Con un fugaz izamiento por parte de la intendenta Mónica Fein y el gobernador Miguel Lifschitz en el Monumento, el aterrizaje del presidente Mauricio Macri en un rinconcito de la ciudad y la desbordante presentación del libro Sinceramente, de Cristina, Rosario tuvo tres actos bien diferenciados en el marco del Día de la Bandera. Los dos primeros vaciados de gente y contenido. El tercero, todo lo contrario.

Dos países claramente definidos se cristalizaron este 20 de junio en Rosario. Por la mañana, las autoridades salientes de la ciudad y la provincia realizaron el acto oficial de la ciudad en el Monumento Nacional a la Bandera. Por miedo a que se “politice”, no armaron la movida de todos los años y no cayó ni el loro. Fue la despedida más coherente. Habían arrancado pidiendo, durante los años de peronismo kirchnerista –tumultuoso y desprolijo—, que la gente deje sus identidades y estandartes de lado.

La antipolitización del Día de la Bandera, un contrasentido si se tiene en cuenta la fecha histórica y la figura de Manuel Belgrano –un apasionado de las ideas y guerrero de la independencia–, le fue imposible al Socialismo también esta última vez, y sino que le pregunten a los ex combatientes de Malvinas que se quejaron a grito pelado y ante las cámaras de TV, que transmitieron en vivo la bronca de Julio Más, uno de sus referentes locales.

Imagen: Carla Scolari

Al mediodía fue el actito de Mauricio Macri, en un club alejado, casi organizado a escondidas. Allí, como era de esperar del presidente más ignorante y antipátrico de la historia nacional, no hubo referencia ni siquiera al motivo central de la convocatoria, a la que fueron arriados niños y niñas de la zona a quienes, una vez más –como aquella vez que los invitó corear su consigna de campaña “Sí, se puede”–, les hizo fumar sus diatribas de en esta oportunidad contra Hugo y Pablo Moyano.  

Como contrapunto, en las antípodas de esas dos actividades insípidas, privadas de sentido histórico y de participación popular, la presentación de Sinceramente fue un aluvión de gente, era el subsuelo de la patria ninguneada por los oficialismos (el local, el provincial y el nacional). Laburantes con sus sindicatos, jóvenes con sus agrupaciones, sueltos y sueltas con sus gorros, banderas y vinchas con la cara de Cristina, Néstor, Perón y Evita. Merchandising y folclore peronista a full, con choripán y porrón incluidos. Pueblo brotando a borbotones de todos lados, a pata, en auto o bondi.

En la presentación “ultrapolitizada” de Cristina, sí se habló del 20 de junio, de Belgrano y el aniversario de la capitulación de Macri ante el FMI, como cuenta Laura Hintze en este El Eslabón. Ahí la referencia a las luchas por independencia y a los intereses de las mayorías sociales se hicieron visibles en la palabra de una CFK relajada, jocosa, notablemente cómoda en su nuevo rol, pero siempre amiga de las referencias históricas, sin las cuales ninguna fecha ni tiempo pueden ser comprendidos.  

Imagen: Manuel Costa

Tres actos bien distintos hubo este 20 de junio en Rosario. Los oficiales despojados de contenido y participación, el otro repleto de ambos. Dos ideas de país, dos patrias espejadas que se verán pronto en las urnas. Una concebida como una cáscara vacía, como una zona determinada geográficamente, en cualquier lugar del planeta, sin espíritu ni memoria, luchas ni conflictos. La otra entendida no sólo como un territorio delimitado sino, y fundamentalmente, en función de su pueblo. Donde la patria ES el pueblo, que ya tiene una abanderada.

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