Mantené los 2 metros de distanciamiento - Provincia de Santa Fe

 

Los restos de un gran líder de los pueblos originarios fueron profanados y exhibidos en museos. Su memoria sigue ninguneada.

Durante unos treinta años, los territorios ocupados por las provincias de La Pampa, San Luis, Córdoba, Neuquén, Mendoza, Córdoba, Río Negro y gran parte de Buenos Aires, integraron la ninguneada Confederación de las Salinas Grandes. Comunidades ranqueles, mapuches-araucas, borogas y otros grupos diseminados a uno y otro lado de la cordillera conformando una especie de Estado confederado originario, compuesto por más de seis mil lanzas y diez mil habitantes.

Instalados en la zona de las Salinas Grandes –región de lagunas salitrosas ubicadas en la zona– hoy limítrofes del sur bonaerense y pampeano, el sitio era de importancia económica y política por poseer yacimientos de sal, que blancos y originarios atesoraban para la conservación y comercialización de la carne a ambos lados de la cordillera.

Tal era la dependencia de la sal que durante el virreinato ya se habían organizado expediciones, tras pedir permiso y negociar con los caciques de la zona. 

En 1778, se formó una caravana de 600 carretas, 12 mil bueyes, 2.600 caballos y 1.400 hombres. Luego, en procura del mineral para los saladeros bonaerenses, también el Restaurador viajaría a las salinas.

Era un espacio relevante, llamado “la ruta de los chilenos” o “la rastrillada”, ancha senda marcada en el suelo por el pesado paso de los arreos que transportaban al ganado y jinetes, que conducía a Carhué y unía las lagunas de Traru (carancho) Lauquen, Urre (bruma), entre otros puntos. 

Este camino era el nexo que unía los pasos andinos con el centro de la provincia de Buenos Aires, haciendo posible el tráfico de ganado y sal, entre otros productos, que iban con destino al país trasandino.

Las luchas internas

En esa zona estaba instalada la comunidad boroga, proveniente de la hoy provincia de Cautín en la Araucanía. Su nombre deriva del arroyo Vorohue («lugar donde hay huesos»).

Durante la guerra de la Independencia chilena (1819/1821), la mayoría de los boroganos lucharon junto a los realistas, acaudillados por el cacique Curiqueo. Desde 1818 inician su establecimiento al oriente de la cordillera en la zona de las Salinas.

Intentaron luego formar parte de las tropas unitarias de Juan Galo de Lavalle y también negociar con Juan Manuel de Rosas, a quien acompañaron en la campaña de 1833 contra los ranqueles, que liberó a 2 mil cautivos y dejó 6 mil bajas, se indica.

Además de los choques internos entre los boroganos, la llegada de Calfucurá a la región y las malas relaciones terminaron con la masacre de Masallé (1834). Llegado de Chillhué  (departamento pampeano de Guatraché), el toqui (líder) mapuche inició su expansión. Dijo que venía a comerciar, desde tejidos, harinas, plata labrada a lanzar, habas, gran comerciante de lanzas, tejidos, harina de trigo, habas, plata labrada, adornos y tinturas chilenas.

Calfucurá quedó como referente de la región. Su “llamada dinastía de los Piedra”, fue de peso en la historia. Sus relaciones, negocios y acuerdos entre las comunidades, y los federales y unitarios, pesaron en los hechos, pero se los ha quitado de la historia, por la “vergüenza” que produce a las élites de poder que estos indios hayan protagonizado también nuestro pasado.

De 1833 a 1872, en atrevidas y astutas operaciones militares y políticas, Calfucurá toma el poder de la región. Convoca a distintas comunidades del este y oeste de la cordillera y avanza por tierras bonaerenses, santafesinas, cordobesas, puntana, y arrea hasta 200 mil cabezas de ganado, prisioneros y cautivas, tras furibundos ataques.

En venganza contra Catriel y su amistad con blancos, en 1872 arrasa la ciudad de 25 de Mayo, se lleva 150 mil animales y 500 prisioneros.

Fue nombrado como “El aventurero de Collicó” (Valdivia), según lo denomina Zeballos; “Néstor o Aquiles pampeano”, para Yunque (1956). El historiador Luis Franco (1967) lo llama “un Demóstenes de vincha”, o “Atila de las vacas”. 

Más recientemente, Magrassi (1981) lo apoda “un Maduro Gigante”; y Rinaldo Poggi (1997) le dice “El Temible”. Siempre eligiendo míticos guerreros y estadísticas de occidente, sin saber hacer mención a sus territorios.

En marzo de 1872, las tropas de Rivas y Catriel enfrentan a Calfucurá cuando regresa a sus dominios arriando el ganado tomado en sus incursiones. Esa batalla, según la historia oficial, determinó su fin, aunque se sigue discutiendo porque para algunos investigadores no fue una derrota de las lanzas, como se empeña por decretar el relato militar.

Acuerdos y  chantajes

En ese marco, algunos tratados de paz entre el Estado nacional y las provincias, con las comunidades, acordaron pagos en tributo en pesos para intentar frenar los malones, la entrega de ropa, telas, alcohol, en una especie de “chantaje” con el que se arrodillaban ante las lanzas.

También nombraban oficiales o pagaban sueldos y capitanejos. Pero ese clima de “sobornos” impulsó la corrupción en la que se manipulaba esa entrega de dinero o alimentos.

Esas relaciones, como los intercambios de cautivas, cautivos y prisioneros, quedaron asentadas y archivadas por el llamado Gabinete del Cacicazco de Salinas Grandes. Es que a pesar de ser “tan salvajes”, como se indicaba, registraron todo.

Tales documentos serían fundamentales para conocer esa época y sus protagonistas. Namuncurá y sus más cercanos lo escondieron para que no cayera en manos de cualquiera. Pero, en diciembre de 1879, fue hallado por el mismísimo Zeballos, casi enterrado en un médano cercano a la laguna Quiñé Malal. Publicó algunos datos del documento en su libro La conquista de quince mil leguas, ensayo para la ocupación definitiva de la Patagonia. La obra fue una de las justificaciones para impulsar el saqueo del territorio sureño.

La dinastía del guerrero y el santito

La llamada “Dinastía de Los Piedra” o Curá, se extendió en esos años con distintas  características. Namuncurá, hijo de Calfucurá heredero y Ceferino, el santito mapuche utilizado como botín de guerra del huinca.

Namuncurá nació en 1811 y cayó con la invasión de Julio Asesino Roca en 1879. Tras rendirse en 1884 buscó reclamar tierras, y algunas le dieron en San Ignacio (Neuquén). Tras reiterados viajes a Buenos Aires, consiguió que le dieran “algunas leguas de tierra, 40 mil pesos fuertes, 4.600 vacas, 6 mil yeguas y 100 bueyes de labranza, prendas de plata, armas, uniformes, yerba, jabón, sal, azúcar, tabacos y el título y sueldo de coronel argentino”.

Además de pasar a utilizar el uniforme militar, comenzó a buscar que su gente se cristianice. Uno de sus hijos, Ceferino, “llama la atención a un sacerdote que vislumbra lo beneficioso de  contar con un indiecito bueno para influir en su comunidad”. Tras separarlo de su gente lo envían a un colegio salesiano. A los 18 años muere por una tuberculosis agravada por el viaje, el clima, la lejanía de su tierra y familiares. Era un indio “políticamente correcto” y fue declarado beato.

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