Don Mansilla era un vecino nuestro, en aquellos tiempos de la infancia transcurridos durante los años cincuenta del siglo que pasó.

Era santiagueño –nunca supe cuándo llegó a Rosario, seguramente que en busca de opciones laborales de las que carecía en su provincia– y era policía –seguramente que por esas mismas razones por la cuales había recalado en Rosario–.

Era un hombre bonachón, que tenía una familia amable, compuesta por su esposa, Doña Anita –santiagueña como él– y tres hijos varones mayores que yo, puesto que ya eran muchachos grandes.

Vivía a la vuelta de mi casa, por calle Alem, entre Riobamba y La Paz. Yo vivía con mis padres en Riobamba al trescientos, y al lado estaba la casa de mi abuela materna, donde vivían además la hermana menor de mi madre junto con su esposo, un tío que ostentaba la profesión de sastre.

La casa de mi abuela tenía, en la parte trasera, una escalera que llevaba a la terraza, un espacio inmenso para mi mirada infantil, que abarcaba no sólo su techo sino también el nuestro, e incluso el de un local comercial que se encontraba al final de la cuadra, en la ochava que Riobamba formaba con Alem.

Esa escalera poseía una particularidad, puesto que al subirla permitía ver el patio de la casa de don Mansilla.

Así, podía observar el movimiento de la vida familiar de mis vecinos, por lo menos cuando transcurría en el patio del hogar. Hacia el frente de mi posición fisgona se veían las habitaciones de esa construcción –una típica casa chorizo como entonces se les decía a esa clase de viviendas– y hacia el costado izquierdo la cocina y el baño.

A mí me gustaba trepar esa escalera y mirar a los Mansilla. En realidad, a la que más veía era a Doña Anita, que era la que permanecía invariablemente en el interior del domicilio, cumpliendo abnegadamente con sus obligaciones de ama de casa.

Recuerdo que al verme parado en la escalera ella me saludaba, con afecto, y solía ofrecerme algunos de los manjares que con pericia y sapiencia preparaba. Por ejemplo, las empanadas santiagueñas más ricas que probé en mi vida.

De manera que la familia Mansilla se presentaba, en mi imaginación infantil, como una suerte de extensión, de ampliación, de mi pequeño mundo doméstico y cotidiano.

Debo decir que mis padres no eran ajenos a esa imaginación y a ese sentimiento, como no lo era tampoco mi abuela, puesto que así se tramaban los lazos sociales en aquellos años –aparentemente– apacibles y calmos.

Podría decirse que con los Mansilla formábamos una especie de comunidad, algo habitual entre vecinos bien avenidos, según las convenciones de convivencia propias de aquella época.

Por ello, no resultó extraño que mis padres aceptaran la invitación que un lejano día de mil novecientos cincuenta y cinco, o cincuenta y seis, hiciera Don Mansilla para llevarme a la cancha.

Nuestro vecino era hincha de Central Córdoba, cuyo estadio estaba a unas pocas cuadras yendo por Alem: se trataba de llegar a Veintisiete de Febrero, y después de cruzar ese ancho boulevard aparecía su campo de juego.

Por aquellos años, las tribunas del estadio eran todas de madera, y no recuerdo que existieran plateas. Las gradas tampoco eran demasiado altas –más bien lo contrario– por lo que yo tenía la sensación de estar en un recinto tan pequeño como mi propia vida.

Así fue que, a partir de la generosa y amable invitación de Don Mansilla, comencé a presenciar los partidos los días sábados, porque Central Córdoba militaba en la segunda división. No iba solo, ya que la bondad de Don Mansilla hacía que esa experiencia festiva fuese un acontecimiento colectivo: también llevaba a mis primos, a otros chicos de la cuadra, y a veces a alguno de sus hijos.

Por aquel entonces no se acostumbraba ir con la camiseta del equipo por el cual uno cinchaba, de modo que formábamos una columna heterogénea aunque unificada por la alegría común, que seguía siempre la atenta dirección impuesta por nuestro vecino.

Hasta que llegó el año cincuenta y siete, y allí todo cambió, en un sentido positivo y hermoso. A medida que avanzaba el campeonato, Central Córdoba se proyectaba hacia los primeros puestos, hasta que finalmente obtuvo el título logrando un premio para muchos impensado: el ascenso a primera división.

Todavía hoy, a más de sesenta años de ese hecho inolvidable, puedo repetir de memoria la formación del campeón: Palmintieri, Álvarez y Rivorio; Valenti, Villagra y Chan (o Fruttero); Rácaro, López, Federico, Beltrán (o Vizzo) y Delogú.

Gracias a ellos, pudimos ver en aquel estadio pequeño, despojado de césped en buena parte de su terreno, y rodeado por unas tribunas de madera que se doblaban y crujían cuando saltábamos alentando al equipo o festejando un gol, a los grandes del fútbol capitalino –Ríver, Boca, San Lorenzo, Independiente– y a nuestros vecinos rosarinos, Ñuls y Central.

La epopeya fue breve, puesto que duró solamente dos años. En mil novecientos cincuenta y nueve Central Córdoba volvió a descender a la B, de donde jamás pudo retornar hasta hoy.

Y acaso por ello, visto a la distancia, ese momento se fue revistiendo con los trazos inconfundibles de la hazaña, cuando no del mito.

Lo cierto es que para mí fue una forma –una de las formas posibles– de salir al mundo. Después vendrían otras, en consonancia con otros momentos no sólo del mundo sino también de la vida.

Pero pocas de esas experiencias lograron permanecer hasta hoy, con tanta nitidez, en la vastedad de la memoria, como recuerdo cierto. Porque Don Mansilla había sido –después lo entendí– mucho más que un guía, o un conductor. Había sido un maestro, que supo enseñarnos las coordenadas secretas de ese universo ancestral y recóndito donde se atesoran las pasiones más puras, aquellas que nos hacen ser, siempre, lo más genuinamente propios, en cualquier momento o circunstancia.

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