Mantené los 2 metros de distanciamiento - Provincia de Santa Fe

 

El joven B. era auxiliar administrativo en una de las oficinas del palacio de gobierno de aquel país lejano.

Había llegado a ese lugar después de pasar por innumerables pruebas técnicas y profesionales, que le permitían a la burocracia que allí reinaba disponer de manera ciertamente arbitraria –por no decir caprichosa– del destino de todos y cada uno de los funcionarios.

Tenaz, el joven B. había sorteado con éxito esas evaluaciones, realizadas muchas veces de manera capciosa y artera. Había debido dar cuenta no sólo de sus conocimientos de gramática, mecanografía, contabilidad, geografía e historia nacional, sino además de sus gustos y preferencias personales, puesto que le habían preguntado por su identidad futbolística, sus relaciones familiares y –desde luego– por su ideología política.

Ladino, como todos los hombres nacidos en esa tierra, el joven B. se había explayado a lo largo de una serie de lugares comunes, que antes que revelar los meandros más recónditos de su conciencia, daban cuenta de una imagen estereotipada que satisfacía a sus evaluadores.

Así había conseguido ese puesto que le resultaba fundamental, puesto que gracias a él podía vivir, e incluso mantener a sus ancianos padres.

Pero las cosas nunca le resultaban sencillas. Debía cuidar lo que decía, celando de no manifestar opiniones que pudieran contradecir lo que sus superiores esperaban que siempre dijera. Ello lo había convertido en un hombre rutinario y previsible, que actuaba casi como una marioneta movida por sus mandantes.

El joven B. era, por ello, una persona disociada, que debía mostrar en público y en su trabajo una imagen que no se correspondía con su personalidad verdadera. En privado, en el ámbito recoleto de su hogar –a salvo de las inquisidoras miradas y escuchas de sus superiores– se permitía entregarse a la lectura de textos literarios y filosóficos, que constituían una de sus pocas pasiones, si no la única.

Por las noches, alejado del molesto bullicio del palacio presidencial, y acunado por un silencio que liberaba a su imaginación y su fantasía, frecuentaba la obra del gran escritor nacional, siempre nombrado –sin ser por ello leído– por el funcionariado del que formaba parte.

Actualmente se encontraba sumido en un tema que le atraía notoriamente: el de la metempsicosis, de la que ese autor venerado daba constantes pruebas de existencia. De todos los escritos donde esa cuestión se planteaba se había detenido en uno llamado El Inmortal, que le parecía particularmente significativo. En él, el gran autor relataba, de manera rigurosa y fascinante, la larga transmigración practicada por el alma de Homero hasta encarnarse, en pleno siglo XX, en un anticuario llamado Joseph Carthaphilus.

Entregado a esa lectura, el joven B. no podía dejar de pensar que muchos hombres debían haber experimentado, en todas las épocas, ese fenómeno inaudito y auténtico. Más de una vez imaginó que él mismo podía ser la reencarnación del alma de otro, pero sus hábitos impostados, su vida mediocre y sumisa, se le antojaban poco propicios para ser merecedor de esa extraordinaria experiencia.

Solamente una persona destacada, alguien que se halla por sobre el nivel de lo meramente normal, pensaba, podía experimentar la metempsicosis. Eso le hizo reparar en el Presidente, del que nada sabía y con el que ningún trato tenía, como era lógico. Pese a ello, intuía que su condición excepcional respecto de lo humano, en su acepción más lata, le debía haber permitido acceder a esa dimensión fabulosa.

Se dedicó entonces a investigar de qué otro, u otros, el Presidente podía ser la reencarnación presente. Pensó en Cristo, pensó en Mahatma Ghandi, por tratarse de líderes que habían conducido a sus seguidores por un camino de grandeza. Sin embargo, algo del Presidente, de sus hechos, sus dichos y sus posiciones, le indicaba que su alma no podía ser la de esas inmensas figuras del humanismo universal. Pensó entonces en los líderes políticos contemporáneos que se destacaron por su autoridad y su don de mando, como Stalin, Hitler, o Pol Pot. Tampoco en este caso encontró afinidades que permitieran suponer que el Presidente fuese la reencarnación de sus almas.

La dificultad de la búsqueda, más de una vez, lo llevó a sentir que debía desistir de esa empresa. Pero al día siguiente, cuando iba a trabajar al palacio presidencial, y observaba como un testigo distante y silente los actos, los pronunciamientos y hasta los gestos ostensivos cuando no estentóreos del Presidente, sentía por el contrario que su búsqueda tenía sentido, porque ese hombre no podía no ser la reencarnación de un otro, que le daba vida.

Decidió entonces cambiar de método para su ejecutar su tarea. Habiendo comprobado que no era posible encontrar en esas figuras destacadas de la Humanidad el origen del alma actual del Presidente, se puso a pensar en otra clase de personajes. Pensó en personajes sórdidos, como Rasputín, en personajes que hacían de la traición su fe, como Judas o Bruto. Esa búsqueda tampoco le satisfizo.

Hasta que recordó otro autor del que gustaba leer, casi tanto como del gran escritor nacional. Ese otro escritor había sido un hombre modesto, dedicado a trabajos menores en relación con los quehaceres propios de un literato, que había sufrido un final trágico, acaso más que las innumerables tragedias que supo narrar con maestría.

De ese autor había leído, tiempo atrás, un cuento maravilloso, llamado Esa Mujer. En ese cuento se narraba el secuestro de un cadáver, el de la esposa de otro presidente que supo ocupar el mismo lugar que ocupaba este Presidente para el cual trabajaba. La trama, no por siniestra, dejaba de ser impactante.

Pero lo que ahora se le aparecía ante sus ojos, sumidos en la tenue luminosidad de su aposento donde leía echado en una cama pequeña rodeada por pilas de libros, no era la figura de ese cadáver, sino la de su captor.

Ese personaje, un oficial del Ejército Nacional que tanto respetaban y honraban en el funcionariado del que formaba parte, había terminado alienado por la contemplación de aquel cuerpo vejado y apropiado de la peor manera.

Por ello, movido por el delirio que le había provocado la presencia de ese cadáver tan odiado como temido, exclamaba, con desesperación, con angustia, con frenesí: “Es mía. Esa mujer es mía”.

El joven B. recordó esa escena y comprendió que había llegado al final de su búsqueda. Se dijo que si se sustituía el cadáver por aquello que ese cuerpo inerte representaba –la propia patria–, lo que hacía ahora el Presidente cuando, como hoy, se exaltaba, no era más que repetir ese rol, ese temor, esa furia, por una razón muy evidente: en él se había reencarnado no un personaje mayor de la Historia, sino uno menor. Un miserable asesino, un pusilánime con poder, un rastrero verdugo del que nadie podría acordarse, de no mediar la palabra magnífica de un escritor que logró inmortalizarlo, a pesar de su nombre. Que, traducido, no era otro que “rey de la ciénaga”.

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