El quinto paro general contra las políticas de ajuste y endeudamiento del gobierno de Mauricio Macri, convocado por la CGT, con la adhesión del Frente Sindical y las dos CTA, y con la activa participación de organizaciones sociales, estuvo atravesado por la expectativa electoral.

Si bien los reclamos que le dieron contenido al paro apuntaron a la debacle económica que provocó Cambiemos, la protesta, a diferencia de las cuatro anteriores, no puso el eje exclusivo en pedir una rectificación del rumbo elegido por el experimento neoliberal que lleva adelante la alianza PRO-UCR, sino que remarcó las urgentes demandas de los trabajadores (generación de empleo, inyección salarial, bajar la inflación, reactivar el mercado interno) que deberá atender el próximo gobierno.     

Para los huelguistas, es difícil imaginar que el macrismo a esta altura del partido cambie su manera de jugar y deje de tirar el achique. Por eso, la protesta fue para resistir las políticas anti-obreras de Cambiemos pero también para enviar señales al gobierno que viene.

El paro del 29 de mayo pasado, con movilizaciones y ollas populares, fue el más contundente en la era Macri, por la alta adhesión que tuvo, por la paralización del transporte y por la –hasta el momento rudimentaria– unidad de dirigentes opositores, que, aunque con marcados matices, coincidieron en el diagnóstico de la situación y en los reclamos.

El paro general, quizá el último contra el gobierno de los CEOs, mostró bronca generalizada en los sectores populares, que desde 2015 ven avasallados sus conquistas y derechos. Por lo pronto, la dialoguista CGT retomará las reuniones con funcionarios del gobierno para atender cuestiones pendientes, mientras el sindicalismo opositor y organizaciones sociales mantendrán un alto nivel de conflictividad que se expresará en las calles hasta las elecciones nacionales de octubre. En este sentido, tanto la CGT como el frente que encabeza Hugo Moyano dejaron picando la posibilidad de nuevas protestas antes de los comicios presidenciales.

El paro de la CGT y el Frente Sindical, junto a organizaciones sociales, se realizó el mismo día que se cumplieron 50 años del Cordobazo, una protesta protagonizada por gremios y estudiantes en la ciudad serrana que hizo historia y se replicó en otros puntos del país, entre ellos Rosario. Salvando las distancias y con todas sus diferencias, la quinta huelga nacional contra Macri y el Cordobazo tuvieron puntos de contacto.

En mayo de 1969 las dos CGT, la tradicional y la de los Argentinos,  resolvieron dejar de lado sus diferencias y convocaron a una huelga contra la dictadura de Juan Carlos Onganía, que fue duramente reprimida. Aquella vez, como en la actualidad, las bases sindicales reclamaron a la dirigencia más compromiso en la defensa de los trabajadores y pidieron que se convoque a una medida de fuerza contra los despidos, la pérdida de poder de compra de los salarios, los cierres de empresas, el recorte sistemático de derechos.    

La actual CGT conducida por Héctor Daer y Carlos Acuña no estuvo a la altura de las circunstancias, según coinciden desde el sindicalismo opositor. No son pocos los sectores gremiales que esperan una participación más activa de la central obrera más representativa del país en la defensa de los trabajadores y en el desarrollo de un plan de lucha unificado que recupere el bienestar general de la población. En efecto, la fuerte protesta del 30 de abril realizada por el moyanismo y las CTA le marcó la cancha a la cúpula cegetista, que finalmente puso fecha al paro nacional del 29 de mayo.  

Sin embargo, al hacer una evaluación de la media del miércoles pasado, Daer reconoció en conferencia que las políticas del macrismo “fueron erosionando toda la actividad económica, la actividad productiva, trayendo consecuencias devastadoras en el tejido social” y provocaron “una caída del salario y del empleo y un aumento tremendo de la pobreza”.

La CGT y el sindicalismo opositor acortaron distancia después de la oficialización de la candidatura presidencial de Alberto Fernández, secundado por Cristina Kirchner. Igual, a la luz de lo sucedido, todavía mantienen un vuelo desparejo. La esperanza de revertir las actuales políticas de ajuste, respaldadas en recetas del prestamista Fondo Monetario Internacional, único sostén económico del macrismo, está depositada en el cambio de gobierno y ya no tanto en un cambio de rumbo, porque la alianza gobernante vino hacer lo que está haciendo.  

De no conseguir la reelección, “el mejor equipo de los últimos 50 años” dejará muchas penas y nada de gloria. Y si vuelve a ganar en las urnas frente al “fantasma populista” y triunfa el eslogan de “no volver al pasado”, que para muchos fue más venturoso que este difícil presente, profundizará un modelo de destrucción masiva de los motores productivos de la Argentina, como se evidencia en números catastróficos que arroja la actual crisis económica, castigando a grandes mayorías populares y beneficiando a sectores privilegiados.  

Según un relevamiento del Centro de Economía Política Argentina (Cepa), sólo entre enero y marzo de este año hubo un total 19.822 despidos y suspensiones, la mayoría en el sector industrial, donde los rubros más afectados son el automotriz, textil, electrónico y el alimenticio.

Desde que Macri tiró pases de baile en el balcón de la Casa Rosada, la inflación trepó 210 por ciento, se aceleraron los despidos y suspensiones, cayó el poder adquisitivo de los salarios, el consumo cayó en picada y la pobreza llegó al 32 por ciento. No hay ningún indicador económico a favor del gobierno. La crisis se palpa en la calle, en las góndolas del súper, en las boletas de luz y gas, en las puertas de fábricas y comercios, en la ciencia y en casi todos lados. “Este es el camino”, repitió más de una vez el presidente, y sonó como una ineludible invitación a marchar a contramano.

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