Roberto Retamoso abre en De un glosar redundante un espacio de preguntas y respuestas sobre la literatura, la vida, la crítica, el deseo y la lengua. Su glosa no produce una distancia, sino que habilita ámbitos para una reflexión siempre en movimiento.

En De un glosar redundante (Editorial Fundación Ross, 2019), Roberto Retamoso construye un espacio de reflexión y análisis donde caben la vida y la literatura, y donde los límites entre estos dos órdenes se difuminan, se marcan y fluyen hacia distintos temas a través de un discurso siempre comprometido, situado en un contexto histórico y social. Si la glosa es “un texto que se escribe para hablar de otro, al que aclara, explica o repite en paráfrasis”, como se indica en la contratapa, queda claro que el acto de glosar, en la escritura de Retamoso, establece una distancia entre textos, autores, situaciones y objetos.
Pero no es una distancia en el sentido de alejamiento, ni implica una mirada aséptica ante el objeto de estudio. Por el contrario, es un espacio, un terreno abierto para la reflexión, el análisis y las preguntas que conducen a otras reflexiones y abre nuevos espacios.

El término “redundancia”, desde su raíz latina, nos hace pensar en el exceso, lo sobrante y el desbordamiento. En su origen, la palabra se refería a los líquidos, y más precisamente al fluir de las aguas del mar, al ir y venir de las mareas.

Esta imagen define en buena medida la actividad de pensar y escribir que desarrolla el autor. El texto fluye, va y viene entre la vida, la literatura, la política, lo personal y lo social-colectivo. Hay un vaivén de la lengua y el pensamiento al abordar cada tema, y hay asimismo un movimiento que desborda cada objeto de estudio.

La segunda parte del libro se abre con un texto titulado “Fluyentes/Fluencias”. Retamoso ejemplifica este movimiento con el del agua, el río, y las escrituras de Juan José Saer y Juan L. Ortiz. “¿Por qué fluye la escritura?… ¿Por qué razón hermética y atávica, la letra corre, desplegándose, como si no hubiese límite material o simbólico que pudiera detenerla?…”, se lee en la página 67. Y los límites materiales y simbólicos de la lectura, la escritura, la crítica y teoría literarias ocupan un lugar importante en el pensamiento fluyente que el texto ofrece.

Un glosar redundante está dividido en dos partes: “Glosario de(l) mí y “Glosas yoífugas”. En tiempos donde las denominadas “escrituras del yo” ocupan un lugar central en el canon académico y en la industria editorial, Retamoso, en cambio, se posiciona desde un lugar claramente situado políticamente, y también en un plano más amplio todavía, que provisionalmente podríamos denominar existencial.

El “yo” nunca queda reducido a la individual (o mejor: al individualismo propio de la sociedad neoliberal), sino que siempre produce una tensión entre lo personal-individual y lo social-colectivo.

Retamoso interroga el mundo. Ofrece muchas preguntas. Y también respuestas. Respuestas claras y contundentes, pero que, llevadas por el movimiento de fluencia que da ritmo y estructura al texto, abre siempre nuevos interrogantes.

El autor reflexiona sobre el acto de reflexionar, lee el acto de leer, escribe sobre y desde la escritura, ofrece una retórica sobre la retórica (“no podemos no ser retóricos”, se afirma en la página 118), y posa su mirada sobre la teoría literaria para teorizar y glosar la glosa desde distintos puntos de vista, siempre móviles y cambiantes.

El regreso, el volver a pasar por, definen la indagación de Un glosar redundante. La idea que contiene el origen de la noción de “reflexión” (“acción e doblar y curvar”) es permanente en el texto. El prefijo re- significa “ir hacia atrás, ir de nuevo” y la raíz flex- remite a “doblar”, “desviar”.

Retamoso trabaja con las palabras y conoce sus posibilidades y también sus límites. “¿Qué decir, cómo hablar entonces, de la experiencia….Por balbuceos, intentos fallidos, donde las palabras aluden –y también eluden– lo medular del asunto, siempre esquivo, siempre huidizo, siempre refractario al supuesto trabajo especular del lenguaje”, se lee en la página 59, dentro del capítulo “Apostillas de un análisis”, que fluye a partir de abordar cuestiones como el deseo, el amor y el análisis del análisis, “ese camino largo y sinuoso” que produce una deriva azarosa vinculada al deseo y al deseo de ser deseado.

El texto, y su movimiento permanente, apelan a un lector activo, que participa de esa danza del pensamiento y las palabras. El lenguaje es creación: “Crear lenguaje supone, entonces, crear palabras para después articularlas”, señala en el capítulo “La lengua alucinada”, donde vuelve sobre la idea de que el ritmo y fluencia sostienen el enunciado.

La palabra, se afirma, es algo del orden de lo atómico, de las menores unidades tomadas en sí mismas. “Crear palabras supone, entonces, crearlas para después articularlas”, señala el autor, para volver, una vez más, sobre la noción de fluir: las palabras se crean “para hacerlas flujo, cadencia, aún cuando sean un simple tarareo”.

De un glosar redundante puede leerse también como el cuaderno de bitácora de un autor y un académico que dedicó buena parte de su vida a la reflexión crítica, la creación literaria y la enseñanza. Describe un recorrido vital por el universo de las letras, y la reflexión y teorización sobre ellas. Es la historia de un lector, profesor y escritor que se pregunta, indaga, y vuelve, una y otra vez, sobre su objeto de estudio, con pasión, paciencia y compromiso.

Roberto Retamoso es profesor y doctor en Letras de la Facultad de Humanidades y Artes de la Universidad Nacional de Rosario (UNR), donde se desempeñó como docente durante más de treinta años. Publicó libros de crítica y ensayo, como Las dimensiones de lo poético, Figuras cercanas, Oliverio Girondo: el devenir de su poesía, Apuntes de Literatura Argentina, El discurso de la crítica y Metafísica en Roberto Arlt, Macedonio Fernández y Leopoldo Marechal. Es autor de poemarios, entre los que pueden mencionarse Preguntar del hijo, La primavera camporista y otros poemas, Teoría de la lectura, El Diecisiete y Tangata rosarina. Publicó asimismo las novelas Las aguas cárdenas y Prosopopeya.

Junto a Roberto García, el autor forma parte de la Escuela de Literatura de Rosario “Aldo F. Oliva”, que funciona junto con la Cooperativa Mercado Solidario en el Trocadero (Santiago 989, Rosario).

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