Su figura no podía pasar desapercibida: tenía una pierna más corta que la otra, y por eso usaba unos zapatos ortopédicos con plataforma alta, que le permitían mantener el equilibrio, aunque al precio de una notoria intromisión en lo que podría llamarse su perfil, o su imagen.

Robusto, usaba barba amplia y cabellos más bien cortos, tupidos los unos y la otra. Y unos anteojos sostenidos por un marco metálico delgado, propios de un intelectual, que lo era.

Poseía un carácter jovial, y nada de lo que ocurría en el mundo, o le ocurría a él, le hacía perder ese humor campechano, o esa ironía concomitante, que le daban un aire de criollo con experiencia, y sabio.

Pero no era criollo. Nacido en una familia de clase media, había cursado estudios universitarios, para viajar posteriormente a Estados Unidos, donde se especializó en lingüística estudiando nada menos que con Noam Chomsky.

Sin embargo, no perseguía un saber puramente teórico, como tantos académicos de entonces y de ahora. Se proponía, por el contrario, hacer de la ciencia un conocimiento capaz de operar sobre realidades bien concretas, para explicarlas y sobre todo comprenderlas.

Dentro de esas realidades, necesariamente próximas o cercanas, se ocupó puntualmente de ciertas culturas aborígenes –u originarias, como se diría actualmente– para estudiar específicamente sus lenguas. Se dedicó, así, a las lenguas de comunidades situadas en el norte de nuestro país, pertenecientes a la familia de los guaraníes, y de comunidades situadas en el sur, perteneciente a la etnia araucana.

Para ello, pasaba largas temporadas realizando trabajos de campo. Esas incursiones tenían algo de deportivo para él, un poco a la manera de quien se va de camping. No queremos decir con esto que esas tareas carecieran del rigor científico que necesariamente suponen, sino que él las asumía con un gozo, con un disfrute, que excedía largamente lo meramente académico o profesional.

Porque ése era su modo de accionar como científico, como etno-lingüista. El trabajo, para él, no podía ser algo diferente de lo que era su propia vida, siempre pródiga en encuentros, en coloquios extra-cátedra que transitaban la noche –rodeado por amigos tan fieles como incondicionales– en algunos bodegones que frecuentaba gustoso.

Había algo de hedonismo en esas costumbres, pero en todo caso de un hedonismo saludable y bienaventurado, que le permitía saborear todas las cosas –trabajo, amigos, vida universitaria– de la mejor manera posible.

Alguna vez pensé si, detrás de ese alegre estar en la vida y el mundo, no se escondía alguna faceta más bien trágica. Recuerdo que en una oportunidad me contó que, de joven, y sobrellevando las secuelas de la enfermedad que le atrofiara la pierna, solía visitar de noche cementerios. No fue más que eso, y no abundó en detalles, pero esa rememoración me hizo pensar que acaso una veta melancólica, un sentido antes que humorístico, trágico, de la vida, podían anidar en ese corazón que, de todos modos, diariamente se templaba en su quehacer de sabio fecundo y amoroso.

Fue mi profesor en aquellos años setenta, donde la universidad estaba absolutamente convulsionada por los aires libertarios generados por el mayo parisino y el mayo cordobés simultáneamente. Me invitó a participar de grupos de estudio que dirigía, y a partir de ello se fue tramando una amistad que nunca habría de decaer.

Sobrevino luego el tiempo del terror, que sobrellevamos como pudimos todos, hasta que, hacia el fin de ese período siniestro de nuestra Historia, pudimos retomar nuestras actividades académicas.

Después de Malvinas, muchos que habíamos sido estudiantes y docentes jóvenes, y otros que habían sido nuestros profesores, convergimos en una institución que él, junto con otros profesores mayores estaban promoviendo, a la que llamaron Círculo de Lingüística, Semiótica y Formalismos.

Hacia fines del período dictatorial se realizó una reunión, a la que concurrieron muchas personas, para realizar el acto fundacional de esa entidad, a la que pensábamos como una institución civil capaz de aglutinar esfuerzos, voluntades y proyectos de quienes ansiábamos seguir trabajando en pos de una cultura democrática, nacional, y al servicio de las grandes mayorías.

Se había redactado un estatuto que debía ser aprobado en ese momento, y se debía elegir la comisión directiva que asumiría la conducción del flamante centro de estudios. Pero, para sorpresa de todos, ese orden del día quedó imprevistamente alterado cuando él propuso una moción, la de elegir además un presidente honorario.

Se aceptó la moción imprevista, por lo que se le preguntó quién era la persona propuesta, suponiendo muchos o imaginando que se trataría de alguna venerable figura de las ciencias sociales o las humanidades. Pero no se trataba de eso, sino de un cacique toba, residente en un barrio donde vivía su comunidad en Rosario, que oficiaba como su informante en materia lingüística.

Más allá de alguna leve vacilación, o de algún momento de duda, rápidamente la moción fue aprobada, porque en el ánimo de aquella asamblea quedaba claro lo que perseguía, que era honrar, antes que a un científico o a un académico prominente, a un líder de las comunidades aborígenes, que eran el objeto de sus investigaciones científicas.

Con ese gesto, no sólo se estaba honrando a esos compatriotas ignorados por la cultura dominante, sino que además se estaba practicando una real subversión de los valores y principios que históricamente han guiado las prácticas académicas. Se nos estaba diciendo, a nosotros mismos en primer lugar, pero en segundo término a toda la comunidad universitaria, e incluso a toda la sociedad que la sostiene, que existían otras culturas y otros saberes, tan dignos, tan nobles y tan valiosos como nuestra propia cultura y nuestros propios conocimientos, que debían ser reconocidos y valorados de igual manera que el acervo propio.

Así fue cómo el Círculo de Lingüística, Semiótica y Formalismos de Rosario tuvo a un cacique toba como presidente honorario. Ello fue posible porque allí estaba él, el amigo entrañable, el intelectual comprometido, el académico que nunca olvidaba cuál era su lugar en el mundo. Se llamaba, quiero recordarlo, Germán Fernández Guizetti.

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