Yo no sé, no. Pedro se acordaba que cuando se acercaba el 21 de septiembre, el picnic era medio obligatorio porque lo organizaba la maestra, y si bien era piola, nos faltaba algo. Más cuando ya estábamos en tercero, que ya se nos daba por “arrimarnos”, al peligro o a lo prohibido. Veníamos de ser unos expertos en otras arrimaditas, las de las figu o en la boli. Fue así que en vísperas del Día de la Primavera, caminando por la vereda del club La Palmera, sentimos una voz de mujer diciendo “¡qué buena arrimadita!”. Y aunque todavía andábamos con figus en los bolsillos, pensamos más con las hormonas que con el cerebro. Cuando espiamos vimos a unas pibas medio de contrabando jugando a las bochas, lo que nos parecía un deporte exclusivo de varones, y para nuestro asombro arrimaban lindo.

Con Pedro pensamos que estaría bueno que ese club, ya que organizaba bailes para los carnavales, podía organizar un picnic y así los más pibes nos íbamos arrimando más.

Al año, maso, vimos a dos de la pibas que aquella tarde jugaban clandestinamente a las bochas, y Pedro no tuvo mejor idea que decirle, como propuesta. “¿no les gustaría arrimarse con nosotros?”. Una se puso colorada pero la otra contestó –o por lo menos eso pareció– con una sonrisa. Comenzaba para nosotros otra clase de arrime.

Años más tarde, en la secundaria nos habíamos arrimado tanto a proyectos colectivos que ya estábamos adentro. Y los picnic eran un buen motivo para invitar a arrimarse al centro de estudiantes, así que con la militancia nos arrimamos y nos juntamos en distintos territorios: en el Parque Independencia (nunca lo nombramos “de la Independencia” ), en el Urquiza, en Zavalla o cerca de Fisherton, o en el querido Parque Alem.

Ya casi todos trabajábamos en algo o teníamos algún rebusque los fines de semana, como en mi caso y el de Pedro que atendíamos una verdulería y con eso arrimábamos para que nos alcance para la salida y alguna pilchita. Y los viejos de uno, como los vecinos del barrio, con las horas extras o el aguinaldo se iban arrimando a la moto o a un usado, o a cambiar el techo. Y cada dos findes nos arrimábamos al cine, al teatro o a las pizzerías de avenida Pellegrini.

Que barbaros son estos, me dice Pedro, los que nos gobiernan, que nos alejan de todo aquello con lo que nos íbamos arrimando, un buen laburo, gozar de vacaciones, de buena salud y educación pública. Nos íbamos arrimando al manejo de la tecnología, como los países más avanzados, y lo más importante es que nos estábamos arrimando o juntando alrededor de causas populares inclusivas. Pero bueno, me dice, octubre se viene arrimando    y para TODOS. Es cuestión de que sea un gran arrime, agrega Pedro mientras mira el paredón del club y se arrima como queriendo escuchar aquellas voces de aquellas pibas, las del barrio, como las de la UES, que para septiembre, con sus sueños, se animaron a arrimarse.

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