Yo no sé, no. El día que salimos solos, recuerda Pedro, nos fuimos al Parque Independencia y, si bien vivíamos cerca, salimos con mil recomendaciones de nuestros viejos ya que apenas teníamos 6 años. Recuerdo que era un domingo y muy temprano encaramos para la montañita que estaba frente al laguito. Era todo un desafío y desde la cima nos imaginábamos estar en las sierras, mirando un mar.

Llegamos tan temprano que casi no había nadie, pero de pronto empezó a llenarse tanto que hasta la islita parecía estar habitada por humanos. Por cierto, siempre nos decían que allí, en una pequeña casillita, vivía un hombrecillo y una mujercita que sólo salían cuando la isla estaba en peligro, para defenderla.

Cuando tenía 12 años, a tres cuadras maso de la Anastasio Escudero, por Acevedo, vivía una piba. Un viernes, cuando volvía de la escuela, Pedro se acercó hasta la casa con la excusa de darle la tarea. Doña, ¿cómo anda su hija? Le preguntó a la señora que regaba sus claveles. Bien, está mejor, respondió. Ahí la llamo. Y cuando ella salió, media pálida por el encierro, él le preguntó cómo andaba. Mejor, dijo ella, se me está pasando el catarro, pero no te acerques demasiado. Él pensó que era por la madre, que no les sacaba el ojo de encima. Es por la tos, dijo ella. Pedro igual se acercó y luego de darle unas hojas le dijo: ¿Querés salir conmigo? Ella recuperó el color en la cara y sonriendo le dijo, bajito pero convencida, ¡sí!

Ya con 14 años, jugando un partido en el Puente Gallego, teníamos un arquero que te atajaba todas bajo el arco pero que hacía agua cuando salía. Ese día, además, nos faltó el 6, que se cabeceaba todas como el Chino Mesiano.

Y bueno, el arquero nuestro ese día aprendió a salir y a descolgarla todas.

Una noche, salimos con las compañeras del Superior a pintar con aerosol contra la represión en el cole y Pedro les dijo a las compañeras: ¡Miren, ustedes escriben, porque yo aparte de las faltas de ortografía no se me va a entender la letra. Yo me responsabilizo de la seguridad y de que salgamos todos bien. Y así fue.

Ahora, que vemos que lo mejor es no salir, y esperemos que no dure mucho, Pedro, me dice: Estamos confiados de que de esta salimos. Y volveremos a trepar montañas. Y volveremos a invitarnos a salir, para querernos, para besarnos. Y volveremos a salir a descolgarlas todas, y también a salir a pintar alguna pared puteando a los miserables del poder económico.

Pedro, por la ventana, ve a unos pibitos jugando y haciendo la tarea. Me mira, se sonríe, y me grita: Sabés que, aunque estemos adentro, ¡estamos saliendo!

 

Fuente: El Eslabón

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