Sobrevivientes de varias dictaduras, ex presas y presos políticos, referentes históricos del movimiento de derechos humanos, luchadores de ayer y de siempre, junto a militantes de las nuevas generaciones, se convocaron el jueves pasado en La Toma para recordar a las víctimas de la masacre de Trelew, perpetrada el 22 de agosto 1972, en la que murieron 16 combatientes de las FAR, el PRT-ERP y Montoneros. “Presentes”, fue el grito que se volvió a escuchar una vez más, como hace 47 años atrás.

Con una muestra de fotos, volantes y recortes de diarios amarillos por el paso del tiempo, registros de otras conmemoraciones, videos y testimonios de protagonistas, Rosario no dejó pasar la fecha en la que se recuerda a las y los militantes de las distintas organizaciones políticas guerrilleras de los sesenta y setenta que fueron víctimas de los fusilamientos ejecutados tras el intento de fuga fallido del penal de Rawson, en el que sólo un pequeño grupo de seis dirigentes logró evadirse a Chile.

El homenaje estuvo convocado por familiares y organizaciones de derechos humanos de Rosario y congregó a una multitud que copó el centro cultural de Tucumán al 1300 para “demostrar que las compañeras y los compañeros viven en la memoria de quienes pelean por un mundo mejor” y “que la sangre derramada no será olvidada”, como dijo un veterano de mil luchas presente en el lugar.

En el acto se proyectó una entrevista filmada tiempo atrás, en la que Jorge Marcos (ex militante del PRT-ERP) reconstruyó los hechos que culminaron con la masacre. Con lujo de detalles, el sobreviviente recordó los preparativos previos a la frustrada fuga del Penal de Rawson, que lo tendrían como uno de los protagonista del apoyo externo.

Entre quienes tomaron el micrófono en La Toma, se escuchó la palabra del profesor Manuel Navarro, ex militante del Comando Che Guevara, preso político en Rawson al momento del plan de evasión, y uno de los que se quedó en el lugar sin poder salir debido al fracaso del proyecto inicial, que implicaba una fuga masiva de detenidas y detenidos políticos. Navarro destacó la unidad que se logró construir desde las distintas organizaciones guerrilleras para coordinar el escape.  

En la actividad se reivindicó varias veces la coordinación que se dio entre dirigentes de las diferentes organizaciones en las que participaban los presos y presas políticas de Rawson, y cómo militantes peronistas y de distintas expresiones de izquierda aunaron esfuerzos para escapar del encierro sureño al que los había conminado la dictadura de Agustín Lanusse en el marco de la represión al proceso de ebullición social que vivía el país desde mediados de los sesenta. 

Las y los militantes asesinados fueron Alejandro Ulla (PRT-ERP), Alfredo Kohan (FAR), Ana María Villarreal de Santucho (PRT-ERP), Carlos Alberto del Rey (PRT-ERP), Carlos Astudillo (FAR), Clarisa Lea Place (PRT-ERP), Eduardo Capello (PRT-ERP), Humberto Suárez (PRT-ERP), Humberto Toschi (PRT-ERP), José Ricardo Mena (PRT-ERP), María Angélica Sabelli (FAR), Mariano Pujadas (Montoneros), Mario Emilio Delfino (PRT-ERP), Miguel Ángel Polti (PRT-ERP), Rubén Pedro Bonnet (PRT-ERP), Susana Lesgart (Montoneros).

El escape

La fuga comenzó la tarde del 15 de agosto con la toma interna del Penal, pero por un error de interpretación de quien estaba al frente de la logística externa, los camiones preparados para el escape masivo se retiraron del sitio. Ante eso sólo un primer grupo de vanguardia logra salir (seis dirigentes) y luego un segundo, con 19 militantes más, alcanza a llegar a la Base Aeronaval Almirante Zar de Trelew, pero ya tarde para subir al avión que arribará a Chile.

Tras haber tomado el aeropuerto y dar una conferencia de prensa, los 19 guerrilleros se entregaron a las Fuerzas Armadas que habían  copado las instalaciones.

Finalmente, la madrugada del 22 de agosto, en la misma Base Aeronaval, los 19 detenidos fueron sacados de sus celdas y mientras eran obligados a formar fueron ametrallados indefensos.

Los que sí pudieron escapar fueron Enrique Gorriarán Merlo, Mario Roberto Santucho (asesinado y desaparecido el 19 julio de 1976) y Domingo Menna (también asesinado el 19 julio de 1976) del ERP; Marcos Osatinsky de las FAR (asesinado el 21 de agosto de 1975); Roberto Quieto (secuestrado y desaparecido el 28 de diciembre de 1975) y Fernando Vaca Narvaja de Montoneros.

De las 19 víctimas del fusilamiento hubo tres sobrevivientes. Alberto Miguel Camps (FAR – muerto en 1977), María Antonia Berger (FAR – desaparecida en 1979) y Ricardo René Haidar (Montoneros – desaparecido en 1982), que pudieron relatar los hechos al escritor y militante (también desaparecido) Francisco Paco Urondo, quien los inmortalizó en el libro La Patria Fusilada.

