Con esta nueva columna damos inicio a una nueva sección en El Eslabón, la de folletines o novelas por entrega. Este relato es absolutamente ficticio, pero está inspirado por un hombre que vivía cerca del río junto con su perro, con el que dialogaba constantemente. A él le debemos, en consecuencia, la génesis del relato.

CAPÍTULO 1

No piensa: escucha. Escucha el ruido del agua, monótono, regular, que se oye cuando los remos penetran, oblicuos, la superficie calma del río.

Uno, dos, uno, dos…, podría alguien puntuarlo, marcando el ritmo sostenido -de intervalos que no son ni largos ni cortos, sino algo intermedio entre la brevedad y lo extenso-, pero no hay nadie que pueda hacerlo, porque va solo.

Solo por el medio del río, al mediodía de un sábado de verano, dejando atrás la ciudad, que de a poco se transforma en un conglomerado de casas y algunos edificios que se alzan entre ellas, y que se va ensanchando cada vez más, mientras la isla se agranda.

De modo que no hay distancia entre el ruido que provocan los remos al penetrar el agua y su conciencia, porque en vez de pensar –algo, nada, lo que fuese–, oye. Oye el ruido que provocan los remos al penetrar la superficie infinita del agua.

¿Estará poseído por ese trabajo esforzado, intenso, que lo conduce a la isla, como si lo hubiese sacado de sí convirtiéndolo en un mero instrumento de la propia acción, que parece haberse independizado de quien la ejecuta, hasta transformarlo en su encarnación concreta, o quizás adormilado, entregado a un entresueño que provoca el sol, y los reflejos del sol que devuelve el agua, en medio del calor que se despliega sobre el río y lo abraza, tedioso, mientras rema, insistente, intentando vencer al cansancio?…

No lo sabemos, y acaso de se trate de ambas cosas.

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