Todo chori es político. Pero también lisérgico, y sus efluvios psicoactivos, mezclados con los aromas de los otros manjares, expanden la conciencia y la percepción.

Corredor final del templo Shaolín. Allí, en la última prueba, en la cámara de la muerte, muñecos mecánicos disparaban flechas, daban golpes de bastón, o fúlgidos cortes con espadas y hachas a los guerreros que tenían que atravesar el lugar como forma de entrenar sus habilidades marciales. 

Aquí no. La comparación, a todas luces hiperbólica, acaso sea producto del efecto que produce en el visitante el gran narcótico, psicoactivo y tunante, que domina y enfiesta la fiesta: la mezcla de aromas que flota, lenta, densa, en el aire gordo de Colectividades. No son Golems asesinos los que, estólidos, como granaderos con trajes sulfurosos de estío, como granaderas de la pollera de misa y saquito formal, custodian la entrada. No ofrecen la muerte y el peligro sino que, por el contrario, dan consejos sobre la felicidad y la familia basados en la interpretación yanqui del Libro. 

Y al final de la doble fila de marmotas de terracota Made in USA se abre, como portal de ingreso al predio, un rojo arco con la marca de la bebida más famosa de EEUU y el mundo. La comunidad yanqui recibe al visitante con sus creencias milenaristas y su más emblemática, imperial gaseosa. 

Todo indica que las familias que recorren el lugar ya poseen, al menos, la fórmula para pasar un rato de alegría. Y parece ser que es el aroma narcótico de los manjares, ese bálsamo olímpico que es el alma indiscutida de la fiesta lo que los mantiene en una suerte de Nirvana rosarino, la Iluminación del Paraná. 

El choripán, elixir de los márgenes, ícono popular y paraferial, es el rey indiscutido de ese mundo que reproduce, entre caños, chapas, carpas blancas y una feroz acumulación de publicidades, una comarca de países, trajes y culturas de distintas partes del planeta.

El graso abrazo entre despojos de cerdo y noble pan es la fórmula mágica, la alquimia para tiempos de malaria. Salva a las familias (“Serán salvos por el chori”: el narcotizado imagina a los predicadores bíblicos hablando de esa forma). 

El choripán los salva de pagar los precios nada populares de las comidas y las bebidas que dibujan, para todos los sentidos, ese mundo otro que es la fiesta siempre preñada de multitudes.

Jorge Luis Borges imaginó una esfera de unos dos o tres centímetros de diámetro, el objeto que contiene todos los objetos y todos los seres. El lugar donde están, sin confundirse, todos los lugares del orbe. Lo denominó el Aleph y lo situó en un sótano en la calle Garay, en Buenos Aires. 

El elixir psicoactivo y euforizante que obnubila al visitante hace indecidible el intríngulis: si la Fiesta de las Colectividades es un Aleph, rosarino y popular, que contiene el de Borges, o si, por el contrario, la fiesta rosarina es visible dentro del universo que el Aleph porteño muestra en el viejo sótano soñado por Borges.

En el cuento de Borges existen algunos indicios, pero no son suficientes para decidirse. Una de las estrofas de los poemas de Carlos Argentino Daneri citadas en el relato, lejos de resolver el misterio, sigue suscitando bravías controversias entre los críticos. Dos duelos a cuchillo, con una víctima fatal, fue el saldo del Congreso “El Aleph y Colectividades: el problema de la metonimia”, celebrado hace un par de años en la Facultad de Humanidades y Artes de la UNR.

He visto, como el griego, las ubres de matambres.

Los trabajos, los días de varia luz,

La aguda maldición del pueblo romaní.

El cielo llora y brama, el lodo pontifica.

Los pulpos galaicos se lanzan al río impetuoso,

el hambre, el chimi, la fanfarria.

No corrijo los hechos, no falseo los nombres

Pero el voyage que narro es…

autor de mi humo, de mi sed, de mi hambre.

Pique macho del Orbe tumultuoso.

