Se les ve muy felices de estar en la calle, de ser protagonistas, de reclamar lo que les corresponde. Expresan su preocupación por el presente económico de sus familias y sus docentes, los sueldos que no alcanzan, lo caro del transporte, las escuelas sin gas. Con sus pelos de colores, sus pañuelos verdes, las pibas van bien al frente. Los pibes no se quedan atrás. Tienen memoria, llevan pancartas con rostros de adolescentes que fueron víctimas del terrorismo de Estado durante la denominada “Noche de los Lápices”, hace exactamente 43 años, un 16 de septiembre pero de 1976. Exigen presupuesto para la Educación pública y juicio a castigo para todos los genocidas. 

La tarde, casi primaveral –la movilización comienza pasadas las 18–, se presenta ideal para darle con ganas al bombo y al redoblante. Hay mucha musculosa y ropa suelta. A la cabeza de la manifestación, en alto, una bandera dice “Federación Secundarios de Rosario”. Abajo, de barredora, otra asegura que “los lápices siguen escribiendo, en las calles y en las urnas”. 

En la esquina de Moreno y San Lorenzo, donde arranca la marcha, una ex militante de la Unión de Estudiantes Secundarios (UES) de los setenta se emociona al ver pasar la multitud. Después se abraza y entrevera con otros veteranos ex presos políticos y sobrevivientes de la última dictadura cívico militar, que acompañan la movida desde la retaguardia.

Tras la enorme columna de centros de estudiantes secundarios, viene otra grande del sector universitario. Atrás le siguen las organizaciones de derechos humanos, los sindicatos, los movimientos sociales y por último los partidos políticos. Hay de todos los sectores menos uno: el de la oficialista Alianza Cambiemos.

La movilización es ruidosa y colorida. Y bien politizada. La pibada entona consignas de ayer y de hoy. Canciones que piden cárcel para los milicos o que pegan duro a Mauricio Macri. Hay mucho dibujo del pañuelo de las Madres en remeras y trapos varios. 

A lo largo de la marcha, estudiantes de teatro y danza realizan diversas intervenciones artísticas. Frente a la Catedral, en Córdoba y Buenos Aires, un pelotón de fusilamiento apunta contra un grupo estudiantes. Todos apoyan sus manos contra la pared de la Iglesia. Alguien da la orden y el batallón militar, que acaba de ser bendecido por un sacerdote, hace tronar sus armas, de madera. Las víctimas, con sus guardapolvos blancos, caen. Al toque resucitan y se repite el número.

La jornada es densa desde el punto de ideológico. Ese tono se expresa en las demandas propias del movimiento estudiantil, pero también en las reivindicaciones de sindicatos, organizaciones sociales, el movimiento de mujeres y las organizaciones de derechos humanos contenidas en el documento que se lee desde el escenario, montado frente al Monumento Nacional a la Bandera. 

El discurso tiene un fuerte anclaje histórico. “A 43 años, los lápices siguen escribiendo en las calles en Defensa de la Educación Pública. A 50 años de los Rosariazos seguimos levantando las banderas de la unidad obrera estudiantil para enfrentar el ajuste”, abre el texto. 

El documento recuerda que aquella generación luchaba “por una sociedad más justa, libre e igualitaria”. “Militaban por transformar la realidad, también contra una dictadura que retomó la políticas de entrega y explotación iniciadas el 16 de septiembre de 1955, bautizada por el pueblo como «Revolución Fusiladora»”, subraya. 

El contenido es muy crítico con el gobierno de Mauricio Macri. “Hoy vivimos como pueblo momentos difíciles. No solo en Argentina, en todo América Latina se vive una avanzada de proyectos neoliberales que buscan doblegarnos, buscan derrotar a los sectores populares”, destaca. Y añade: “La persecución política a les luchadores sociales tiene como claro ejemplo a Milagro Sala, presa política de este gobierno, y a diferentes líderes políticos en Argentina y América Latina”.

“Nosotres –continúa el texto leído así, con “e”– respondemos con más organización, en cada escuela, facultad e instituto y en las calles. Como pudimos ver el año pasado, la unidad y la organización de estudiantes, docentes y no docentes y trabajadores llevó a que ganemos las calles en el marco del paro nacional en pedido de mejora salarial y más presupuesto. Porque sin educación pública no hay futuro”.

“El mejor homenaje para les compañeres de La Noche de los Lápices y a cincuenta años del Rosariazo es continuar la lucha conjunta entre estudiantes y trabajadores contra las políticas del hambre y el terror. Los llevamos con alegría, con fuerza, convencidos de que si el presente es de lucha el futuro es nuestro”, plantea hacia el final el documento. Y cierra: “Francisco López Montaner, María Claudia Falcone, Claudio De Acha, Horacio Ángel Ungaro, Daniel Alberto Racero, María Clara Ciocchini: presentes”.

Tras el discurso, la pibada se relaja. Pero la cosa no termina ahí, ahora vienen las bandas de música. Los más viejos emprenden la retirada. Los pibes y las pibas se sientan sobre el césped, en ronda, y comparten un mate o una cerveza. 

“Sepan que la Revolución Libertadora se hizo para que el hijo del barrendero muera barrendero”, había dicho el contraalmirante Arturo Rial sobre el golpe de Estado del 16 de septiembre de 1955 que derrocó a Juan Perón. Si el milico gorila viera esta movilización… Son miles, desparramados por todo el parque. Es un despelote de gente, de militantes, de jóvenes peronistas, de izquierda, feministas, progresistas, “independientes”. Pero está todo organizado. Son los nietos y las nietas de los barrenderos que no pudieron desaparecer. 

Fueron hijos e hijas de barrenderos, entre otros y otras, quienes trajeron a Perón tras 18 años de exilio y abrazaron la lucha por la justicia social. Aunque poco después, a partir del golpe del 24 de marzo de 1976, aquella generación sufriera secuestros, torturas y desapariciones, como en La Noche de los Lápices del 16 septiembre de ese mismo ’76.

Hoy cientos de miles de pibes, en Rosario y en todo el país, con viejas y nuevas consignas, copan calles y plazas en defensa de la Educación pública, en memoria de quienes ya no están, para seguir la lucha por una patria donde los hijos y las hijas de los barrenderos, y de cualquier laburante, sean lo que sueñen ser. Si Rial los viera se muere muerto.

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