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Apenas asumió Mauricio Macri la presidencia de la Nación, lanzó un combo de DNU, un adelanto de cómo gobernaría los años siguientes. A través del decreto 13/2015 sobre la ley de ministerios se conoció que el de Educación de la Nación pasaba a llamarse Ministerio de Educación y Deportes. La idea central era ubicar, junto a Esteban Bullrich, al incompetente de su amigo Carlos Mac Allister. Ese ministerio duró poco, al tiempo se convirtió en secretaría. Lo más grave aquí fue que estas modificaciones se hacían “de conformidad a lo establecido por las Leyes Nros. 24.195, 24.521, el Pacto Federal Educativo (Ley N° 24.856) y a las demás leyes y reglamentaciones vigentes y que se dicten en consecuencia, y al Deporte, y en particular” (artículo 23 del decreto). Eso quiere decir: volviendo a la ley federal del menemismo, desconociendo las leyes de educación nacional sancionadas entre 2003 y 2015.

Buena parte de las noticias sintetizaron aquella decisión presidencial como una vuelta a la educación de los 90 y algunas más memoriosas recordaron que en campaña Macri había prometido “una revolución educativa” y levantarles a las docentes no menos que un altar.

En la práctica, la decisión significaba volver a la estructura EGB – Polimodal, desconocer la educación técnica, la ley de financiamiento (que elevó al 6 % del PBI la inversión para educación), la de paritarias, los cambios en la formación docente, entre otras conquistas. Enseguida que se difundió el decreto, los gremios y la comunidad educativa en general denunciaron la maniobra y sus consecuencias. Bullrich –mentiroso compulsivo– “reconoció” públicamente que se trataba de un error y anunció que lo corregirían (en los papeles pasó en los primeros meses de 2016).

Sin embargo, los casi cuatro años de gobierno de Cambiemos, con Mauricio Macri a la cabeza y sus aliados, demostraron que no fue un error. Arrasaron con la educación pública, con claros objetivos de convertirla en una mercancía; la desinversión es escandalosa: no solo no se construyeron ni escuelas ni jardines sino que se dejó caer lo hecho (por citar un ejemplo); se fundió la educación técnica, además porque se destruyó la industria, la economía generadora de trabajo; y la pobreza creciente – hoy más de la mitad de las pibas y los pibes en la Argentina son pobres- cambió los libros, las netbooks, los cuadernos y los lápices por un plato de comida en el comedor escolar. Les robó los sueños a la infancia y a los más jóvenes. Y a las docentes no solo las descalificó cada vez que pudo sino que las intentó convertir, siguiendo la pedagogía Cris Morena, en influencers, neuromotivadoras ó en gestoras del emprendedorismo, por recordar algo de este destrato planificado sobre la tarea política que cumple el magisterio. Y lo que es más triste: reprimió y abandonó a la docencia hasta la muerte misma. Sandra, Rubén, María Cristina y Jorgelina no se pueden olvidar.

Está claro que aquella redacción en ese decreto de diciembre de 2015 no fue un error.

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