La llegada del macrismo al Gobierno, la etapa previa y el devenir de la gestión del equipo de CEOs hubiese sido insostenible sin el blindaje discursivo, operativo y fraudulento del dispositivo de las empresas de comunicación y sus soldados, coroneles y generales. Un repaso de dichos y hechos sin autoridad moral.

La primera víctima de una guerra es la verdad, se ha proclamado hasta el cansancio. Y la Argentina vive desde hace años una guerra declarada por el periodismo hegemónico, que a todas luces confesó haber iniciado esa conflagración en boca de uno de sus coroneles, el extinto editor de Clarín Julio Blanck.

No alcanzará jamás el tono entre compungido y avergonzado con que el escriba echó luz a una acción por todos conocida, pero al ser explicitada por uno de los destacados miembros del ejército agresor, la misma adquiere una tonalidad más trágica, habida cuenta de las víctimas, que por cierto no se circunscriben a la verdad, y son seres de carne y hueso.

La bandera de la libertad de expresión enmascara la luz verde que el Estado le da a las corporaciones empresariales para que usen a los medios como plataforma de negocios y disciplinamiento social a través de la construcción de sentido e instalación de una agenda única e indiscutible.

Ese esquema trastoca toda posibilidad real de libre expresión, porque en realidad hay una élite que se apodera de ese derecho, que elabora un simulacro de verdad con el cual inocula a vastos sectores de la sociedad, que viven con la sensación de que su opinión vale, que es autónoma y, lo más grave, que aquella verdad es inapelable.

De ahí a la inimputabilidad del periodismo falaz hay un trecho que se mide en pocos centímetros. Salvo que se compruebe que hubo real malicia –harto difícil con el sistema judicial imperante–, existe una perversa cobertura que permite que los grandes medios manden al combate a periodistas inescrupulosos a publicar opiniones difamatorias, información falsa, “investigaciones” amañadas, y toda la parafernalia conocida.

Esos mismos grupos mediáticos son los que determinan quiénes son los corruptos, establecen la vara con la que debe medirse la moral pública, y son los que, a través de sus voceros más abyectos, cuestionaron al periodismo que intentó desenmascararlos, calificándolo de “militante”.

El cuatrienio macrista dejó al desnudo un entramado que existe antes aún de la aparición del kirchnerismo, pero que se profundizó al calor de las políticas públicas que pretendieron ponerle coto a tan desmesurado poder. Una alianza cuya ferocidad deja marcas en la epidermis social, compuesta por esas corporaciones periodísticas, un sector absolutamente podrido del Poder Judicial, las estructuras visibles y las clandestinas del aparato de inteligencia heredado de la última dictadura cívico militar, y una dirigencia política cooptada por las embajadas de países cuyas finanzas y negocios juegan algún papel en la Argentina.

A la luz de los resultados de las primarias de agosto, los principales rostros de ese andamiaje criminal salieron a cumplir dos misiones. Una corresponde al reacomodamiento discursivo, que permita a sus mandantes negociar con el futuro Gobierno condiciones similares a las que le garantizó el macrismo. La segunda, condicionar a la futura administración en lo económico y en lo que hace a la política de comunicación, intentando neutralizar cualquier posible retorno del periodismo “militante”.

Para sorpresa de algunos, ciertas voces que presuntamente forman parte del contrapeso de ese dispositivo mediático del poder establecido salieron en los últimos días a decir que no hay espacio para una “resurrección” de 678. ¿A qué le temen por igual el establishment y el periodismo avant garde?

En una semana en la que el economista Alejandro Bercovich, en el marco de la discusión alrededor del periodismo que se viene ante un eventual triunfo de Alberto Fernández, y la difusión de las nóminas de periodistas que “moderarán los debates presidenciales, manifestó que no le gustaba el programa “678”, como si fuera importante su opinión al respecto o, peor, como si el debate sobre medios y periodismo pasara por ese eje.

Sandra Russo, uno de los puntales del programa que salía al aire por la Televisión Pública, y una de las víctimas de las listas negras y la censura que estableció el macrismo desde el inicio de la gestión, opinó: “No querer ni apoyar una «Conadep» del periodismo no implica aceptar pasivamente a los periodistas elegidos por la Cámara Nacional Electoral para el debate presidencial. Todos tendenciosos que hacen equilibrio. Se puede ser periodista liberal pero no se puede ser periodista peronista. Ese es el sentido común institucional. Una mentira que se extiende en el tiempo. Esos no son periodistas independientes. Son periodistas que disimulan. Y no me quiero extender”.

