No es cualquier transición la que se viene. Hay cambio de conducción política a nivel local, provincial y –si dios quiere y el pueblo ratifica– nacional. Y a la duda lógica que puede provocar un escenario de fin de ciclo, se añade el contexto de debacle económica, caída de la industria, cierre de comercios y desempleo creciente. Macri lo hizo, pero las provincias, municipios, comunas, y especialmente las y los trabajadores, lo sufren.

El ajuste promovido por Cambiemos –en aplicación de las siempre destructivas recetas neoliberales antinacionales y antipopulares del Fondo Monetario Internacional (FMI)–, impacta fuertemente en las arcas de los Estados, que recaudan menos pero igual deben hacer frente a las erogaciones para sostener su funcionamiento. 

La preocupación por la situación de las cuentas en la Municipalidad de Rosario y en el gobierno de Santa Fe, que no ocultan Pablo Javkin (intendente electo) ni Omar Perotti (próximo titular de la Casa Gris), llega potenciada a trabajadores y trabajadoras que reclaman la actualización de sus salarios para empardarle a la inflación; y ni qué hablar de quienes desempeñan funciones en alguna repartición pública bajo distintas modalidades de contratos precarios. 

El proceso de cambio de mando no viene nada fácil. A los números rojos que se fueron conociendo tras encuentros iniciales en la comisión de transición –y que generaron los primeros contrapuntos entre el Frente Progresista y el Partido Justicialista–, se le sumó rápidamente el frente de conflicto laboral. 

Así, entre el gobierno saliente y el que viene se deberán tomar definiciones sobre miles de personas que demandan pasar a planta. Se trata de trabajadoras y trabajadores que realizan tareas como cualquier otro laburante del Estado, pero que no tienen los mismos derechos ni la tan anhelada estabilidad laboral que el resto. 

De todo esto se habla en esta edición de el eslabón. Del reclamo de trabajadores y trabajadoras. De la negociaciones entre sindicatos y autoridades. Del peloteo entre los que llegan y los que se van.

Seamos claros: hay miedo a perder el laburo, a quedarse a la intemperie, en un afuera que se presenta amenazador en lo que al mercado de trabajo se refiere. Tal vez, hoy, sea la peor de las inseguridades.

Las expectativas son otras tras las elecciones primarias en las que se votó un cambio de rumbo, y contradicen de plano a aquella frase que decía que “hay que acostumbrarse a vivir en la incertidumbre”, como recomendaba tiempo atrás, el ex ministro de Educación de Macri, Esteban Bullrich.

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