Un seguimiento a primera vista de las noticias en los últimos tiempos, en muchas instancias del mundo, parecen tener como tema principal el asunto de las protestas sociales y por supuesto, la otra parte, el Estado que las reprime. Reinan en las imágenes elementos que parecían enterrados en los años setenta, los regímenes militares, los toletes, escudos antimotines, el gas lacrimógeno, los toques de queda; en el otro extremo los botes de aerosol, las grandes pancartas, movilizaciones sociales de gran escala y los golpes que llueven a los manifestantes de múltiples maneras, en chorros de agua a presión, balas de goma y cientos de ojos lesionados, como ahora ocurre en Chile.

El hecho es que al parecer nuestra percepción de la violencia ha dejado de ser una conmoción esporádica y más bien, a fuerza de repetirse de manera cotidiana, se ha “normalizado”, si es que cabe el término: leemos entonces las noticias a veces con lejanía o indiferencia y dejamos de lado una serie de reflexiones que no son asunto menor. Lo digo sentado frente a mi computadora en un país como México y en un estado (provincia) como Michoacán que tiene fama precisamente de ser un lugar donde la violencia es casi su quintaesencia. Eso no me arredra. No logro acostumbrarme a esas escenas, nadie debería hacerlo.

Cierto es que los primeros padres de la Historia, Heródoto y Tucídides, pusieron el interés justo en las guerras, que desde su perspectiva, cambiaron el entonces mundo conocido; para ellos, aparentemente la naturaleza humana estaba condicionada por una feroz necesidad de guerrear unos con otros, por motivos o razones demasiado oscuros como para hacerlos válidos. La Historia, hay que decirlo, ha sido una triste vocera de los acontecimientos violentos entre humanos a lo largo del tiempo, porque de ahí han derivado héroes y villanos, maniqueamente convertidos en buenos y malos. No digo que la Historia sea culpable de la violencia ni de enaltecerla: que conste.

Regresemos al mundo actual; vale la pena reflexionar un poco al menos en los tópicos de eso llamado “violencia legítima”. La existencia del Estado moderno ha tenido de hecho como fundamento o referencia obligada a la revolución francesa y a toda la explosión que conllevó la denominación de los Estados nacionales como nueva forma política –en detrimento de las viejas monarquías–, para dar realce a un valor central: la democracia moderna. Los componentes de ese cambio político, en realidad, tenían una base iusnaturalista –aludida en primera instancia por Thomas Hobbes y su Leviatán–, es decir, la enumeración y respeto a tres condiciones irreductibles para la existencia de la sociabilidad humana en este orden: la vida, la libertad y la propiedad. Estos tres, desde esa perspectiva, eran derechos que todo ser humano tiene al nacer y para garantizarlos se requería un pacto reflejado en eso que llamaron “el contrato social”, que como dije antes, sentó las bases para la existencia y consolidación del Estado moderno en el que la coexistencia pacífica era una prioridad. Para ello, el Estado se reserva, porque así se convino, el uso de la violencia a quienes traten de infringir o violentar los tres fundamentos antes dichos; ese poder de coerción y uso de autoridad se considera violencia legítima.

Pero ello genera entonces una contradicción fundamental: ¿hasta dónde la represión es válida, si atenta contra la vida misma de los ciudadanos?¿cuáles son los límites éticos y morales para detener, torturar y encarcelar a alguien, privándolo de su libertad? Quienes defienden al Estado utilizando la violencia, han obviado los fundamentos humanos del conglomerado social en aras de defender una entelequia llamada orden. Nada más inútil que eso: el Estado no existe per se y sólo tiene sentido en la voz y actuar de la sociedad. El pacto social y la violencia legítima se generó para defender a la colectividad humana de individuos sin ética ni moral, no para atacar de hecho a la colectividad.

No es posible, creo yo, defender la vida, la libertad y la propiedad arremetiendo en contra de la vida, la libertad y la propiedad. Es, sin duda, un contrasentido enorme.

(*) Profesor e investigador de la Universidad Michoacana, adscripto a la Facultad de Historia, maestro y doctor por el Colegio de Michoacán. Miembro del Sistema Nacional de Investigadores.

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