“¡Chequeá la fuente, bobo!”. El meme protagonizado por el célebre Gordo de Central circula por las redes en forma de sticker, irrumpe en grupos de WhatsApp como respuesta a noticias de dudoso rigor periodístico que se replican como estornudos en otoño.

Las teorías conspirativas se viralizan y se contagia la conspiranoia, ese rejunte de narrativas conspiracionistas y delirios paranoides que desde el Los protocolos de los sabios de Sion –aquel panfleto de 1902 que justificaba el exterminio de judíos–, pasando por la negación del Alunizaje de 1969 y las múltiples conjeturas en torno al atentado a las Torres Gemelas de 2001, vienen desfilando por foros virtuales y charlas de sobremesa a lo largo y a lo ancho del planeta.

En esa bolsa de generalidades podemos meter terraplanistas y antivacunas, entre otros seres de luz, a quienes se suman los nuevos negacionistas que relativizan las medidas sanitarias de prevención, azuzan la ruptura del aislamiento social y señalan a Xi Jinping, Vladimir Putin, Donald Trump o Bill Gates de ser los padres del nuevo bicho maldito.

Capítulo aparte merecen quienes ven en el Covid19 un castigo divino como respuesta a pecados tales como el avance de un proyecto oficial que contempla la legalización del aborto, algo similar a lo que ocurrió a principios de los 80 del siglo pasado con el HIV, que venía a limpiar el mundo de disidencias sexuales, libertinos y divorciados.

Ilustración: Facundo Vitiello

Infoxicación mediática

La “Infodemia” es el mal de la sociedad sobreinformada. Una dolencia también conocida como “infoxicación”, tal cual definió el investigador catalán Alfons Cornella al hecho cotidiano de tener acceso a tanta información que nuestra capacidad para comprender se ve limitada. La lectura fragmentada y una deficiente interpretación de textos son causados por una cada vez más creciente escasez de atención en cerebros permanentemente expuestos a estímulos simbólicos.

Una de las paradojas de la sociedad sobreinformada, según Cornella, es el hecho de que “no tenemos tiempo de profundizar en nada” sino que “procesamos más y más información antes de convertirnos en expertos en algo”.

La atención, de hecho, es el bien escaso por el que compiten las empresas del capitalismo informacional. Facebook, Instagram y WhatsApp –el imperio que comanda Mark Zuckerberg– compiten con Twitter y con Google, el otro monopolio digital junto a Microsoft, cada cual con sus plataformas, más o menos exitosas. A su vez, estos pulpos compiten con los grandes medios de comunicación tradicionales, diariamente desbordados por audiencias activas que, a su modo, también producen contenido, es decir, datos, imágenes y más.

Algunos medios masivos explotan los aportes de sus audiencias y han llegado a crear secciones de “periodismo ciudadano”, aunque hay muchos debates sobre si esta participación puede considerarse periodismo, ya que no es profesional. Lo escandaloso en este asunto es que muchas empresas de comunicación, sobre todo digitales, generan un gran volumen de contenido sin pagar remuneración alguna.

Otro fenómeno que tiene lugar en los medios tradicionales es que éstos cada vez se nutren más de contenidos, principalmente audiovisuales, extraídos de Internet. De este modo varias horas semanales de televisión son cubiertas con imágenes y sonidos producidos en YouTube o videos viralizados en las redes y hasta memes, es decir piezas audiovisuales que pueden transmitir una idea con recursos mínimos y gran efectividad, apelando frecuentemente al humor.

En este maremágnum de información naufragan las audiencias más desprevenidas. Pero también caen periodistas que, acostumbrados a comunicar sin moverse desde la comodidad del copia&pega, omiten chequear fuentes y cotejar datos. Y así surgen las aberraciones que después se replican en ignotos portales de noticias y luego circulan por las redes sin que nadie verifique su veracidad.

Ahora bien, a los comunicadores les puede caber el juicio por mala praxis o la pérdida de todo prestigio profesional. Aunque a muchos no le entran las balas y siguen ahí, bajando línea desde las pantallas o los parlantes. Muchas veces no queda claro si se trata de operaciones, ineptitud periodística, pescado o fruta podrida. La historia juzgará si son garcas o boludos.

Periodistas somos todes

¿Pero qué pasa con el ciudadano de a pie con teléfono móvil o computadora que gracias a estas –ya no tan nuevas– tecnologías de la información y comunicación puede producir contenido? ¿Cómo prevenimos la infodemia? ¿Qué sucede cuando aquellas posibilidades antaño reservadas a ciertos profesionales hoy están al alcance de todas y todos?