Grietas y cráteres

El periodista Daniel Ares, en su blog El Martiyo, publicó una reseña de los avatares que sufren por estos días terribles periodistas que en su momento adquirieron prestigio, fama y cierto reconocimiento entre sus pares y cierto público. Vale la pena transcribir parte de las descripciones que hace de cuatro de esos sujetos que vendieron o alquilaron sus cerebros, su moral y sus almas a postores diferentes y no siempre los mejores.

Dice Ares sobre uno de ellos: “Oculto, enmascarado con un gorrito rapero y la capucha envolviéndole la cabeza, el hombre cruza la noche a paso rápido. Se juega la vida. La policía de Bullrich podría confundirlo con un ladrón, o con un pobre –para el caso es lo mismo– y dispararle por la espalda. Pero no es un ladrón, ni mucho menos un pobre, al contrario: es el valiente Luis Majul, que así huye y se esconde de su propia fama (por lo demás muy merecida)”.

Respecto del segundo, se describe: “Otrora toro salvaje de las pampas, Jorge Lanata, Búfalo Bill del periodismo argentino, hoy aparece reducido a una pobre atracción de circo propiedad de un malvado millonario que viéndolo enfermo, viejo y solo, dispuesto a ser juzgado por la historia como la mierda que fue, aun así no le da descanso y una vez más lo obliga a las viejas piruetas y sus tristes chistes”.

El tercero: “El cantor de las cosas nuestras, Daniel Santoro, agente de inteligencia premiado sin embargo por Fopea –y hasta por la no menos renombrada y enclenque Corona de España–, autor de difundidas ficciones lanzadas sin embargo como investigaciones –La ruta del dinero K, El mecanismo y otras–, marcha rumbo al juzgado de Dolores llamado a indagatoria, sospechado de extorsión, coacción, espionaje ilegal, asociación ilícita…”.

Y un cuarto: “Alejandro Fantino, mediocre relator de fútbol limitado al público de Boca, pensó acaso que bastaba un peinado nuevo para saltar del periodismo deportivo al político, y allí nomás sin saber nadar se tiró de cabeza en un océano infestado por los tiburones de los servicios. Apólogo entusiasta de Marcelo Sebastián D’Alessio, más operado que la duquesa de Alba, acabó acusado públicamente de pedófilo, y desde entonces explica y explica…”.

Fuera de lo ocurrente que es Ares, y de lo atinado de cada descripción, uno de ellos tuvo mucho éxito en la tarea de instalar o construir sentido, y cuando lanzó al éter la palabra “grieta” para graficar lo que separaba –y sigue separando– al kirchnerismo del resto de la especie humana, el micromundo periodístico agradeció ese poder de síntesis, y el gran público no tardó en adoptar el término con convicción.

En un texto que debería servir de consulta permanente –“El más débil”–, publicado en 2013, el periodista Hugo Presman desbrozaba algunas de las más grandes infamias cometidas por el CEO de Clarín, Héctor Magnetto, pero en los primeros párrafos se dedicó a recordar un diálogo del cual surgió el título de su artículo.

“Cuando Jorge Lanata vegetaba sin trascendencia en el Canal 26 y buscaba un empleo bien remunerado, fue entrevistado por Ernesto Tenembaum, entonces en el grupo Clarín, y ambos coincidieron en que en el enfrentamiento por la ley de servicios de comunicación audiovisual, el grupo mediático más importante, y uno de los económicos más poderosos, era con relación al gobierno, el más débil. Y el director de Página 12, medio del cual se había ido según su propia confesión, por haber sido comprado por Clarín en 1994, sostenía que siempre se ubicaba o tal vez se alquilaba a favor del más débil”.

Presman sostiene que ambos socios, más allá de la asimetría de esa sociedad, obtuvieron lo suyo. Y recuerda que Magnetto “no encontraba en su numerosa tropa un publicista comunicacional de la magnitud de Lanata… y lo contrató”.

La contraparte, “el ex comediante del teatro de revistas, decidió cambiar los laureles un tanto marchitos de su pálido progresismo y decidió refugiarse en la próspera «debilidad» del multimedio del que había sido un precoz denunciador”.

¿Por qué “la alianza ha resultado fructífera para los intereses económicos de ambos”, como dice Presman? Pues porque Lanata “llena sus bolsillos y engorda su ego”, y Clarín “mejoró considerablemente su poder de fuego ya que se había manifestado impotente de voltear al gobierno con unas pocas tapas de su matutino, acostumbrado como estaba a hacerlo como esos boxeadores acostumbrados a noquear a su rival con un golpe preciso, pero que pierden confianza cuando logran darlo pero el rival continúa en pie”.

