Por la humedad dicen, la bala,
temiendo
el desenlace,
la muerte virgen, temiendo enmohecerse,
u oxidarse,
solita, ella solita, decidió sola
dispararse.
(Hugo Diz, “Rosario, Partes de Mayo”)

Sábado 17

Es sábado por la tarde. Es una tarde fresca, con el cielo nublado.

Llego al bar de Balcarce y Mendoza a las cinco, respondiendo a la cita que nos hiciera Cristina, la responsable de nuestro grupo de Filosofía.

Cuando entro al bar ya están algunos de los compañeros: Cynthia, Silvia, José. Los otros irán llegando después.

Me siento inquieto, extraño. Pienso que el año pasado estaba haciendo el servicio militar para esta época, y ahora que he recuperado la condición de civil y retomé mis estudios en la facultad, me encuentro militando.

Militando. Palabra rara. Nunca la había pronunciado, hasta que entré en la agrupación. Creo que significa actuar, hacer política, participar de las luchas populares. Para mí es todo eso, y también una forma de entrar en la vida, y el mundo, saliendo del espacio recluido de mi casa.

La reunión comienza enseguida, mientras van llegando los demás. Cristina nos cuenta que al mediodía mataron a un compañero llamado Bello en la galería Melipal.

A quemarropa, dice. Un policía le tiró a quemarropa.

Yo había estado en la movilización por la mañana, pero no me enteré hasta más tarde de ese asesinato. Estaba a dos o tres cuadras de ese lugar, con otra parte de la agrupación, y la policía nos había corrido del centro, tirando gases y palazos.

La semana que viene se hará una marcha de protesta, informa Cristina. Irán todos, los sindicatos combativos, el movimiento estudiantil en su conjunto. Nosotros tenemos que estar en primera fila, continúa, porque hay que darle una respuesta contundente al gobierno. No podemos permitir que pasen estas cosas.

Domingo 18

Día en familia, con mis viejos. Comemos pastas que cocinó mi madre.

Por la tarde me quedo leyendo en mi habitación, el Libro Rojo de Mao. Pienso en algo que él dice: hay que poder distinguir la contradicción principal de las contradicciones secundarias.

Lunes 19

Nos juntamos con los compañeros en casa de Guillermo. Hacemos unos carteles de tela bien grandes, que se desplegarán entre dos palos largos y gruesos que llevarán los compañeros más robustos. Uno dice: “Por la liberación nacional y social”, y el otro “Por la unidad obrero-estudiantil”. Cada consigna lleva un nombre que suscribe: “Frente Estudiantil Nacional-Rosario”

Martes 20

Reunión de la agrupación en el Iberia, que queda enfrente de la Facultad. No se ve gente en la calle. El clima parece denso, espeso, como si estuviese a punto de estallar.

Cristina nos da las últimas indicaciones para el día siguiente: José y Juancho llevan un cartel, Ángel y Guimo el otro, dice. Las chicas llevan las bolitas de plomo para los caballos de la policía. Y todo el mundo lleva pañuelos y una botellita de agua, para protegerse de los gases.

Miércoles 21

A la media tarde nos encontramos en Córdoba y Maipú. Comienza a oscurecer mientras la gente va llegando. Al rato somos una multitud, probablemente miles.

Comenzamos a marchar por Córdoba en dirección a Corrientes. “Obreros y estudiantes, unidos adelante”, vociferamos. “El pueblo, unido, jamás será vencido”, también vociferamos.

Me siento henchido por la emoción; es una sensación extraña y grata. Hay gente que aplaude desde los balcones. El espíritu combativo parece diseminarse y contagiarse por el centro de Rosario.

Sin embargo, a poco de marchar unas cuadras aparece la policía montada. Vemos cómo lanzan los caballos sobre nosotros, y entonces empezamos a tirarles las bolitas de plomo. Algunos caballos resbalan sobre las bolitas y ruedan por el piso. Eso hace que aplaudamos enfervorizados, y cantemos con más fuerza.

Hasta que en poco rato el centro de la ciudad se convierte en un caos. Los choques entre manifestantes y policías se reproducen en las calles aledañas, donde comienzan a arder barricadas construidas de apuro.

No se puede avanzar por Córdoba, porque allí la policía parece haberse concentrado. Entonces comenzamos a marchar por las calles laterales –Rioja, San Luis–, para ir en dirección de la Plaza San Martín. Lo hacemos con dificultad, sorteando gomas quemadas y acosos de la policía, que va y viene persiguiendo manifestantes.

Hasta que llegamos a Dorrego y Córdoba. Ya es noche plena, y las luces comienzan a encenderse iluminando una ciudad devastada y dantesca.

Allí nos reagrupamos tratando de regresar hacia el centro. En ese momento alguien dice: “Hay que tomar LT8”. La consigna se replica, incesante, y vamos hacia la radio. Pero no llegamos. O llegamos tarde.

Otro compañero acaba de caer en ese lugar. Después sabría que se llamaba Blanco, y que era metalúrgico.

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