“Cualquier boludo tiene un blog”, denunciaba hace una década el filósofo y periodista José Pablo Feinmann, dando cuenta de que la edición y publicación democratizada mediante el acceso a Internet, que en la última década se profundizó con el surgimiento de las redes sociales y el uso extensivo de servicios de mensajería instantánea (principalmente WhatsApp y Facebook Messenger), apareja importantes desafíos tanto para las ciencias de la comunicación como para el violento oficio de contar historias.

Más allá de la indignación del Feinmann bueno, entendible a partir de su rigurosa formación y trayectoria en las redacciones periodísticas del siglo XX, no podemos negar ni minimizar el papel de los nuevos formadores de opinión. Y aquí entran a jugar youtubers, tuiteros estrella (twitstars), influencers y los casi obsoletos blogueros y blogueras como líderes de opinión de las nuevas –y no tanto– generaciones.

Armas para el pueblo

A partir del panorama descrito se hace necesaria y urgente una educación comunicacional ciudadana. Afianzar la democracia, es decir la capacidad de las mayorías de decidir por sí mismas, implica el desarrollo de saberes populares a la altura de las circunstancias. El ruido mediático puede aturdir e incluso cegar a los pueblos y arrastrarlos a una suerte de oscurantismo medieval propicio para el surgimiento de nuevos autoritarismos.

Un simple ejercicio que se puede hacer para constatar la veracidad o rastrear el origen de cierta información consiste en copiar y pegar (o transcribir) un fragmento del texto o noticia en un buscador como Google y observar los resultados. Esta acción rápida –que ya es casi un acto reflejo en muchos nativos digitales– permite desmontar noticias falsas (fake news) y acciones deliberadas de desinformación o difamación. La misma búsqueda puede realizarse a partir de imágenes y sirve para comprender el sentido de fotografías que suelen ser extraídas de su contexto original, a partir de una mínima edición o recorte.

La alfabetización mediática, e incluso la idea de guerrillas de la comunicación –según Umberto Eco “intervenciones producidas no en el punto de partida del mensaje sino en el lugar al que llega induciendo a los usuarios a no recibirlo pasivamente”–, se hacen imprescindibles para consolidar una ciudadanía activa y con capacidad crítica. Podemos incluso afirmar que el pequeño acto de chequear la información antes de difundirla es un deber cívico en una sociedad de la información que se pretenda democrática. Las herramientas existen, sólo falta empuñarlas con pericia para que funcionen como armas.

Comunicación responsable

La Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual nunca fue implementada en su totalidad debido principalmente a presiones de la corporación mediática argentina. Si bien fue parcialmente desmantelada por la gestión de Mauricio Macri, mantuvo en pie algunas áreas como la Defensoría del Público.

Ante el actual escenario de pandemia el organismo elaboró un decálogo de sugerencias para quienes se desempeñan ante las cámaras y micrófonos. Esta iniciativa surge en el marco de la Ley “sobre la responsabilidad social que conlleva la comunicación en los medios ante la incertidumbre del escenario general, la dinámica de la información y la evidencia científica y teniendo en cuenta que esa información puede contribuir a tomar decisiones de la población para mitigar los efectos del riesgo adoptando medidas de protección”.

  1. Difundir información proveniente de fuentes oficiales y especializadas en la temática
  2. Brindar información socialmente relevante
  3. El rol social de quien comunica: promover abordajes rigurosos y evitar el pánico
  4. Priorizar el respeto de las personas: contextualizar los relatos de las víctimas
  5. Difundir las acciones positivas en términos de prevención
  6. Evitar enfoques que promuevan una mirada estigmatizante y/o discriminatoria sobre determinados colectivos sociales
  7. Utilizar la palabra transmisión en lugar de contagio
  8. Construir coberturas informativas que sean accesibles para todas las audiencias
  9. Hacer foco en los hechos y no en los rumores para evitar estigmas
  10. Comunicar para contribuir al sostenimiento de la confianza

WhatsApp cortó el chorro

La aplicación de mensajería instantánea permitirá hacer sólo un reenvío por vez debido a la desinformación en torno al coronavirus que circula a través de la plataforma.

“Notamos un aumento significativo en la cantidad de reenvíos que, según algunos usuarios, puede resultar apabullante y contribuir a la divulgación de información errónea. Consideramos que es importante ralentizar la divulgación de estos mensajes”, informaron los responsables de la app.

La popular plataforma ya había reducido los reenvíos a cinco “tras el escándalo de denuncias y abusos por parte del bolsonarismo en las elecciones presidenciales brasileñas de 2018”, tuiteó el investigador Martín Becerra.

“Este es el comienzo, puntual, de una nueva era de regulaciones que tendrá el ecosistema de comunicaciones a partir del impacto social, económico y tecnológico del Covid-19”, afirmó Becerra.

 

Fuente: El Eslabón

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