Mantené los 2 metros de distanciamiento - Provincia de Santa Fe

Todo surge con las peores preguntas, las que nadie quisiera hacer ni oír ni pensar. Las que nunca imaginamos que íbamos a tener que hacer, pensar y oír: ¿cuándo llegarán los muertos? ¿Y cuántos serán? ¿Es eso lo que estamos esperando?

Es de eso de lo que hablamos, y uno tiene que tratar de ser optimista, porque en el fondo, lo que tiene para decir es optimista: en Rosario, la Municipalidad, con recursos propios y de la Provincia, instaló un Centro de Aislamiento para brindar alojamiento y atención médica a 1.200 personas que se contagien de coronavirus pero que presenten una sintomatología leve o casi nula. Los que hayan padecido una fiebre de una sola noche, se controlen y les dé positivo. Los portadores que no cuentan en sus casas con las condiciones mínimas como para aislarse del resto y evitar la propagación.

Mientras en la televisión descubren la importancia de la financiación pública de la ciencia a partir de la secuenciación del genoma que hicieron los investigadores del instituto Malbrán y alcanzan la autodenigración para rendirle pleitesía a los científicos, el gobierno municipal adopta una medida de emergencia basada en la instalación de camas para mantener a un millar de personas aisladas porque sufrirán una infección y serán un riesgo para los demás como vectores de contagio que pueden expandir una pandemia que está haciendo estragos a nivel mundial y nos golpeó a todos con una fuerza capaz de cambiar la historia.

Hablamos de acciones que se despliegan diariamente y consisten en movilizar todos los recursos disponibles para amortiguar el impacto de una crisis causada por la propagación de un virus microscópico. Es decir, nos referimos a “datos de la realidad” que, en definitiva, son optimistas: porque esa prioridad humanitaria asumida desde los tres niveles del Estado en un contexto global de caos y desconcierto es un dato optimista y, si a uno le toca contarlo, está obligado a partir de un mínimo de optimismo.

Pero lo que quiero decir es que la imagen del predio del Hipódromo, con su casco antiguo y sus hectáreas de verde, ocupado, preparado y a la espera de los contagiados que necesiten hacer la cuarentena y no puedan hacerla en su propia casa, es estremecedora. Por lo que es la imagen en sí como escenario inesperado metido en el centro de la ciudad, tanto como por las consecuencias que se derivan. Es la preparación para esperar la muerte: no ahí, pero sí en la ciudad. El Centro de Aislamiento es una medida que se toma en el marco de una estrategia que apunta a descomprimir la asistencia y liberar las camas en hospitales y sanatorios para los enfermos más graves. Y la posibilidad de la muerte es la variable que, en este momento, regula los cálculos estatales y privados.

Como un Big Bang

La infraestructura exterior con empalizadas que dividen las zonas, los pintorescos edificios del Hipódromo, las señalizaciones, las estructuras de Transición como una frontera inadmisible; y el interior, con la hilera de camas tendidas, cada una con su canasto preparado, la enfermería a un costado y los baños, listos para la llegada de los pacientes, resultan impresionantes. Un nudo denso se posiciona a la altura del pecho. Tétrico.

Las expectativas no son buenas. Lo ideal sería contar con dos mil camas, así que están evaluando acondicionar otros predios. Los coordinadores dicen que no tienen cálculos: puede ser que usen el 30 por ciento del espacio acondicionado, como que puedan necesitar habilitar otro lugar. Esta área tiene sus ventajas: una relativa distancia respecto a las casas de familia, lo que facilita la tranquilidad comunitaria y disminuye la paranoia social; y una distancia breve con conexión rápida respecto al Hospital de Emergencia Clemente Álvarez (HECA), para atender cualquier caso de urgencia.

