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Este chico era Fernando Báez Sosa. Lo mató una manada de rugbiers. Tenía 19 años. Fue en Villa Gesell, en verano, cuando los focos están puestos en los lugares de veraneo.

En otras villas, menos iluminadas por los medios, todos los días matan a pibes como él. Caen como moscas, víctimas de la violencia institucional, de la locura de una parte de la sociedad que no quiere darle lugar a “los negritos”, a “los mutantes”, a “los cabeza”.

Ojalá el asesinato de Fernando sea castigado por el Poder Judicial. Ojalá que el fiscal y el juez no caigan en la típica empatía con esa “gente como uno”.

Porque esa “gente como uno” es una manada de cobardes preparada desde la cuna para lo que hacen. Y lo que hacen es andar en patota por la vida atropellando a los otros como quien encara un scrum, pero contra el más débil, contra el que no puede defenderse de una manada salvaje y racista que admira a los negros de Nueva Zelanda pero aborrece a sus compatriotas “negritos villeros”.

¿Por qué siempre son rugbiers y no futbolistas, o jugadores de hockey o básquet? ¿Los clubes de donde salen estas manadas no tienen algo que decir? ¿Algo que ver, incluso, con ese comportamiento cobarde y criminal?

En la década de los 70 un equipo casi completo de rugby –de La Plata Rugby Club– fue desaparecido por la dictadura, así que no todos son iguales, ni clubes ni rugbiers. Pero convengamos que ese trágico episodio se inscribe en la excepción y no constituye la regla.

Ojalá el crimen de estos cobardes nos duela tanto como les duelen a muchas y muchos los pingüinos empetrolados, o los osos panda a punto de extinguirse, por los que son capaces de publicar decenas de fotos y realizar centenares de denuncias.

Ojalá los padres de los asesinos tengan un minuto para preguntarse cuándo fue que su hijo comenzó a dar señales de que podía llegar a matar, y por qué.

Ojalá que todas y todos aprendamos algo de este triste episodio que el espejo de la realidad nos devuelve, porque se trata de la verdadera cara de nuestra sociedad.

Fernando fue tirado como un cordero desde las alturas de la impunidad de clase a la pileta de la muerte.

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