubicó en una casilla, bajo un tablero eléctrico, en el andén. Los destrozos fueron cuantiosos y afectó a una formación estacionada e instalaciones fijas”. Por otro, comenta que “si bien las crónicas señalan que la estación estaba cerrada al público debido al acto, igualmente hubo 6 víctimas fatales”, y remata: No nos consta si todas las muertes se registraron en la estación o si algunas son producto del estallido en el Hotel Mayo”.

Veintiséis días después del atentado, el 11 de mayo de 1953, “gracias a investigaciones llevadas a cabo por personal de la comisaría 17° de la Policía Federal, se logró detener al Ingeniero”, rememora Brion, quien aporta que la detención “fue la culminación de un rastreo iniciado tras la caída de un avión en el Uruguay, que trasladaba al Jefe y al Ayudante al vecino país, presumiblemente en búsqueda del dinero suficiente para facilitar la fuga del Ingeniero, el principal autor de los atentados, al exterior”.

Parece que los viajes de los integrantes del comando terrorista al Uruguay “eran frecuentes y era costumbre utilizar documentos de identidad apócrifos”, y que “en ese viaje trunco El Jefe utilizó una cédula de identidad expedida por la Policía Federal a nombre del Ingeniero”.

Brion subraya que “este dato fue el punto de partida que permitió detenerlo junto a otras tres personas, en un departamento de la calle Juncal al 2100, en el que se había refugiado mientras esperaba el dinero necesario para escapar a otro país. Tras su detención, El Ingeniero reconoció su participación en muchos atentados, entre ellos los del 15 de abril.

Los pliegues de la Historia

El historiador Brion, finalmente, revela las identidades de los tres responsables de la matanza: El Jefe era Arturo Mathov; El Ingeniero era Roque Guillermo Carranza, y El Ayudante era Carlos Alberto González Dogliotti, simpatizante socialista y el único que no continuó su actividad polìtica, aunque fue detenido y debió cumplir condena.

En cambio, Mathov llegó a ser –años más tarde– diputado nacional. Lo curioso es que, además, su hijo Enrique Mathov , amigo personal de Fernando de la Rúa, en diciembre de 2001 reportaba como titular de la Secretaría de Seguridad, y fue juzgado y absuelto como responsable de que la Policía Federal, bajo su mando, haya sembrado de muertos la Plaza de Mayo en las luctuosas jornadas del 10 y 11 de ese mes trágico.

La Historia tienen esos pliegues en los que la sangre del Pueblo vuelve a manchar las manos de quienes le dan la espalda y lo someten.

Brion considera que El Ingeniero Carranza “tras esta etapa oscura y revolucionaria de su vida, tuvo mucha más suerte que sus compañeros”, y pasa a enumerar hitos de ese afortunado destino:

  • “En junio de 1955, en el marco de una amplia amnistía política, recuperó su libertad. Y volvió a dedicarse a la política.
  • Durante la presidencia de Arturo Illia ocupó la secretaría General del Consejo Nacional de Desarrollo, ente más conocido como Conade.
  • Posteriormente, tras la caída del gobierno de Illia, actuó como planificador en el seno de la Organización de las Naciones Unidas (ONU).
  • Con la vuelta de la democracia el 10 de diciembre de 1983, en el gobierno de Raúl Alfonsín, ocupó la cartera del Ministerio de Obras Públicas que abandonó el 25 de Mayo de 1985 para pasar a ser el titular del Ministerio de Defensa debido al fallecimiento de Raúl Borrás, su antecesor en el cargo”.

Carranza murió el sábado 8 de febrero de 1986, más de dos años antes de que se inaugurara la estación del subte “D” a la que las autoridades de Subterráneos de Buenos Aires bautizaron con su apellido, llamándola “Ministro Carranza”, dejando de lado el que iba a ser su nombre original: “General Savio”.

Brion, ya casi al final de su artículo, exclama: “¡Al autor del más trágico atentado en la historia de los subterráneos porteños se lo homenajeó con una estación en ese mismo medio de transporte contra el que atentó!”.

Pero otros historiadores no se indignaron tanto ante aquel atentado y sus consecuencias, que las tuvo, como cabe suponer. Es el caso de Félix Luna, quien a la hora de señalar a algunos de los colaboradores de los tres terroristas radicales escribió, en “Bombas e incendios en 1953”, el siguiente párrafo: “Los hermanos Alberto y Ernesto Lanusse y Roque Carranza eran algo así como coordinadores del grupo. Tenían un feble (sic) contacto con militares de baja graduación, el capitán Eduardo Thölke el más importante, que a veces les proveían de explosivos y los alentaban a continuar creándole dificultades a Perón”.

Total normalidad. La relación con militares que les daban explosivos era endeble, y sólo se trataba de crearle “dificultades a Perón”. Contado así, el suceso hasta provocaría la simpatía de un grupo de señoras que se juntan a la hora del té y comentan las “travesuras” de sus hijos treintañeros (Carranza cuando puso las bombas tenía 34 años”).

Otro historiador que parece no haber tomado dimensión de la tragedia del atentado del que este lunes se cumplen 66 años es Felipe Pigna, quien en un pasaje del libro “Los mitos de la historia argentina 4”, publicado en la web “El Historiador”, señala: “En la Plaza quedó el saldo humano de las explosiones: cinco muertos y más de cien heridos de consideración”. Y tres renglones más abajo, luego de citar cierto guiño de Perón para vengar el atentado, Pigna demuestra qué es lo que verdaderamente lo conmocionó: “Algunos grupos, sintiéndose intérpretes de aquellas palabras, se dirigieron a distintos lugares de la ciudad para destruir sedes partidarias y locales sociales. Así cayó bajo las llamas la «Casa del Pueblo», la histórica sede del socialismo ubicada en Rivadavia 2150. Entre las brasas quedó hecha cenizas la Biblioteca Obrera Juan B. Justo, uno de los archivos más completos de la historia del movimiento obrero argentino, que se perdió para siempre. También fueron quemadas la Casa Radical, de Tucumán 1660; el comité central del Partido Demócrata, en Rodríguez Peña 525, y la sede social del Jockey Club, de Florida 559. Los bomberos llegaron sospechosamente tarde y con sus autobombas sin agua”.

Tras el atentado, se contabilizaron 93 heridos y 19 “lisiados permanentes”, tal cual mencionaban los diarios de la época. Y los muertos tienen nombres y apellidos: Santa Festigiata de D’Amico (84 años), Mario Pérez, León David Roumeaux, Osvaldo Mouché, Salvador Manes y José Ignacio Couta.

Lejos de la frialdad de algunos historiadores, en 2013, Roberto Pianelli, secretario general de la Asociación Gremial de Trabajadores del Subte y Premetro, más conocidos como metrodelegados, le dijo a un cronista del diario Página 12: “Que una estación de subte lleve el nombre de una persona que mató a obreros es un insulto a los trabajadores”.

Tenía, tiene, tendrá razón. Por siempre, y para siempre.

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