“El indio pasa la vida robando o echao de panza; la única ley es la lanza”. “El indio lo arregla todo con la lanza y con los gritos”. Parecen frases de Domingo Faustino Sangriento discriminando a los originarios, pero son textos de La vuelta de Martín Fierro, de José Hernández (475-486), publicado en 1879, en 20 mil libros. Las otras caras y facetas del personaje de la obra más famosa de la literatura gauchesca y los zigzagueos políticos de su autor.

”Obedezca el que obedece/y será bueno el que manda”, advierte en otras líneas. «No salvan en su juror ni a los pobres angelitos: viejos, mozos y chiquitos, los mata del mismo modo”.

Tampoco las mujeres y los afros las pasaron bien en su versos. La frase de refrán “va cayendo gente al baile”, viene de las líneas de Fierro: “Al ver llegar la morena que no hací caso de naides, le dije con la mamúa: «va ca…yendo gente al baile». La negra entendió la cosa y no tardó en contestarme mirándome como a perro… «más vaca será tu madre». Y dentró al baile muy tiesa, con más cola que una zorra, haciendo blanquiar los dientes lo mesmo que mazamorra”. Y agregó, «Negra linda». Me gusta pa la carona, y me puse a tararear esta coplita fregona…”.

Estas ideas son fuente de inagotables críticas y nuevas lecturas. “El racismo, la xenofobia y las diatribas contra los indios que ofrecen sus versos quedan marginados de los estudios y la crítica”, sostiene Horacio Raúl Campos, en una nota titulada con una sentencia que Hernández pone en boca de Fierro, referida a los indios: “Nunca ríen, nacieron ladrones y son roncadores”.

Campos, en el artículo publicado por la Agencia Auno (Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Lomas de Zamora, 2015), advierte que Martín Fierro, la poesía que fue elevada como obra cumbre argentina por Leopoldo Lugones, “muestra versos claramente xenófobos y racistas”.

“En no pocas sextinas de José Hernández se lee discriminación, menosprecio y hasta violencia de género. Los versos de esa obra están plagados del viejo recurso de la animalización de personas, que no es un invento de ese guerrero y periodista, porque el motivo se remonta a la antigüedad”, agrega el investigador.

“Leemos que son borrachos, dormilones y roncadores; asesinos, invasores, recelosos, salvajes, secuestradores, ladrones, infieles, feroces y crueles; malditos, furiosos, astutos, vengativos, vagabundos, brutos y amenazantes y fieros de condición”, indica Campos. Y añade que ese conocimiento de los indios es contado por Fierro, luego de haberse refugiado y vivido en los toldos al escapar de los milicos.

Campos subraya: “El sistema escolar, especialmente después de que Lugones legitimara esa obra, hizo propia la poesía de Hernández y los tiernos y no tan tiernos escolares leen esos versos sin ningún espíritu crítico y, lo que es peor, esos escolares después serán maestros o maestras; dirigentes de toda índole, curas, militares, funcionarios, patrones, jugadores de fútbol, mozos, taxistas, periodistas o escritores”.

Sobre lo molesto que resultaba para los estancieros no poder tener más tierras libres de toldos, Campos recuerda que “ya estaban batidas las Montoneras federales, consumada la destrucción de Paraguay y ahora había que ir por los indios, para incluir al país a la división internacional del trabajo, una forma de globalización”.

Dos Fierros

La primera parte del Martín Fierro es de 1872 y la segunda de 1879, durante las presidencias de Sarmiento y de Avellaneda. “Son años en que se debate sobre qué hacer con los indios. Es decir, de qué manera desplazarlos o eliminarlos, porque estaban en una de las tierras más fértiles del mundo”, remarca Campos.

“Es tenaz en su barbarie, / no esperen verlo cambiar; / el deseo de mejorar / en su rudeza no cabe: / el bárbaro sólo sabe / emborracharse y pelear”, dice el texto legendario. El investigador apunta: “Leemos una grave condena a un sector social, porque al no tener deseos de mejorar, ¿cuál es la solución? El asesinato y la esclavización, que es lo que sobrevino y se buscaba”.