Después de estos valiosos frescos de quienes, aún de capa caída, mantienen su rol de “formadores de opinión” de un vasto sector de la sociedad, cabe preguntarse cuánto sobrevive del Estado de derecho, o cuánta densidad real tiene la democracia en estos términos.

En estas democracias debilitadas, se hace imposible convivir con un depredador de tal magnitud como Clarín. En boca del fallecido radical César Jarolavsky, la cosa sería así: “Clarín ataca como un partido político y se defiende con la libertad de prensa”. Es el crimen perfecto.

Malformaciones del oficio

Gabriel Fernández, periodista y habitual columnista de este semanario, recordaba este viernes que fuera quien fuese quien desgrabó, redactó y editó la transcripción de la entrevista que el director de ese grupo, Jorge Fontevecchia le hizo al escritor y comentarista político Jorge Asís, publicó así el siguiente párrafo: “En esa línea, Asís criticó la idea del «pacto social» que busca llevar a cabo el candidato del FdT con los distintos actores empresarios y sociales, y sostuvo que «es una aspirina». «El pacto social ya era viejo en 1973 en vida de Perón con Gelman y Rucci. En el pacto, antes de sentarte con los empresarios ya te aumentaron todo. Es una aspirina, es un paliativo», opinó”.

Fernández no pretendió juzgar el error de confundir a aquel ministro de Economía, José Ber Gelbard con el poeta Juan Gelman, pero adujo –disimulando con humor su indignación– algo que vale la pena traer a estas líneas: “Lo puntualizo porque no es un asunto menor: imaginen el criterio de redactores que pretenden adentrarse en la vida nacional desconociendo al ministro de Economía de Juan Domingo Perón. ¿Qué pensarán que ocurrió en 1973? ¿Un apasionado fervor empresarial por la lectura de los poemas de Juan Gelman? ¿Mayores ventas de la Mayonesa Hellmann’s?”.

El mismo medio que sostiene, cuando se pretende copiar y pegar un textual, que “el periodismo profesional es costoso y por eso debemos defender nuestra propiedad intelectual”, publica una burrada impropia del “periodismo profesional”, sea este costosos o visiblemente barato y berreta.

Es triste observar la precaria formación de algunas y algunos periodistas. No es un fenómeno novedoso, podría decirse que todo comenzó cuando los grandes medios, en especial los gráficos, comenzaron a desprenderse de las viejas y viejos con más experiencia en este oficio terrestre, tal como lo nombraba Rodolfo Walsh.

La llegada a esos medios de empresarios que nada tenían que ver con la profesión representó una lamentable sangría de hombres y mujeres producto del ajuste de personal, la caída de la inversión y el ánimo de rapiña y la avidez de hacer negocios más rentables que el periodístico, para los cuales los nuevos dueños necesitaban de esas plataformas de presión extorsiva.

¿Para qué tener editores si con correctores alcanzaba?, se preguntaban los advenedizos. ¿Por qué es necesaria “tanta” gente en un equipo de producción televisiva para hacer exteriores? La berretización técnica pronto llegó a los contenidos, y el reemplazo de profesionales formados dio paso a muchas y muchos jóvenes más propensos al éxito rápido y a “hacer carrera” que a consolidar sus saberes periodísticos y aportar a la calidad del producto.

A nadie debería extrañar o sorprender escuchar a periodistas “especializados en economía” repetir como loros lo que los brokers de la city porteña les susurran a sus oídos respecto de variables, políticas monetarias, inflación, valor real de las divisas, incidencias de los costos laborales en los precios relativos, y tanto más. Cuesta menos colonizar que formar, y en última instancia, para formar están las fundaciones y think tanks neoliberales.

Los mismos periodistas que, socarronamente, pregonan que el peronismo es inclasificable e inentendible; los que con una pereza intelectual notable o inconfesable interés sostienen que Carlos Menem es lo mismo que Néstor Kirchner y que Alberto Fernández no tiene por qué ser distinto si todos son peronistas, distinguen claramente que hay periodistas “independientes”, ellos, y otros “militantes”.

Como se dijo más arriba, el periodismo independiente es un contrasentido. Y los periodistas que tienen un ideal político, sea que militen orgánicamente o apenas simpaticen con una fuerza política, del color que sea, siempre tendrán mayor autoridad moral que quienes alquilan su opinión, tuercen el sentido de cualquier información y hasta mienten por una paga. Ni independientes ni militantes. Ésos son maleantes.

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