Daniel Yayo Ekdesman, comunicador, docente y protagonista del Proyecto Miradas, fue parte de la redacción eslaboniana en sus inicios. Recuerda a los “periodistas clandestinos” que colaboraban y destaca cómo se conectaron tareas y militancias territoriales con la comunicación, a través de este medio.

Daniel Yayo Ekdesman es licenciado en comunicación social, profesor universitario, tallerista social, carpintero y partícipe del Proyecto Miradas, una propuesta social y educativa que recorrió Latinoamérica. A principios de los 2000, era otro de los integrantes de la redacción de El Eslabón. En el marco de las notas por los 20 años de la aparición del primer número de este periódico, recuerda a los “periodistas clandestinos” que colaboraban y destaca “la horizontalidad y transversalidad” como sello particular. Además, valora el puente que tendió este medio a los trabajos territoriales sociales de aquellos años. En particular, por su propia experiencia, hace mención al proyecto la Casa De Pocho (Lepratti), que se gestó luego de la muerte del militante social asesinado por la Policía en diciembre de 2001.

“Nosotros veníamos de alguna experiencia de periodismo comunitario. Si tengo que contar cómo llego a El Eslabón me viene a la mente Manu Baella, Aymará Barés, con ellos laburábamos en los barrios, con ellos estábamos concretamente en el barrio Toba, y yo después que empecé la carrera principalmente me volqué a dar talleres, a enseñar y aprender, a la parte pedagógica, y tuvo que ver con eso. Yo me acerco al periódico a principios del 2000, es cuando vuelvo a vivir a la Argentina (vivió en México)”, relata. “Empiezo a trabajar con Quique Pesoa en FM TL 105, y después con (Carlos) Del Frade, ahí la conozco a Florencia Coll, una persona clave también. Después vienen El Eslabón, Aire Libre, y Radio Universidad. Pero sobre todo el trabajo territorial. Originalmente lo hice en la OAR, una organización anarquista, que cuando yo llegué, en realidad, ya no estaba funcionando con ese nombre. En ese momento, había necesidad de contar otras noticias, de poner el micrófono en otros lugares, y justo surge El Eslabón”, cuenta el ex integrante de este periódico que destaca la diversidad de experiencias y puntos de vista que confluyeron en el proyecto, y los debates y aprendizajes que se producían en la práctica periodística que a la vez la trascendía a la redacción.

Horizontalidad al palo
“Era un grupo reducido, los cinco fundadores, los fotógrafos, y el diseñador. Recuerdo que eran épocas complicadas, y no había una goma, solo una computadora destartalada. Aparte, era todo debatido en término horizontal, entonces las cosas a veces no fluían tanto. Había una intencionalidad de pendejos que recién llegábamos y que queríamos que todo sea horizontal, asambleario y todo circular. Y eso obviamente chocó cuando entraron los «periodistas clandestinos», ¡eso suena muy bien! (se ríe), eran los que trabajaban con seudónimos que venían con una importante trayectoria en los medios”, evoca el tallerista social.

“Nosotros, los pendejos, veníamos con cosas como debatamos si los títulos van con coma o sin coma o no sé qué. Eso generaba ciertas tensiones que para mí estaban buenas, pero vos imaginate que éramos pendejos y le editábamos las notas a Del Frade, y teníamos que editar y corregir a esos monstruos….“, destaca.

“A la vez, El Eslabón permitía la riqueza, que para mí era su mayor virtud, yo no sé si llamarlo periodismo comunitario, pero esto hay que decirlo, había una reciprocidad de aprendizajes, había un ida y vuelta. Con las notas más fuertes, con las más importantes había cierto debate, si bien no llegaban a todos los rincones esos debates, el que quería meterse, el que venía con cierta trayectoria tenía incidencia. Y eso estaba buenísimo, la reciprocidad en el aprendizaje era increíble”, subraya.
“En la redacción se compartía, y excedía lo periodístico. Nosotros que hacíamos trabajo territorial haciendo talleres de comunicación, teníamos mucha contención. Recuerdo que laburaba en Nuevo Alberdi, en el barrio Toba, y en Ludueña, en la casa del Pocho Lepratti, haciendo talleres de comunicación y había una contención, si bien no orgánica o institucional, informalmente, El Eslabón siempre estuvo allí”, pondera.