Tras su experiencia y conocimiento adquirido en el territorio, Hernández escribió en 1881 Instrucción del estanciero. Consejos para administradores, encargados o capataces de los establecimientos camperos.

Campos, autor de trabajos sobre racismo, xenofobia y violencia de género en la literatura, se pregunta: “¿Qué se juega básicamente en esa apuesta poética contra los indios que habitaban las ricas praderas bonaerenses? Se trata de su propuesta pastoril mera exportadora de materias primas para la Argentina”.

En este texto, Hernández resalta: “Por muchísimos años hemos de continuar enviando a Europa nuestros frutos naturales, para recibir en cambio los productos de sus fábricas. La América es para la Europa la colonia rural. La Europa es para la América la colonia fabril”.

En el prólogo de La vuelta de Martín Fierro, Hernández aconsejaba “la perseverancia en el bien y la resignación en los trabajos”, con el objetivo de “afirmar en los ciudadanos el amor a la libertad, sin apartarse del respeto que es debido a los superiores y magistrados”.

De este período, el historiador Felipe Pigna señala: “Hernández había encontrado otros rumbos políticos. Había hallado su lugar en el Partido Autonomista, por el que llegó a senador, y sintió que el país estaba cambiando, que Fierro debía volver a la «civilización», dejar las tolderías y la marginalidad y aceptar el lugar que le asignaba la nueva Argentina”.

Nacido en una chacra de la actual Villa Ballester, un 10 de noviembre de 1834, Hernández es recordado por “representar” la tradición argentina. Recorrió el campo, exilios y pasillos legislativos. Murió el 21 de octubre de 1886. “No alcanzó a ver cómo aquella clase dirigente que había estigmatizado al gaucho, que había usado ese término como un insulto, cambiaba radicalmente el uso del término al referirse a un gaucho ideal sin modificar un ápice la explotación y marginación ejercida por ellos mismos sobre el sujeto social de carne y hueso”, analiza el docente de Ciencia Política Pablo Vázquez.

El regreso calmo

En La vuelta de Martín Fierro, (1879), Hernández dirá: “El que obedeciendo vive/ obedezca el que obedece/y será bueno el que manda”. Su adhesión al roquismo –dice Pigna– se explicitó como uno de los firmantes del manifiesto de fundación del partido Autonomista Nacional (PAN), en su reconciliación con Mitre y Sarmiento.

Fueron sus estudios en la cuestión agropecuaria que lo hicieron publicar en 1881 la Instrucción del Estanciero, ya alejado del alegato social del Martín Fierro y más cercano al ideario agroexportador del roquismo.

Reinvención del gaucho

El antropólogo y abogado porteño Santiago Álvarez, autor de Indios, gauchos y negros, el otro en la literatura Argentina del siglo XIX, remarca que “en la segunda parte del poema Hernández se olvida del hombre Martín Fierro y construye un mito”. En adelante poseerá todas las características que lo convierten en un símbolo: “nobleza, honor, hermandad y fraternidad”.

“El nacionalismo de comienzos del siglo XX tomó del Martín Fierro todo lo útil a sus ideas. El gaucho terminó convirtiéndose en una figura legendaria e idealizada representando el verdadero argentino”, advierte Álvarez.

El término “gaucho” comenzó a ser usado como sinónimo de nobleza, de desinterés frente al “inmigrante, de los malones rojos, los nuevos enemigos a «civilizar»”.

En tanto, la llegada de inmigrantes, con otros pasados e ideas sociales atrevidas, preocupó a los nacionalistas y tradicionalistas que buscaron imponer la imagen liberal que no reconoce la diversidad y excluye a afros, indios y gauchos libres, además de los inmigrantes.

Desde la Sociedad Rural se buscó que la patria sea reemplazada por la estancia, mientras que con la conducción de Gerónimo Momo Venegas en la Unión Argentina de Trabajadores Rurales y Estibadores (Uatre), hubo una cercanía a esos patrones estancieros y al gobierno macrista, pero no a los derechos del peón rural y la reparación de la dignidad del descendiente del gaucho libre.

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