A pesar de haber sido frustrada desde la perspectiva de su objetivo primigenio, la fuga constituyó en ese momento un golpe durísimo para las Fuerzas Armadas, que meses después se retiraban del gobierno –aunque no por mucho tiempo– con el llamado a elecciones, el triunfo de Héctor Cámpora y el retorno de Perón al país. 

El 15 de octubre de 2012, un Tribunal Federal de Comodoro Rivadavia condenó con la pena de prisión perpetua a los oficiales Emilio Del Real, Luis Sosa y Carlos Marandino como autores de 16 homicidios y tres tentativas de asesinato, y declaró a los crímenes cometidos como delitos de “lesa humanidad”.

Relato en primera persona: Una fusilada que vive

“Cuando empiezan a disparar, yo veo al gordo ese que nos había estado cuidando, el suboficial, el de Rosario. Veo que está disparando y simultáneamente me siento herida, no me doy cuenta dónde, siento como una quemazón, pero ni dolor ni nada. Mi primera reacción es meterme dentro de la celda. En ese momento la veo a la Sayo, ahí delante de la puerta, aparentemente muerta, ahí me doy cuenta de que realmente es seria la cosa. Porque por un momento, al principio, pensé que nos tiraban a las piernas, es decir, no me daba cuenta de la situación, me costaba creerlo. Apenas entro yo, entra la petisa agarrándome el brazo y diciendo: “Estos hijos de puta me dieron”. Entonces le digo: “Tirate al piso”, y yo hice lo mismo. Trato de ver qué es lo que me pasa a mí y veo que tengo un agujero acá, en el estómago, me acuerdo que tenía un pantalón oscuro y un pullover rojo, era más serio de lo que yo creía, porque no sentía ningún dolor, ni me sangraba, ni nada. Y simultáneamente comienzo a oír como un estertor de la petisa: empieza a roncar muy fuerte y a dar quejidos al mismo tiempo. Esa es la parte más fiera, unos ayes de dolor horribles, como vos decías. Y simultáneamente empiezo a escuchar tiros aislados que empiezan de adelante hacia atrás. Me doy cuenta de que están dando los tiros de gracia. Ahí me pongo a pensar: “Bueno, aquí me llegó la última hora”, y me pongo a pensar en mi familia. En ese momento se piensan muchísimas cosas: me acuerdo que pensé en mi familia, en mi compañero, pensé en mi compañero. En hechos lindos, en mi vida, pero no sé, yo quería pensar mucho en un corto tiempo, pero los terminé de pensar enseguida y los tiros no llegaban, es decir, no me llegaban a mí. Ahí me entró un poco de impaciencia. Estaba esperando que me mataran de una vez por todas. Porque uno piensa: “Bueno, ya que me matan, que me maten de una vez por todas”. Ahí es cuando escucho que uno, pienso que era el petiso Ulla, por el lugar de la voz, decía: “Hijo de puta”; y otro que decía –creo que era uno de los tucumanos– : “Ay, mamita querida”. Después veo que llega a la puerta uno vestido de azul, yo también me hacía la muerta. Ahora, a esta altura, era lo único que se me ocurría. No me acuerdo si alcanzó a tirar antes un tiro a la petisa, lo que sí me acuerdo es que levanta la mano y me apunta con bastante cuidado; yo lo miro entre ojos, yo estoy tirada así sobre el hombro, y con cuidado me tira. Siento como un estallido espantoso en la cabeza, como si tuviera una bomba, pero para gran sorpresa no fui muerta. Me cuesta creer que estoy viva. Siento acá un gran hematoma y que estoy sangrando mucho, pero no pierdo el conocimiento. Sigo escuchando balazos basta que, en un determinado momento terminan; a esa altura yo pienso que ya me queda poco. El tiempo que pasa no lo puedo controlar mucho. Después escucho que hacen toda una orquestación diciendo: “Bueno, vos tenías una metra y Pujadas intentó quitártela”, haciendo como un armado de la cosa, eso escucho por un lado. Al rato viene un enfermero, viene y entra a la celda y me da vuelta, me mira la cabeza, me toma el pulso y dice: “No, está viva, sólo le interesó la mandíbula, pero se está desangrando”, y se va. Viene dos veces más Bravo a la puerta, con un jadeo totalmente nervioso, y muy preocupado por que no me moría, porque decía: “Pero esta hija de puta no se muere, cuánto tarda en desangrarse”. Y yo, cada vez que aparecía alguno en la puerta, juntaba sangre en la boca y la escupía para hacer parecer que me estaba desangrando, pese a que ya se me había parado mucho la hemorragia”.

Testimonio de María Antonia Berger (1942-1979, FAR-Montoneros), brindado a Francisco “Paco” Urondo para su libro La Patria Fusilada. Berger fue una licenciada en sociología y una de las tres personas que sobrevivieron a la Masacre de Trelew, a pesar de haber sido fusilada y rematada (según creyó su perpetrador) en el piso. Tras su liberación con el gobierno de Héctor Cámpora, María Antonia siguió militando, fue secuestrada y desaparecida a mediados de 1979.

 

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