La Casa del Pocho
“En Ludueña, con un fondo de la Corona Sueca que apareció, que era una plata muy importante, se encaró el proyecto de la Casa del Pocho. Los suecos estaban buscando un espacio de comunicación barrial, alternativo, y se pudo acceder desde la experiencia en el territorio, dimos el primer taller en la casa del Pocho, después del 2001 (luego del asesinato del militante social). Me acuerdo que los chicos de Ludueña me fueron a buscar a la redacción de El Eslabón, tuvimos una charla –habíamos cambiado la sede de la redacción, de casa de Matías pasamos a la de Javi en calle Roca y después a Zeballos– y lo que hacen los chicos es una resignificación, diciendo que sobre ese vacío que quedó, querían llenarlo de vida como hubiera querido Pocho”, trae a la memoria Ekdesman.

Y continúa: “A mí me toca entrar a la casa el día que lo matan, entrar con los chicos a buscar sus pertenencias para que nos entreguen el cuerpo. Ahí conozco la casa del Pocho que era un ranchito. ¿Por qué entro con ellos? Porque yo andaba en auto y había que ir a buscar los papeles de él, y había que entrar a la casa rompiendo la ventana porque no teníamos llave, la familia estaba toda en Entre Ríos. Había que contarle a los vecinos”.

Foto: Maité Luna

La situación dramática se transformó en fortaleza: “Recuerdo verle la cara y los ojos a los chicos, Varón era el mejor amigo del Pocho, había sido formado por él, y después de unos meses él y los chicos, en ese espacio vacío que nos dejaron, estaban en el primer taller de comunicación que se hizo ahí, además hacíamos una publicación que se llamaba La Nota, tomado de una vieja revista que se llamaba así, que había salido unos años antes. Los pibes se formaban en periodismo, en las cuestiones referente a los medios gráficos desde el barrio, y El Eslabón nos ayudó mucho”, sostiene.

“Luego La Nota entra como un suplemento del periódico, salió unos meses, mientras se renovaba la casa del Pocho. Pasó de ser un rancho a una casa de dos pisos, y además se compraron mobiliarios, computadoras, cámaras de fotos, y más cosas de periodismo. De El Eslabón fueron gente de distintas áreas, entre otros Matías Ayastuy, Silvio Moriconi, Rodrigo Miró, Javi García Alfaro”, recuerda.

Foto: Paula Peña

Del El Eslabón, a rodar
Ekdesman tiene hoy 40 años, estuvo encargado de prensa en Newell’s en la era post Eduardo López y tuvo un momento de exposición pública a través del proyecto que lo tuvo como protagonista junto a la que fuera entonces su pareja.

Con Sofía Méndez, la madre de sus dos hijas, Negra y Coral, encararon en 2011 un movida rodante en una motorhome con el objetivo de visitar los pueblos rurales de Latinoamérica, buscando conectar la astronomía con lo más cercano, al interior de cada persona y su comunidad. Se llamó Proyecto Miradas, y durante su trayecto concibieron a sus hijas en México y Brasil.

“Nos fuimos de viaje con un proyecto que desarrollamos en comunidades rurales, escuelas campesinas e indígenas, y ahí colamos la astronomía como una excusa para llegar a la gente. Hicimos toda la formación acá y partimos. Recorrimos Latinoamérica avalados por el ministerio de Educación. Después con la Unesco, hicimos un par de documentales, uno lo hizo Al Jazeera de Inglaterra, y otro una serie que hizo Nacho Sánchez Ordoñez y el Oreja, para 5RTV, era para Encuentro”, cuenta el ex integrante de El Eslabón que en la actualidad además, da clases en un centro de formación profesional y en una cooperativa de carpintería, Brancaleone, que produce muebles, objetos de diseño, bajo mesada, algunas en bioconstrucción.

* Entrevista Juan Pablo de la Vega – Edición Ernesto Ávila

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2 Lectores

  1. Avatar

    Alejandra Femenino Mattia

    13/10/2019 en 12:58

    Saludos yayo querido

    Responder

  2. Avatar

    Cintia Rullo

    16/10/2019 en 6:22

    Felicitaciones ! a eso le llamo yo «honrar la vida»

    Responder

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