La peste arrasó con las bases del discurso de la derecha y las corporaciones. Los países sin un Estado presente, sin un sistema de salud pública fuerte, son los que sufren más. El avance de lo privado en detrimento de lo público es una enfermedad moral que se cobra millones de vidas.

Desde el Decamerón de Bocaccio (siglo XIV) a La peste de Albert Camus (1947), por sólo nombrar dos ejemplos célebres de producciones culturales que tienen a las pandemias por tema central, estas crisis producen una conmoción que deja las entrañas de la sociedad expuestas: todo lo mejor y lo peor sale a la luz. La angurria, el egoísmo, la especulación, el uso del miedo con fines políticos y económicos, y también los actos de entrega y la solidaridad. Las pestes, además, arrasan con muchos de los eufemismos y las mentiras que sostienen el statu quo. La pandemia golpea también al sentido común dominante propalado por los medios hegemónicos al servicio de los poderes fácticos.

En el caso concreto del coronavirus, la primera víctima fatal fue la sarta de mentiras que utiliza el capitalismo neoliberal, que se compone de consignas como “achicar el Estado” o considerar la inversión social como un “gasto”, y que produjo, durante las últimas décadas, un avance de lo privado sobre lo público, con la consiguiente privatización, en beneficio de las grandes corporaciones, de todos los aspectos de la existencia humana.

Europa destruyó, en un proceso progresivo, que llevó décadas, su otrora estado de bienestar, por eso es hoy uno de los lugares más afectados. Y en EEUU la salud siempre fue un negocio más, el que con más angurria capitalista se despliega. Sólo los ricos pueden curarse en ese país.

La pandemia demuestra que, ante catástrofes naturales, la presencia del Estado es fundamental. El mercado no sólo no ayuda a combatir los daños, sino que los profundiza en función de sus intereses.

“Lo que ha revelado esta pandemia es que la salud gratuita, nuestro estado de bienestar, no son costos o cargas, sino bienes preciosos, y que este tipo de bienes y servicios tienen que estar fuera de las leyes del mercado”. Esta declaración no pertenece a Nicolás Maduro, ni a ningún mandatario de izquierda, ni popular, ni populista. Lo dijo el presidente de Francia, Emanuelle Macron, con una cuota de cinismo e hipocresía propias del discurso neoliberal.

Macron gobierna para las multinacionales. Sus medidas produjeron un avance decidido de lo privado frente a lo público y hace más de un año que las protestas incendian ese país para rechazar este tipo de políticas.

Y hasta el gobierno alemán analiza la posibilidad de nacionalizar temporalmente empresas de sectores energéticos que puedan verse afectadas. Como primera medida paliativa, Angela Merkel destinará créditos sin límites para respaldar a las empresas que sufran las consecuencias negativas de la epidemia. La inyección de dinero podría ascender a medio trillón de euros.

En medio de esta pandemia de cinismo e hipocresía, la titular del Fondo Monetario Internacional (FMI), también salió a decir lo suyo, siendo que las políticas de ajuste del gasto público, especialmente en salud, que impone el FMI se encuentran entre los principales motivos del colapso de los sistemas sanitarios de los países que hoy más sufren la pandemia.

“Las medidas fiscales ya anunciadas se están implementando en una serie de políticas que priorizan inmediatamente el gasto en salud y los necesitados”, escribió la directora del FMI, Kristalina Georgieva, en su artículo titulado “Acción política para una economía saludable”.

Georgieva se acuerda ahora de “los más necesitados”, pero sigue considerando la inversión estatal en salud, un “gasto”.

En EEUU, más de 30 millones de personas no poseen ningún tipo de cobertura en salud, y otros 40 millones sólo acceden a planes que cubre poco y nada, y los obligan a pagar costos muy elevados. Un examen de coronavirus cuesta más de tres mil dólares en EEUU. El Parlamento está intentando aprobar una ley para que se hagan en forma gratuita.

El presidente Donald Trump declaró la emergencia nacional para que en esta circunstancia el Estado haga lo que nunca hizo. Pero no alcanza. No se puede inventar un sistema de salud pública donde nunca existió.

La pandemia dejó al desnudo asimismo la perversidad del sistema laboral en EEUU, donde ninguna ley federal obliga a las empresas a pagarles licencia por enfermedad a sus trabajadores. Ante la emergencia, el Congreso aprobó un proyecto de ley para dar licencia por enfermedad a los trabajadores, un concepto desconocido. De todos modos, esta medida, que todavía debe pasar por el Senado, no se aplicará a las grandes corporaciones del país.

En un artículo publicado en The Guardian y citado por Página 12, el ex secretario de Trabajo durante el gobierno de Bill Clinton, Robert Reich, afirmó que “en lugar de un sistema de salud público, tenemos un sistema privado con fines de lucro para las personas que tienen la suerte de pagarlo y un sistema de seguro social desvencijado para las personas que tienen la suerte de tener un trabajo a tiempo completo”.

Ante la emergencia, la población estadounidense salió a comprar armas, y las grandes corporaciones compiten por el negocio de la vacuna. Cuba envió médicos a las zonas más afectadas del planeta y permitió atracar un crucero británico con personas infectadas que había sido rechazado por los otros países.

Desidia planificada

En la edición del 18 de marzo, con la firma de Martín Granovsky, Página 12 publicó un informe titulado “Coronavirus: los gobiernos conocían el peligro pero no hicieron nada”. El artículo se basa en un documento elaborado por el Banco Mundial (BM) y la Organización Mundial de la Salud (OMS) bajo el título “El mundo en riesgo”. Allí se afirma que los gobiernos “sabían ya en septiembre de 2019 que una pandemia era posible” y se denuncia “la desidia de la mayoría de los gobiernos”.

El documento revela que “por no invertir a tiempo en prepararse para una pandemia ahora se deberá gastar diez veces más”.

El concepto de preparación incluye la capacidad, el conocimiento y la organización de los gobiernos, las comunidades profesionales y los individuos de “anticipar, detectar, responder y recuperarse del impacto de una probable, inminente o real emergencia en salud”. Nada de esto se hizo. En realidad, se hizo lo contrario.

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