El 19 de julio se cumplen 4 décadas de una de las Revoluciones que marcaron para siempre a América Latina y al mundo. Una entrevista exclusiva de la que surge un relato descarnado, en primera persona, donde se mezclan los vivos con la memoria de los muertos.

“Mi nombre es Marcelo Leonel Pereyra Ordóñez, nací en la ciudad de León, en el barrio San Felipe. Mi familia viene de extracción proletaria, éramos siete hermanos, sólo quedamos tres. Tengo seis hijos y siete nietos. Comencé mi lucha para el año 1973, cuando yo tenía apenas unos doce años”, cuenta el hombre, que va desgranando historias de vidas, de luchas, de detenciones y muertes.

“Porque allí era como decir la muerte, el matadero. El que no hablaba, no daba información, le cortaban la cabeza, el cuerpo al mar y la cabeza allá a la tierra. Nosotros le decimos el repollal, donde tiraban las cabezas. Al tiempo salían las calaveras, y eran como repollos, por eso el repollal le decíamos nosotros”, recuerda con relación a las cárceles del dictador Somoza, uno de los preferidos de EEUU.

El pueblo nicaragüense logró expulsar a la dictadura de Somoza, luego de cuarenta y cinco años de lucha organizada a través del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN). Revolución popular protagonizada por las bases mismas de la comunidad, en una confluencia de los más amplios sectores de la sociedad nicaragüense de la época.

Hoy Nicaragua sigue estando en la mira del Imperio, junto con Cuba y Venezuela.  La juventud fue una de las protagonistas de esa construcción colectiva. Esa pasión y ese amor por Nicaragua, actualmente está atravesado por un enrarecido clima político que azota al país: crisis económica, listas negras, militantes asesinados a sangre fría, violencia y represión en las manifestaciones, atentados, edificios públicos quemados.

“Comencé a organizarme después en los movimientos estudiantiles en la secundaria, eso se llamó el MES. El MES era un escalón para llegar al Frente Estudiantil Revolucionario, movimiento cristiano que estaba dirigido por la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua. Y ahí era donde estaba el Centro Universitario de la Universidad Nacional, llamado CUN. El CUN antes estaba a dos cuadras hacia el norte pero fue quemado el año pasado por los terroristas que vinieron a este país, y nicaragüenses”, recordó Marcelo.

“Antes el CUN quedaba en la propia Universidad. Nos reuníamos para organizarnos, para hablar en las marchas y manifestaciones, y organizar a las personas en los barrios, en las fábricas, en las escuelas secundarias, primarias. Hacer tomar conciencia de qué era esa dictadura, por qué se luchaba y por qué andábamos en las calles. A veces pintando las paredes en contra de la dictadura, tirando documentos para que los leyera el pueblo, y así el pueblo tuviera más conciencia”, agregó el ex combatiente.

El militante recuerda que se llegó a un término en que la dictadura, en 1974, decía que el Frente Sandinista de Liberación Nacional ya había desaparecido. Que los grandes cuadros fundadores ya estaban muertos, que a otros los tenían prisioneros y los demás estaban huyendo a la montaña.

Pero el 27 de diciembre de 1974, contó Marcelo, se produjo una acción decisiva. Doce guerrilleros la protagonizaron: el comando “Juan José Quesada”. Fue un ataque contra la casa de un alto general de la Guardia Nacional de Somoza, José María Castillo Quant, que le estaba ofreciendo una fiesta al embajador de EEUU, Turner Shelton. Se encontraban allí, además, los embajadores de Chile, España, Inglaterra, y dos hermanos del dictador Somoza.

Shelton abandonó la fiesta con otros embajadores, pero quedaron otras grandes personalidades y los dos hermanos de Somoza.

Los guerrilleros entraron a las doce en punto disparando ráfagas. El comando Juan José Quesada tomó la casa. El general Quant murió en la acción.

Tres días estuvieron negociando con la dictadura, con el presidente y sus aliados. Llegó como mediador el Cardenal Miguel Obrandi Bravo, la Cruz Roja Internacional y otros embajadores.

El Frente Sandinista, señaló Marcelo, pedía la liberación de todos los presos políticos, la comunicación en vivo por tres días de los actos que hacía la dictadura de Somoza, de las matanzas tanto en la montaña como en la ciudad, la corrupción que había, aumento salarial para los obreros, para los soldados de Somoza, libertad de expresión. Eso salió en todos los periódicos, todos los canales de televisión, y salió por todo el mundo.

“El comando Juan José Quesada pidió cinco millones de dólares. Ahí es donde sale el actual presidente de Nicaragua, el comandante Daniel Ortega, que estaba prisionero, y lo tuvieron siete años, condenado a treinta años. A los siete años, varios compañeros salen con ese operativo y el pueblo se desborda hasta irlos a dejar al aeropuerto”, recordó Marcelo.


—¿Y usted cómo vivió ese episodio? ¿Qué recuerdos tiene?

—Yo tenía casi trece años y ya miraba que había sido un éxito rotundo ese operativo. El Frente Sandinista estaba dando a conocer que no estaba muerto, ni desaparecido, que estaba en la lucha hasta el final. El imperialismo norteamericano se dio cuenta y dijo, por medio de su embajador, que la guerrilla todavía tenía fuerza en Nicaragua. Vio al pueblo desbordarse, como le dije, al aeropuerto. Ahí el Cardenal se terminó exiliando a Cuba junto a los reos políticos. Fue un gran operativo rotundo y victorioso. El frente sandinista da a conocer su nueva etapa de lucha. No hemos dejado la lucha, estamos firmes hasta el final, junto al pueblo de Nicaragua.

