Gustavo Longo juega al casin –ahora llamado 5 quillas– casi desde que tiene uso de razón. Hoy, después de haber vivido de eso en Italia, es uno de los referentes de este “deporte” que suma cada vez más adeptos en la ciudad.

En una fresca pero agradable tarde, un grupo de pibes de entre 13 y 14 años corretea detrás de una pelota en la canchita a cielo abierto del Club Social Zona Sud, de Maipú al 3000. Pero si algún desprevenido atraviesa una puerta lateral, accederá a un mundo desconocido en el que el tiempo parece no transcurrir, o al menos no darse por enterado de que afuera es de día. Bajo luces muy tenues, el brillo de las bolas y los tacos encandila, el sonido de las carambolas hace las veces de música de fondo, y el marco lo completan hombres, sólo hombres.

“Mi papá tenía la concesión del bar de la sala de billar del Club Provincial. La agarró en el 74 y yo me crié ahí”, dice Gustavo, desde una mesa de esta otra institución de la zona sur de nuestra ciudad. “Hice muchos deportes, y sobre todo jugaba al fútbol, pero como estaba casi todo el tiempo ahí adentro, desde los 3 años me la pasé viendo eso a lo que jugaban los mayores. Y en el 81, con 10 años, empecé a jugar, o a intentarlo en verdad”, agrega.

Ese contacto tan cercano y cotidiano con el taco y la tiza, sedujo a Longo, que sin darse cuenta se estaba enamorando para toda la vida de ese juego, al que él nombra siempre como “deporte”.

Foto: Manuel Costa

“En el 86 salí campeón Argentino de 3ª, en un torneo de 120 jugadores. Ahí arranqué en serio, y lógicamente dejé el fútbol, que era lo que me gustaba”, rememora mientras suelta el humo del cigarrillo, y añade: “Fui progresando hasta llegar a Primera, y cuando estaba en un mejor nivel me fui a Italia. Me fui con 30 años, no tan joven, aunque había tenido la oportunidad de irme antes, con otros varios argentinos que se fueron”.

Parece que Italia es la meca de las mesas de paños verdes y todas las variantes que pueden convivir sobre ellas, con o sin troneras y con más o menos bolas.

“Allá es un poco más profesional que acá, hay mucha más gente que lo juega y el nivel es un poquito más alto. Igual de acá salieron grandes jugadores como Gustavo Torresiani, que fue tres veces campeón del mundo y vivió más de 20 años en Italia, y Gustavo Cito, que se fue a los 17 años y llegó a ser el mejor”.

Longo contará más tarde que salió varias veces campeón argentino, que conquistó dos panamericanos y que llegó a dos semifinales de copas del mundo. “Estando allá progresé bastante y ahora volví a trabajar acá, en este club, con cosas relacionadas al billar, porque las cosas allá habían cambiado un poco y, sobre todo, porque tengo a mi familia acá”, indica, y señala: “Fui en 2003 y me volví definitivamente en 2015. En las salas se acostumbra tener jugadores pagos para que la gente se enganche, que la hagamos jugar con nosotros y se contagien”. 

“Hay muchísimos clubes allá y se juega en todo Italia, no es como acá que se juega en algunos lugares de Córdoba, un poco en Rosario y en algunos lugares más. Allá juega mucha gente”, remarca Gustavo, que vivió en la península gracias a su trabajo en la sala, las clases que dictaba y los premios en efectivo que cosechaba en los torneos.

Foto: Manuel Costa

“Algunos que entendieron el sistema de allá lo copiaron, y ahora acá también se está jugando mucho”, dice y detalla algunas modificaciones que se hicieron para hacer el juego más atractivo: “Se cerraron los billares, porque antes eran con hoyos, las bolas son más chicas, y en varios clubes de Argentina, como éste, se colocó la goma importada que se usa allá. Entonces el juego se hizo más vistoso y juega mucha más gente que años atrás”. 

“La semana pasada se hizo el último circuito previo al Mundial y jugaron 150 jugadores”, relata orgulloso Longo, y explica: “El circuito suma puntos para todas las categorías, para todos los torneos argentinos aparte de para ir al Mundial. Somos 16 máster, otros 16 máster nacionales, que es la categoría que le sigue, y el resto clasifican para jugar los nacionales”.