A la ida y a la vuelta, hay mucho tráfico y bastante gente anda por la calle. El intendente Javkin pone un número: crecimiento del 10 por ciento del tránsito. La sutileza: casi todos llevan barbijos y máscaras. La cuarentena pierde seriedad y respeto, a pesar de que será extendida. Con el ablandamiento del encierro, se suma un problema a la estrategia sanitaria. La urgencia psicológica y la urgencia económica se acoplan para poner en jaque un plan humanitariamente perfecto, pero, tal vez, inviable en la práctica. La definición inquieta, pero es realista: “Si se controla la cuestión sanitaria, tenemos una catástrofe económica. Si la cuestión sanitaria se desborda, tenemos una catástrofe económica y una catástrofe sanitaria”.

¿Qué otra cosa nos queda más allá de la Covid-19? ¿A nivel social, político, laboral, personal? Por el momento, es lo único a qué agarrarnos. Lo demás, se parece a un naufragio. Pero hay que ser optimista –repito la consigna–.

Foto: Manuel Costa

Como un fusil cargado

En las charlas con amigos, que ahora circulan por WhatsApp, especulamos: hasta septiembre probablemente no haya actividades de “vida social”. Los eventos culturales y deportivos, ya dieron por terminado el año. Puede que haya una flexibilización por sectores y siguiendo la lógica “de casa al trabajo y del trabajo a casa”. En el filo entre la debacle económica y la catástrofe sanitaria, Alberto Fernández se enfrenta quizás a la decisión más difícil para un presidente en la historia.

Es decir: el punto cero de la planificación del Estado para un momento de excepción. Esa es la única forma de explicar como posible que, en las instalaciones del Hipódromo, del edificio del ISES y de la Rural, esté todo acomodado para que empiecen a llegar 1.200 personas a ocupar las 1.200 camas, las enfermerías y los comedores para enfrentar una pandemia en el corazón del parque Independencia.

El contraste entre las calles transitadas, activas pese a la cuarentena, a las 11 de la mañana y el clima del Hipódromo, con sus empalizadas de metal separando las zonas, los trabajadores desplazándose al ultimar detalles para acondicionar un lugar que permita el alojamiento de los que no cuentan con “un cuarto propio”, golpea en la frente ni bien se cruza el límite de ingreso: es un submundo dentro de este mundo distorsionado por la irrupción del virus.

En poco más de una semana, el lugar estará totalmente en condiciones para recibir a los enfermos. Como dijo uno de los trabajadores: “Son gente que va a estar sana, por lo tanto, hay que cuidarle también la salud mental”. Lo hace al mostrarnos la carpa recreativa que está montada en uno de los ingresos. También nos lleva hasta las gradas, ante las cuales se instaló la pantalla gigante. Desde ahí nos señala las posibilidades de expansión de las instalaciones y nos explica que se manejan sobre una base de incertidumbre. En cada uno de los pabellones donde se estiran las hileras de camas tendidas, varias pantallas transmitirán información permanente y pasarán películas.

La primera visión del lugar produce un escalofrío. Le muestro una foto a unos amigos: “Parece una guerra, como si fuera un campo de refugiados”. Y efectivamente es parte de esa guerra “de nuevo tipo” que estamos viviendo sin previo aviso desde hace menos de un mes. Tiene cosas de guerra santa, de responsabilidad inédita, de trincheras de almohadón y series, de hambre extremado, de urgencias periféricas, de holganzas céntricas, de desolación de trabajadores, de mezquindades empresariales y feroces disputas por ver quiénes serán los que paguen los costos económicos de la conflagración.

Se trata de una guerra pacífica que aturde y despista, porque no tiene tanques ni artillerías en el frente, sino una retaguardia de unidades sanitarias con una franja de Transición para que los trabajadores que ingresan a la zona de los enfermos puedan dejar su ropa, colocarse el uniforme de trabajo y los elementos de seguridad e ingresar; y unas duchas para higienizarse, colocarse nuevamente su ropa y salir.

En un mar hirviendo

“¿Es muy fuerte decir que es un centro para pobres?”, me pregunta mi amiga al ver las imágenes. “Para los que no tienen un cuarto propio”, le repito. Hay que ser optimista para contar las cosas.

