Ahí los tenés. Peña Braun y Blaquier. Eso son, nada más que eso. Ah, sí, y un monigote.

Por un lado, un Peña Braun presidiendo el país detrás de un mediopelesco monigote arribista. Tal cual Martínez de Hoz haciéndolo detrás de un envarado sicario de uniforme, tan rígido y hueco como un caño, y al que se conocía como “El Caño”, justamente (otros, más crueles, le decían “El Cadete”).

Por otro lado, un Blaquier preso por intento de fraude electoral, que trata de destruir un telegrama al grito de “Esto no pasó”. Como cualquier gran patrón salteño, de látigo y capanga, de esos que desangraron por décadas a la indiada en los cañaverales, usaban los bebés de la peonada o de la indiada para que los mosquitos los picaran mientras ellos dormían. Mosquitos que transmitían el paludismo, eh. Y, también, regalaban chinitas de solaz a los mediocres poetas franceses que llevaban de visita a sus estancias, como hacía Güiraldes con Valéry Larbaud.

El monigote de hoy, como el de hace 40 años un detestable pobre tipo, no puede sacarse al garca de encima. Ni quiere.

El monigote es Mauricio, uno que tiene linaje semimafioso por vía paterna y porta falsas credenciales de oligarca tandilero por la materna. Sí, porque los Blanco Villegas no hacen un apellido ni sumando dos. Para la oligarquía en serio no dejarán de ser jamás los almaceneros de campo y usureros que fueron cuando iniciaron sus actividades en la zona de Tandil.

El monigote, que sabe eso porque se lo hicieron sentir siempre, necesita entonces a su lado un garca de verdad para que le diga qué tiene que hacer, para sentir que «pertenece» a una clase que lo desprecia. Jamás dejará partir a Peña Braun, que con dos apellidos hace cuatro.

La dupla Braun Blaquier (familias emparentadas casi hasta la endogamia perniciosa) es el mascarón de proa del Pro, el superyó inconciente de la horda de arribistas que integran su plana mayor. Y también son el pináculo de la infamia oligárquica.

Enriquecidos en la década de 1890, ambos clanes ni siquiera cargan sobre el lomo haber participado (aunque más no sea del lado malo) de nuestras guerras civiles.

Son el más alto ejemplo de esa subcasta oligárquica de factores rioplatenses del imperio británico que se abalanzaron sobre las últimas tierras disponibles a fines del siglo XIX: las del extremo norte y las del extremo sur. (En el nordeste, donde también hubo tierras disponibles, La Forestal ni siquiera tenía oligarcas, era el imperio en su más cruda extraterritorialidad. Tenían una guardia armada propia, y el Ejército apenas si se metía en sus dominios. No demasiado distinto al caso de la Gendarmería y el freezer de los Benneton hoy.)

Los Braun y los Blaquier llegaron con el país ya armado gracias a la federalización de Buenos Aires en 1880, cuando puso fin a setenta años de guerra civil intermitente gracias a que aplastó bajo todo el peso del Ejército Nacional a la base de operaciones del partido mitrista.

No tienen en su interior, salvo escasísimas y –eso sí– muy honrosas excepciones, un átomo de argentinidad profunda reconocible, como los que sí pueden aparecer en otras familias oligárquicas, ellas sí inextricablemente enlazadas con la historia del país (lo amen o lo odien, lo defiendan o lo entreguen, eso es otro tema: los Pinedo son un ejemplo).

Los Braun Blaquier portan en la médula ósea al Imperio Británico en su momento de máximo esplendor. Y piensan en automático, según toda la ideología anglófila, racista, librecambista, timbera, primarizante, bruta, codiciosa, rentista, elitista, antiindustrial y meteca de ese instante de fulgor final de la máquina más formidable de opresión de los pueblos que jamás haya visto la historia humana.

Expresan entre nosotros el ímpetu de Cecil Rhodes, ése que en Sudáfrica sentó las bases del apartheid y atrapó a Zimbabwe en las garras de los escorbúticos forajidos que despojaron de sus mejores tierras a los habitantes de ese país.

Al igual que esos pares del otro lado del océano, son totalmente ajenos al país que desangran.

Ahora se ve.

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