Yo no sé, no. Cuando éramos pequeños nos divertíamos ocultándonos. La primera vez, recuerda Pedro, fue en en campo en una estancia de Villa Eloisa, donde los viejos estaban trabajando. A él le habían agarrado cariño todos y particularmente la dueña, una inglesa que en su sillón de ruedas siempre estaba atenta y al niño Pedro lo trataba como a un hijo, pese a que ella ya tenía tres. Lo cierto es que a Pedro le habían enseñado los peligros: uno era el tractor con el motor encendido, otro no acercarse al lugar en el que estuviera la chancha con sus crías, y por último donde estaban las abejas. Todo eso durante el día, y de noche, que estuviera en su cuarto. Un día, Pedro rescató un gatito y ante el temor que no lo quisieran en su cuarto, se escondió con él en una caja de cartón. Bueno, en realidad se quedó dormido junto al gatito bueno, lo agarró la noche y si bien sintió temor, porque a eso de las 9 de la noche vio un montón de luces a campo abierto, lo estaban buscando su madre, la inglesa y toda la peonada. Él se quedó en silencio por temor al tirón de orejas y aparte porque cada vez que Pedro abría los ojos, lo veía al pequeño felino mirándolo  atentamente a él. En ese momento sintió que nada podría pasarle, a lo sumo ser descubierto, pero ninguno de los peligros conocidos lo agarraron dormido. Ni el tractor, ni las abejas, ni la enorme chancha. Su gato seguro le avisaría. Y cuando lo encontraron, entre lágrimas y sonrisas, no hubo reto alguno, sólo abrazos y aplausos. 

Otra vez, ya en su barrio actual, o sea en el sur de Rosario, con una piba a la que Pedro venía mirando desde hacía un par de años, se quedaron un par de horas más de lo que le habían permitido a ella y los agarró la noche. Tendrían unos 12 años y Pedro sintió que nada les pasaría si se quedaban tomados de la mano, más que ser descubiertos por sus padres. 

Una vez, jugando un partido, había un jugador en nuestro equipo que tenía una forma de jugar que parecía que se ocultaba y que aparecía en los momentos importantes. Y así ocurrió. En una tremenda corrida, y eludiendo adversarios, se metió con pelota y todo en el arco contrario. Todos los del equipo rival lo miraban como preguntándose: ¿y éste de dónde salió? 

Meses antes del Golpe genocida del 24 de marzo del 76, con los compañeros ya estábamos tomando muchas precauciones, por la situación que se vivía, y cuando bajaba el sol no nos sentíamos seguros. Pedro recuerda caminar hasta 12 cuadras para, desde un teléfono público, decirle a Estella: “Estoy bien”. La voz de ella lo tranquilizaba y aparte se imaginaba a aquel primer gatito que tuvo oculto, que lo acompañaba y le hacía sentir que nada le pasaría. 

Después, durante la dictadura, la cosa se empeoró y había que evitar el contacto social con los cumpas, sólo lo necesario. Ya para ese entonces, el horror recorría toda la gran Patria. En la Banda Oriental (Uruguay), Chile, Brasil, eran azotados por sangrientas dictaduras. Hoy, a días del 24, los recordamos a todos. Hoy, que un virus nos hace que tomemos distancia social, Pedro me dice que si tomamos las precauciones debidas, pero no nos ocultamos, imaginando la compañía de un gato, la mano apretada de una querida, la voz en en el teléfono de algún compa, diremos: “30.000 detenidos desaparecidos ¡Presentes! Ahora y siempre. Hasta la victoria, siempre.

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