Le digo al coordinador municipal que nos acompaña que esto aporta una valiosa experiencia de gestión durante una pandemia que se suma a las trayectorias de los especialistas que ya trabajaron en inundaciones y evacuaciones masivas. Lo digo y me siento ridículo. Él amablemente me aclara que hay una diferencia: en este caso, tienen que preparar un lugar para brindar una permanencia “larga”, de 14 días. “Y para gente sana, a la que hay que cuidarle la mente”, me insiste.

El área de logística no tendrá contacto con los enfermos. Solo ingresarán los médicos y habrá un cuerpo de reserva técnica por si se necesita hacer reparaciones. Una carpa enorme a un costado funciona como depósito de las donaciones. “Esto lo vamos analizando a medida que se van sucediendo los hechos. De cualquier manera, se está evaluando habilitar otro predio. Es necesario estar preparado para lo peor”, me dice el coordinador municipal.

En el Hipódromo son tres los pabellones, divididos por edades y por sexo. El pabellón A, en la planta baja, es el más grande: hay 350 camas simples puestas en fila. Las camas fueron donadas por clubes y la ropa de cama viene de hoteles y sanatorios. En cada uno de ellos hay una enfermería para realizar chequeos permanentes. Cada uno de los internados contará con una ficha que le asignará una cama en un pabellón y un lugar en la lavandería.

En el pabellón B hay camas de madera con estantes para guardar pertenencias personales. “Este vendría a ser un VIP que está pensado para la gente mayor”, explica el coordinador que nos acompaña a recorrer el lugar. Tiene 70 camas de madera. Las del pabellón C son iguales, pero el lugar es una especie de altillo, más chico y cerrado: ahí entran alrededor de 50 camas. Entre el Hipódromo y el ISEF se contendrá a 600 personas. Una idéntica cantidad podrá estar en la Rural.

Hoy viajo solo y sin volver

En una semana de montaje, la ciudad cuenta con un Centro de Aislamiento, como si estuviéramos en una guerra. O porque lo estamos. La incertidumbre es una permanencia. Pero hay que ser optimista, dijimos: la existencia del Centro de Aislamiento es un dato optimista.

Es la Secretaría de Salud la que define la estrategia general del abordaje. Pero todos estamos sujetos a la dinámica de un fenómeno para el cual no hay métodos que se hayan comprobado efectivos. Estamos ante lo desconocido e imprevisible de una pandemia que alteró la vida de todo el mundo. La globalización está acá, la vemos: lo bueno es que el predio tiene una capacidad prácticamente ilimitada para ampliarse. Lo ideal –explican– sería contar con 2 mil camas. No hay mapas, ni cálculos, ni proyecciones posibles.

El Centro está pensado para descomprimir el sistema de salud abarcando los casos menos agudos. El cupo en hospitales y sanatorios todavía no está plenamente ocupado. Pero aún no llegamos al pico de esta pandemia, que ahora se espera en torno al 15 de mayo. Es una larga temporada de precauciones y una reorganización de la vida social, económica, política, que pone en juego absolutamente todos los medios de resistencia de la sociedad y los instrumentos del Estado. Los resortes, porque más que nunca necesita ser esa bestia mecánica capaz de llegarle físicamente a las personas. “Esperamos hacer un buen trabajo, pero que termine siendo al pedo”, dice uno de los trabajadores.

Todas las acciones están sujetas a lo que vaya sucediendo. La flexibilidad la dispondrá el ritmo de la pandemia. No hay fechas ni plazos ni objetivos concretos más allá de salvar la mayor cantidad de vidas y reducir al máximo posible los daños. Es una respuesta inmediata a un acontecimiento sin guías ni antecedentes. El panorama puede terminar siendo mejor que el esperado, pero también puede ser peor. El Centro de Aislamiento llegó y estará ahí hasta que se lo necesite. Y eso es lo más optimista que puede decirse.

Fuente: El Eslabón

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Un comentario

  1. Avatar

    Alexus

    14/04/2020 en 18:09

    Que significa para el redactor ESTRAGOS! Este virus sobre 9000 millones ni en sueños superará los 2 millones de personas . El dengue está matando más y a nadie ke preocupa . Generar pánico ayuda al virus .

    Responder

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