En octubre próximo será el mes del Mundial, que tendrá a los tanos como anfitriones, ya que se disputará en las salas de Pistoya, una localidad cercana a Florencia. Cuatro serán los representantes argentinos en la cita máxima, y como la clasificación aún está abierta, Longo no pierde las esperanzas de integrar esa delegación. “Del circuito que se hizo el pasado fin de semana acá entraban los dos primeros, y como el campeón del mundo (que ganó el circuito) ya va directo, yo quedé a sólo un puesto porque terminé 4º. Ahora tengo otras clasificaciones, el martes se juega una en Marcos Juárez, y después tenemos el Sudamericano. De todas maneras, si cuando se acerca el Mundial faltan puestos, se los dividen entre Europa y Sudamérica, así que hay más chances”.

Mesas que nunca preguntan

“Acá en Rosario, lugares como éste hay uno solo”, asevera este hombre que desde el 98 es fiel representante de este club, y argumenta: “Tiene 10 billares, gomas importadas, buenos paños y mucha gente jugando, aunque no todos compiten, obvio. Es un club económico y por eso viene mucha gente también. Sacando este lugar, hay un café, en la esquina de Montevideo y San Martín, en el que hay dos billares y están siempre llenos, y otro en el Club Arroyito Artigas (Artigas 564) que está cerca de la cancha de Argentino. Hay 6 billares y también bastante gente. Después estaba Gimnasia, que cerró la sala, y Provincial, que al tener una cuota societaria muy cara, va poca gente”.

“Acá hay 4 o 5 jugadores que siempre están ahí. Marcelo Della Gaspera, Walter Ingegnieri Aníbal Di Bella, César D’Ottavio. Hay muchos que, si no están al máximo nivel, están un pasito atrás”, se encarga de mencionar Longo y acota: “Yo jugué 5 mundiales: en dos llegué a semifinales, dos veces perdí en el 8, y el último que jugué perdí en el 16. Es difícil la competencia, hay mucha tensión, pero uno sabe que si llegó ahí se le puede dar”.

Foto: Manuel Costa

El sistema de los mundiales no parece estar del todo aceitado, ya que la idea original es que se jueguen cada dos años, pero “han pasado hasta 4 años sin jugarse”, según comenta el billarista, que da detalles de la organización que requiere un torneo de este tipo: “Depende de quién lo quiera hacer. Un país pide un Mundial y hay que pagar, como poniendo un depósito. Hacerlo no sale poco, hay que poner los jugadores, los premios, un viático de comida y hotel un día antes y otro después del torneo, para todos los jugadores. Tiene que laburar mucha gente”.

Si bien subraya que “el último fue en Necochea” –donde estuvo apadrinado por el legendario Néstor Gómez, “que fue uno de los mejores del mundo, muy querido en Italia, y que murió hace poco, pero por suerte llegó a jugar ese mundial”–, la chances concretas de repetir la sede en el país se desvanecieron por la Macrisis. “En Argentina se iba a hacer este que viene, pero lo frenaron por los problemas económicos que estamos atravesando a nivel país. Por esta zona, Rosario, Leone, Marcos Juárez, es donde más se juega”.

Choque esos cinco

Este juego en el que conviven en el verde paño 3 bolas (blanca y amarilla, una para cada jugador; y la roja, neutral) y 5 palitos (o quillas para los más entendidos) en el centro, tiene como objetivo conseguir antes que el rival la cantidad de puntos establecida por el torneo. Para sumar hay que derribar quillas, y la puntuación va variando según las formas: si la bola contraria voltea una o más quillas, si las derriba la bola roja, si la bola contraria toca la roja, o si la bola propia, después de chocar la contraria, toca la roja.

La modalidad de juego es un tiro cada uno, y “siempre primero le tenés que pegar a la bola del rival, de lo contrario son perdidas”, aclara Gustavo Longo, que sigue explicando: “Los palitos tienen sus valores. Uno tiene que intentar tumbarlos con la bola contraria, también se puede hacer carambola con la de uno o con la contraria”.

