AMLO

Mantené los 2 metros de distanciamiento - Provincia de Santa Fe

 

Durante mucho tiempo se consideró a la Historia como una generosa y sabia maestra de vida que enseñaba múltiples cosas a la humanidad a través de una operación simple: asomarse al pasado para no cometer errores en el presente. De carácter medieval, esta idea sobre la capacidad de la memoria y las vidas ejemplares, la hagiografía, fue quedando en desuso y se generaron otros conceptos e ideas sobre el uso de la Historia; maestra o no, sin embargo, la Historia permite comprender procesos y hondas repercusiones a través de ejercicios paralelos en diferentes temporalidades. He aquí un ejemplo.

A un año en el ejercicio del poder, Andrés Manuel López Obrador (AMLO) ha emprendido una serie de dramáticos cambios en distintos ámbitos, que van desde lo político hasta lo administrativo entre otras cuestiones, por ejemplo, lo tocante al Sistema de Administración Tributaria y un despido masivo de empleados, o el cambio de rumbo en los contenidos deseables del sistema Conacyt (Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología de México), el asunto de recortes presupuestales a las universidades públicas, el famosísimo huachicoleo (robar combustible perforando los oleoductos) entre otros: el argumento más potente para todos estos cambios ha tenido como denominador común una condena moral al asunto viejo y recurrente de la corrupción. LA CORRUPCIÓN, así con mayúsculas.

La corrupción, que originalmente se entendía como la descomposición de un cuerpo muerto, ha acompañado de manera ignominiosa a los desarrollos históricos y culturales de Latinoamérica y precisamente establece un parteaguas entre una calidad moral superior y otra a la que se señala como inferior, disfuncional, indeseable. Este argumento per se parece dotar al gobierno lopezobradorista de una legitimidad amplia al momento de emprender una cruzada sin precedentes en contra de la multicitada corrupción.

El caso es que nuestro desarrollo histórico ya había experimentado un proceso con innumerables similitudes, mismo del que me gustaría hablar ahora un poco: me refiero a las llamadas reformas borbónicas. Se le ha denominado así al proceso de cambio entre las casas gobernantes de España: en 1700 muere Carlos II de Austria o Habsburgo, último de esa dinastía y toma el poder la de los Borbón, encabezada por Felipe V. Se debe remarcar este particular toda vez que este cambio de casa gobernante supuso diferencias radicales en términos de casi todos los ámbitos de la vida política y económica; absolutistas los primeros, ilustrados los segundos. Viene al caso el asunto porque el gobierno de López Obrador ha fundado su legitimidad en evidenciar que tiene substanciales diferencias con el o los regímenes anteriores a su gestión, al PRI y al PAN, para ser precisos.

Las reformas borbónicas no fueron sólo un cambio discursivo: tenían como fin primordial hacer más productivas a las colonias americanas para que generasen mayor riqueza a la metrópoli. En el transcurso del siglo XVIII, en la Nueva España se había consolidado una élite local de criollos ilustrados, formados y educados por la orden de los jesuitas, muy independientes por cierto del poder Real. Loas criollos dominaban, por ejemplo, las instancias económicas a través de una corporación monopólica denominada Real Consulado de Comercio, que “arrendaba” a la Corona el privilegio de comerciar entre Nueva España y la península a cambio de cantidades fijas; dominaban también el poder político a través de la Real Audiencia, instancia judicial superior de la Nueva España. Trataron de hacerse del control de la minería, acaso una de las fuentes más ricas de la Corona. Tenían, en suma, demasiada autonomía que en nada ayudaba a consolidar el poder de la nueva casa gobernante de los borbones. El virrey, representante personal del monarca en tierras novohispanas, poco servía de contrapeso.

Bajo esas circunstancias, en 1765 arribó a Nueva España un abogado llamado José de Gálvez, nombrado por Carlos III como Visitador General de la Nueva España: podríamos sin duda establecer paralelismos con Alfredo Castillo, aquél que fue nombrado en 2014 por Peña Nieto para encabezar la inventada Comisión para la Seguridad y el Desarrollo Integral de Michoacán: a la postre le apodarían “El virrey”.

El caso es que, volviendo al tema, Gálvez venía investido de poderes casi omnímodos para garantizar que las nuevas ideas sobre el poder y la administración se ejecutaran de manera real y expedita. En un diagnóstico rápido, Gálvez expresó que la causa de todo problema novohispano eran los criollos, por supuesto, pero sobre todo sus prácticas que tendían siempre hacia la corrupción. Por todo ello, procedió a desmantelar sus cuerpos de poder, expulsó a los jesuitas de tierras novohispanas, les quitó sus privilegios, dotó de elementos jurídicos al gremio de mineros para convertirlos en un contrapeso al gremio de comerciantes. Se ganó el apodo de El Visitador de Hierro por su dureza al momento de reprimir una rebelión de indios.

Se puede controvertir sin duda la idea de que primaba la corrupción en la vida novohispana: en realidad ese fue un argumento para generar un proceso simultáneo que combatía la dispersión del poder y que trataba de centralizarlo a favor de una nueva estructura que ayudara a consolidar a la casa Borbón. Si volvemos al tiempo presente, se puede observar que la utilización de la condena por corrupción de actores e instituciones formadas bajo el régimen anterior es un elemento simbólico presente en casi todo el discurso de López Obrador y que no está exento de razones, pero es, en todo caso, un excelente vehículo –no un fin– para destruir parapetos anteriores y construir, al mismo tiempo nuevos actores e instituciones que fortalezcan la también nueva estructura política. Visto así entonces, no debe sorprender que un acto de construcción para la gobernabilidad por parte de

esta administración, haya sido precisamente una especie de proceso que se asemeja a las reformas borbónicas –válgame– la comparación en el tiempo actual. El presidente tiene a su lado a una historiadora.

(*) Profesor e investigador de la Universidad Michoacana, adscripto a la Facultad de Historia, maestro y doctor por el Colegio de Michoacán. Miembro del Sistema Nacional de Investigadores.

 

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