—¿Cómo empezó usted a participar y a involucrarse políticamente?

—Yo participaba en las manifestaciones del 73, un grupo de estudiantes andaban “repartiendo la mosca”, unos volantes invitando al pueblo en general a hacer manifestaciones. Yo estudiaba en un colegio llamado Cardenal Calasanz, de sacerdotes católicos españoles. Ahí estudiaban ricos y pobres, pero los pobres no pagábamos, los ricos sí. Llegaron los estudiantes a repartir la mosca, no sé cómo entraron al colegio, leí ese documento pequeño y dije “voy a ir a ver qué pasa en esa marcha”. Vi que en esa marcha había bastantes estudiantes, el pueblo en general, y así comencé a participar en las marchas.

A los años, cuando ellos vieron el interés, compañeros del Frente, del movimiento cristiano, y del CUN, tomaron toda la confianza en mí y me invitaban a reuniones clandestinas para organizar las células sandinistas, ya sea como un colaborador para transportar algunas cosas para la guerrilla urbana. Y comenzaron a decirme si estaba dispuesto a morir por la causa del frente sandinista, que era la causa del pueblo. Sinceramente yo le digo, y que escuche todo el pueblo del mundo: que ayer como lo dije, y hoy como lo estoy diciendo seguiré siendo un sandinista hasta las últimas consecuencias, no importa morirme, otros me seguirán la lucha.

Después empecé a participar de las tomas de los colegios, en protestas, comencé a participar de tomas de tierras de los somocistas, en tomas de la Iglesia, en tomas de los mercados, en todo tipo de protestas. En las calles hacíamos fogatas, íbamos a organizar a los barrios, y así poco a poco fui organizándome en el Frente Sandinista. Para 1978 ya estaba organizado. Quien me organiza a mí es la compañera Arre Shu, una muchacha chinita, de apenas diecinueve años, que no era de León, era de Carazo. Ella vino a estudiar  medicina a la universidad. Ella me miraba en las manifestaciones y de repente apareció por mi casa, no sé quién le dio la dirección, me asusté al verla. “Ven, quiero platicar contigo. ¿Conoces a estos muchachos?”, “Sí”, “tráelos y vamos a conversar”. Yo fui a traer a mis amigos que vivieron siempre en la misma cuadra, y nos reunimos en el fondo del patio de mi casa. Eran tipo seis, siete de la noche, cuando ya la gente no estaba en la calle, sólo nosotros estábamos en el patio, y nos dijo “¿Están dispuestos a colaborar y a morir por la causa del Frente Sandinista?”. Todo el mundo contestó: “Sí”. Pusimos la bandera roja y negra y la bandera de Nicaragua. “Si así sea, la revolución algún día nos premie, y si alguno de ustedes traiciona la revolución, la revolución y la patria verán qué hacen con ustedes”.

Y comenzamos una lucha de guerrilla, clandestinamente ya. Recuperando dinero en los bancos, recuperando algunas armitas, medicamentos en las farmacias, cosas químicas para hacer bombas de contacto, bombas molotov. Comenzamos con una serie de operativos.

Hasta que llegamos al 10 de enero del 78, en Managua, un día como hoy se están cumpliendo cuarenta y un años, es asesinado a las seis de la mañana un gran opositor, pero burgués, Pedro Joaquín Chamorro, por unos matones a sueldo mandados por Somoza. Fue para callar las verdades de ese periodista, que denunciaba los crímenes y barbaridades que hacía Somoza. Ello escribía en su diario, por eso Somoza lo manda a matar. El pueblo se levanta entonces, pero dirigido por el Frente Sandinista.

Se comienzan a hacer grandes manifestaciones, paro general de transporte, en fábricas, en salud, en todo. Se queman propiedades de la dictadura de Somoza. Somoza comienza una gran represión, trajo los soldados de la montaña, y cuando lo miraban a uno, donde estaba lo echaban preso y todo.

—¿Tuvo la experiencia de estar preso?

—A mí me agarraron en una manifestación. Me agarraron como en el 75. Yo le dije a mi mamá que iba a hacer un mandado. “Ten calma –me dijo–, y no te vayas a meter en esas manifestaciones, que la Guardia no anda respetando a los jóvenes”. Yo le dije que no andaba en eso. Yo sinceramente andaba en eso, pero nuestras familias no sabían completamente que andábamos con el Frente Sandinista en las manifestaciones. Fui capturado, no sólo yo, éramos como cuarenta muchachos, varones y mujeres. Nos llevan a las prisiones, comienzan a interrogarnos, nos torturan, nos ponen electricidad, a otro le sacan las uñas, los dientes, le ponían la electricidad en pilas de agua, de los pies los colgaban. Y al que no decía nada, se lo llevaban a una fortaleza que se llamaba el Fortín de Acosasco, que está a siete kilómetros de la ciudad de León, una prisión de Somoza. El que iba allí no regresaba, era raro el que regresaba. Una experiencia bien dura, que no quiero volver a vivir, ni mis hijos ni mis nietos, que vivan eso, porque eso es duro. No nos daban de comer, no les importaba si estábamos resquebrajados, bien torturados, te sacaban en la noche, en la madrugada, y ellos nada, lo que querían era información de nuestros dirigentes, dónde estaban, qué casa, qué barrio. Pero nosotros nunca dijimos nada.

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