Y en la descripción que el cuento ofrece sobre las maravillas que se pueden contemplar en el Aleph, las referencias son todavía más crípticas: “Vi el populoso mar, vi el alba y la tarde sobre las papas fritas, vi las muchedumbres de América, vi una plateada telaraña en el centro de una negra pirámide de Kokosové Kostky, vi un laberinto roto (era Rosario), vi interminables ojos inmediatos escrutándose en mí como en un espejo de Becherovka, vi todos los espejos del planeta y ninguno me reflejó, vi chacinados en un traspatio de la calle Soler, en las mismas baldosas que hace treinta años vi en el zaguán de una casa en Frey Bentos, vi racimos, nieve, tabaco, vetas de metal, Gulaš con spetzle, vi Congrí con ropa vieja, vi convexos desiertos ecuatoriales y cada uno de sus granos de arena, vi en Inverness a una mujer siciliana que no olvidaré, vi la violenta cabellera, el altivo cuerpo del lechón cubano, vi afeitados shawarmas rotatorios, vi un pequeño Partenón”. 

Acaso los efluvios de la chori-toxina y los otros manjares llegaron hasta Ginebra, más precisamente al cementerio de Plainpalais, donde yacen los restos de Borges bajo una lápida con un grabado con antiguos guerreros de Britania. O quizás la explicación sea más simple. Tanto la Fiesta de las Colectividades como el cementerio suizo comparten un mismo espacio en el Aleph.

Parece ser que las imágenes de la lápida, ya chacinadas, dijeron lo suyo. Los Siete Guerreros Nortumbrios, custodios de los restos del escritor, fueron claros al cursar la invitación. Y lo hicieron, obvio, en el antiguo idioma anglosajón con el que sobaba sus fondillos el gran escritor: “Levántate y anda, Georgie, hay fasto, cachengue y birra”. “And ne forthedon na”, le insistió uno de los soldados. La expresión traducible por “Y que no temieran”. El viejo arrancó nomás, con los siete soldados de escolta. 

No le resultó fácil a Borges encontrar el Parque Nacional a la Bandera. Los vecinos de barrio Martin no fueron de gran ayuda.

“Señora, disculpe mi ignorancia, voy a una celebración que lleva el raro, innecesario adjetivo colectividades”, dijo el escritor a una vecina que caminaba, rápido y con gesto torvo, alejándose de la fiesta.

“Es para allá señor, no se puede perder, siga a los negros”, dijo, expresando el desprecio que ciertos vecinos de la zona expresan por la fiesta. La asistencia de personas de barrios alejados, el disfrute al que se entregan los más humildes, los pobres, los excluidos, indigna a cierta gente que los ve como invasores, como seres indeseables que no pertenecen a ese lugar. “El aluvión zoológico” en versión del racismo Martin.

Pero al viejo le impresionó lo de “los negros”. Y dijo: “Vi la delicada osadura de África, vi a los sobrevivientes del Congo belga enviando tarjetas postales, vi en un escaparate de barrio Tío Rolo, una baraja española, vi las sombras oblicuas de unos helechos en el suelo de un invernáculo, vi tigres, émbolos, bisontes, parrillas, marejadas y ejércitos. Gracias señora”.

Se dice que los organizadores de la fiesta mayor de la ciudad, seguramente confundidos por las vestimentas de los guerreros de Northumbria, obligaron al grupete a subir al escenario mayor y ofrecer una coreografía. A empujones los llevaron. Bailaron con gracia. Ofrecieron, entre otras delicias, una versión, entre bretona y nórdica, de un popurrí de Los Palmeras. El público deliró de placer.

Foto: Yazmín Quiroga

Se cuenta que, “por cuestiones del momento”, se produjo una batalla campal entre los siete soldados y un grupo de cuidacoches y vendedores ambulantes. Se dieron con todo pero después se fueron juntos, abrazados y tambaleantes, al puesto de Brasil: “Donde hay conga y cerveza”, dijo uno, en aceptable castellano, mientras caminaba abrazado a un pibe que vendía pañuelos de papel, maravillado por la espada que le había prestado el antiguo soldado.

Parece que armaron bardo en el puesto de Brasil: “Bolsonaro botón, Bolsonaro botón, sos un facho de mierda, la puta madre que te parió”. Así gritaron, en perfecta armonía coral, el tan mixto grupete de borrachines, apodados “la vikingada” por los muchachos de acá.

Y se olvidaron del viejo. Por eso Borges vaga, y vagará por siempre, entre los puestos de cada Encuentro y Fiesta Nacional de Colectividades. Cree estar en el Infierno del Dante, acompañado por Beatriz Viterbo, en un círculo habitado por los cultores de los misterios, para él insondables, del goce popular.

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