La crónica del Diario Río Negro del 15 de septiembre de 2016 cuenta que no estaba previsto que el entonces ministro de Educación y Deportes de la Nación, Esteban Bullrich, diera un discurso en la inauguración del nuevo Hospital Escuela de Veterinaria dependiente de la Universidad Nacional de Río Negro, en Choele Choel. Pero el gobernador Alberto Weretilneck le acercó el micrófono. “Uno percibe la emoción que tiene este acto para todos ustedes. Hace muy poquito cumplimos 200 años de independencia, y planteábamos con el presidente que no puede haber independencia sin educación. Y tratando de pensar en el futuro, esta es la nueva campaña del desierto. Pero no con la espada sino con la educación”. Así arrancó quien ahora es senador nacional.

No se quedó ahí. Profundizó en esa primera idea -que tuvo amplia repercusión mediática- de comparar el trabajo en educación con la campaña militar de exterminio (mal llamada “conquista”) ordenada por Julio Argentino Roca en el sur del país hacia fines de 1870: “…Podemos hacer los canales de riego. Podemos aumentar las hectáreas a producir. Podemos generar los avances sanitarios necesarios, pero sin profesionales que multipliquen eso que hacemos no sirven de nada. Porque no estamos poblando este desierto. Ustedes hacen que esto no sea un desierto y eso es lo más lindo. Y nosotros vemos gente que necesita apoyo”.

En esa misma crónica del diario Río Negro se cuenta también que se lo consultó a Bullrich por su discurso en el acto de Choele Choel, para que ampliara esas declaraciones. “El ruido que se ha generado es porque esa conquista fue con la espada y tenemos que hacerla con la educación, para que el progreso en la región se dé en forma sustentable”, respondió sin siquiera ponerse colorado.

Apenas conocidos semejantes argumentos, las manifestaciones de repudio se multiplicaron, en particular las de la comunidad académica. “El devenir histórico de esta región se fue construyendo primero con los aportes de los pueblos originarios que poblaban estos territorios y luego de la ocupación militar de la misma con los restos de esas comunidades y con los nuevos pobladores que se afincaron en este espacio. Por lo tanto, ni antes fue un desierto ni tampoco lo es ahora como pretende señalar con sus afirmaciones el señor ministro”, expresaron investigadores del Grupo de Estudios de Historia Social (Gehiso), de la Universidad Nacional del Comahue. Quienes además aconsejaron a Bullrich estudiar un poco de historia: “Ponemos a disposición del Ministro y su equipo de asesores una larga lista de bibliografía que podría ayudar a que no se vuelvan a cometer este tipo de desagradables, racistas y desinformados comentarios”. (Diario Río Negro, 19 de septiembre de 2016).

También el historiador Sergio Wischñevsky recordó que esa campaña que Bullrich usaba en su discurso había sido un genocidio: “Miles de indios fueron exterminados o enviados a la Isla Martín García, fueron torturados en lo que puede analizarse como uno de los primeros campos de concentración. Marcelo Valko en su libro Pedagogía de la Desmemoria cuenta que hubo una epidemia de viruela que mató en masa a los indios, hicieron hornos crematorios y a los muertos para que no contagien los iban tirando a los hornos. A los chicos que quedaban huérfanos los ofrecían en avisos en los diarios, que decían ‘pequeño indiecito se vende para servicio doméstico y otros quehaceres’”. (“Por una nueva Campaña del Desierto”, artículo de Nora Veiras, diario Página12, del 16 de septiembre de 2016).

La “campaña del desierto para la educación” fue un anticipo –en el primer año de gobierno de Macri- de los planes de Cambiemos para la educación pública. El educador Pablo Imen lo explica muy bien en un análisis escrito para el blog del sitio de Telesur (“Una campaña del desierto educativo en Argentina”, del 9 de octubre de 2016, telesurtv.net): “El discurso puede leerse en dos claves, una ideológica y otra político educativa. En relación a la primera, cabe consignar que el avance criminal del naciente Estado Argentino (nacido entre sangre y barro) constituyó una clase dominante repartiendo entre menos de 300 familias aproximadamente once millones de hectáreas. Entre los beneficiados de esa repartija que marcó a fuego el nacimiento de la oligarquía terrateniente figuran nombres como Martínez de Hoz o el propio Bullrich, antecesor del actual ministro de Educación: todo un (auto)reconocimiento”.

Pablo Imen señala que en materia de política educativa aquella metáfora del ex ministro significa “el reconocimiento de que el Sistema Educativo heredado es un desierto y que resulta imperiosa una acción decidida del Estado Nacional frente a un orden inaceptable”. “Repasando los primeros meses de gestión-continúa-, podremos apreciar en qué consiste la campaña del desierto promovida por el Poder Ejecutivo Nacional: se trata del exterminio de la Educación Pública, o más bien de su reducción a servidumbre para la formación de esclavos y papagayos sometidos a poderes fácticos e institucionales”.

A casi cuatro años del gobierno de Cambiemos, no hay dudas que esa Campaña del Desierto en educación era (y es) arrasar con la educación pública para entregarla al mercado, para repartirla en pocas manos.

 

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