Yo no sé, no. Pedro recuerda que cuando éramos pibitos y vivíamos en la calle Zeballos casi Callao, estábamos siempre atentos al movimiento de los vecinos, sobre todo de los que iban a la verdulería de los padres de Gracielita, que vivía en la misma cuadra. Un día, con casi 6 años, nos quedamos en la puerta, entre los cajones de fruta, y cuando aparecía una señora mayor, le decíamos: Doña, ¿la ayudamos con lo paquetes? Y más de una, después de una sonrisa, tocándonos suavemente el flequillo, aceptaban. No recibíamos plata, sólo nos agradecían con alguna fruta.

A veces, en víspera de alguna fecha festiva, estábamos atentos a los paquetes de regalos de navidad y reyes, atentos a los de la pascuas, a los del 1° de mayo, porque cuando éstos venían de la carnicería, seguro había asado.

Y cuando se acercaba la fecha del aguinaldo, seguro que entre otras cosas venían en los paquetes las zapas nuevas o el pantaloncito de Central, o de ñubel en el caso de Angelito, el hermano de Gracielita. Y también para algún cumple mirábamos atentos la forma del paquete, si era redondo seguro era una pelo, y si era media alargado capaz era una ametralladora, como la que usaba el Sargento de Combate.

Cuando éramos un poco más grandes, ya en la zona sur, se nos daba por patear algún paquete de basura. Por aquellos tiempos no había bolsas y pocos eran los contenedores.

Un día, en barrio Acindar, estuvimos como tres cuadras jugando a los toques y a tirar paredes con uno que parecía una pelo. Al otro día, cuando nos hacíamos los lindos, una piba –Susana se llamaba– nos dijo: Salgan, ustedes lo único que saben hacer es jugar al fútbol con cualquier cosa. Y hablando de fútbol, recuerdo cuando en un pan y queso a Froilán lo dejaron para lo último. Todos decían: Ese es un paquete con la pelo. Y para sorpresa de todos, el Froilán, a los 20 minutos de ese partido, empezó a desatarse y la pisoteaba como el mejor. Y después, en los otros pan y queso, era uno de los primeros en ser elegidos.

Una noche, en el bar de Oroño y Mendoza, con algunos cumpas al ver el bulevar y sus casas, algunas casi mansiones, llegábamos a la conclusión de que alguien había armado mal el paquete. Era como si la ciudad se dividía en barrios paquetes. Entre los bulevares, el paquete de la abundancia, y luego un paquete rústico. Y alejados del centro, paquetes por hacer y otros llenos de necesidades. Y hablando de los cumpas, Pedro me dijo que él y un grupo de aquellos años, vía mensajes, se estaban intercambiando paquetes y paquetes de buenos recuerdos.

Hoy, cuando vemos los paquetes de morfi que aparecen y que ya hay pocos en los contenedores de basura, Pedro me dice: Me muero por ir a patear un paquete y, después de hacer unos jueguitos, pegarle una volea. Y también pegarle una volea a todos aquellos que nos impusieron los paquetes neoliberales y del coloniaje.

Ahora hay que estar lo mejor atrincherado posible, me dice vía mensaje mientras recibe a un cadete que le trae alguno paquetes con víveres. Y cuando salgamos de esta, va a hacer falta que se implemente en profundidad una serie de paquetes de medidas que hagan parejito el asunto.

Yo miro por la ventana y veo unos muchachos llevando paquetes para repartir, y a las chicas de la salita del Champagnat entregando paquetes de remedios. Y quizás, en medio de esta pandemia, se desate un gran paquete que deje salir lo mejor de nosotros. Y me digo a mí mismo: ¡¡¡Que no se detenga, que no se detenga!!!

 

Fuente: El Eslabón

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