Foto: Manuel Costa

Tras indicar que cada sets finaliza cuando alguno de los participantes alcanza los 60 puntos, remarca que “la estrategia no es sólo tumbar los palos, sino también dejar que el otro no los tumbe”, y agrega cuestiones reglamentarias: “Si tumbás sin tocar la del otro, es vendida y el contrincante tira con la bola desde donde quiere. Vale lo mismo voltear los palitos con la roja que con la del contrario, con la diferencia que a la quilla roja pegándole con la mía, vale 4 puntos; y pegándole con la contraria, vale 3. Los palitos no cambian sus valores, los tumbes con la que los tumbes. Los blancos valen 2 cada uno, y el rojo vale 10 si cae solo, y 6 si cae con uno o más blancos. Es decir, que si uno tumba todos los palos, el rojo vale 6, más los blancos. Ahora, si uno tumba el rojo solo, vale 10”.

El experto aclara que “hacer bandas no suma” en esta disciplina, pero que “hay un torneo en Italia en el que sí tienen importancia las bandas, pero se juega con 9 palitos, y no es una competencia oficial”. También destaca la importancia del elemento fundamental: los tacos. “Son importantes, claro. Como ocurre en otros deportes, en el tenis con la raqueta por ejemplo, en el polo. Un taco sale 1.200 dólares. Con Alejandro –dice en referencia al 3 veces campeón mundial, Martinotti– estamos con la (empresa italiana) Longoni” que se dedica a fabricar los elementos del billar, como se denomina a esta gran familia integrada por el pool, el snooker, el casin y la carambola. Con ese sponsor, que les aporta la mercadería del rubro para vender en el país, “hemos podido conseguir algo para algunos jugadores de acá”, destaca Longo, y afirma que los tacos de calidad “son todos italianos”, porque “acá hay gente que fabrica, pero no son lo mismo”.

“Ahora –revela Gustavo sobre su laburo– también me dedico a hacer billares, los armamos nosotros. Es un trabajo que lo hago sin horario, y me sirve”.

No culpes a la noche

Esta modalidad del billar que llevó a Longo a los principales puestos mundiales, guarda relación –sobre todo en el imaginario popular de nuestro país– con la noche y el alcohol de los antiguos bolichones. “Yo recuerdo cuando era chico que un poco era así, la gente lo veía como algo relacionado a la noche, al alcohol. Pero ahora se ha hecho un poco más profesional”, rememora Gustavo entre las 10 mesas, todas ocupadas, que tiene la institución de la zona sur, donde no circula ni alcohol ni humo de cigarrillos. “No digo que no exista eso, porque lógicamente algunos bares lo tienen, pero a un nivel al que jugamos nosotros es totalmente distinto”.

Foto: Manuel Costa

El especialista y principal crédito local en el exterior, define al casin como un deporte: “Uno tiene que estar bastante bien físicamente para jugar, porque en la alta competencia jugas tres o cuatro partidos, y son una hora, o una y media por partido, cuando se hace difícil. Y tenes que estar bien desde lo físico para estar bien de la cabeza”.

Entre los detalles del juego en sí que lo llevaron a que le apasione, resalta que “tiene una adrenalina que es terrible, los nervios. Pero te tiene que gustar, y a mí me gusta”. Claro que mientras escalaba niveles y su jerarquía trascendía las fronteras, esto “pasó a ser un laburo, y se pone un poco más pesado”, según reconoce. “Yo vivía en Italia y estaba todos los días en la sala, y venía acá y no quería jugar, porque ya no era más solamente una diversión. Yo estoy agradecido porque no me fue mal y pude vivir de esto. No es fácil. Pero obvio que llega un momento en el que se le torna pesado, y tiene que cortar un poco, alejarse, porque está como empachado”.

Foto: Manuel Costa

Este hombre de una basta trayectoria en el deporte de los tacos, y que tiene una hija que no le da ni bola, justamente, a este deporte, señala que sí le pudo contagiar la pasión a sus amigos. “La mayoría de ellos lo juega por diversión. Porque acá no es que no llegan porque no se dedican, es al revés: no se dedican porque no llegan. Si llegás, de una forma u otra, te empezás a dedicar. Muchos que están a un buen nivel tienen otros trabajos, y en Italia tampoco todos viven de esto, algunos también tienen que hacer otras cosas”.

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