Además de crear la bandera, y hacer las veces de militar, Belgrano originó proyectos que, tapados por sus enemigos, en su autobiografía quedaron “a cubierto de la maledicencia”.

Como abogado y secretario en el Consulado porteño (1795 a 1809), a los 23 años propuso políticas de Estado que luego volaron con la imposición, justamente, del Estado aporteñado. Entre sus propuestas privilegiaba la educación de las mujeres, para “permitirles ganarse la vida en forma decorosa y provechosa”.

Además de que pudieran aprender a leer y escribir, también instaba a la enseñanza de “oficios”, como bordar, coser y otras “tareas femeninas”, a lo que sumaba escuelas de hilar lanas para formarse como hilanderas y tejedoras,

Dado aquel contexto, el ex ministro de Educación, Alberto Sileoni, indicaba que “lo singular de su pensamiento fue reparar en ellas como sujetos de derecho, para que pudieran dejar atrás la ignorancia y la postergación”.

Belgrano buscaba articular la educación pública con el trabajo manual, impulsó la Escuela de Comercio, promovió planes para una Facultad de Agronomía, de Economía y la Escuela de Náutica.

El alma de las artes

Nos apunta el Chachi Verona (Ilustrero) que Belgrano creó la primera Escuela de Dibujo, la primera intentona de educación artística en el territorio. Decía Belgrano que el dibujo “es el alma de las artes”, y aportaba al ejercicio profesional y el desarrollo industrial. Inaugurada en mayo de 1799, no contó con el apoyo de la corona y se cerró en abril de 1800. Se hizo cargo el Consulado, pero en julio de 1804 fue clausurada definitivamente. Cursaron hasta 64 alumnos, en esa época.

La formación era para blancos e indios, no podían acceder los afros y mulatos. En 1783, el virrey Vértiz, abrió el Real Colegio de San Carlos, para varones de diez años que supieran leer y escribir y fueran católicos y “legítimos hijos”. Esa formación humanística privilegiaba al latín, los clásicos latinos y griegos.

La producción cannábica 

“Nadie duda de que un Estado que posea con la mayor perfección el verdadero cultivo de su tierra es el verdadero país de la felicidad pues en él se encontrará la verdadera riqueza”, escribió Belgrano en 1796, en las memorias del Consulado.

Entre los cultivos, alentó la producción de cannabis, tal como observó en Europa, para fabricar con su fibra telas de uso doméstico y aparejos para la navegación, como cuerdas y velas.

Resaltó que el progreso industrial se basaba en la agricultura. En 1797, presentó un proyecto: “Utilidades que resultarán a esta provincia y a la Península del cultivo de lino y cáñamo”. En un manual, brindó recomendaciones para quienes quisieran apostar al cannabis como “negocio paradigmático”.

El manual aconsejaba épocas de siembra y cosecha, y cuidados de la planta. Sabía que las semillas “no deben ser antiguas. Si tienen dos años, según se ha observado, no producen, y mucho menos si ha pasado más tiempo, porque el aceite que contienen, pasando el tiempo se arrancia”. Había registrado como lo trabajaban en Galicia, León y Castilla, y trajo agricultores de esas zonas para impulsar el cultivo, pero sólo en Chile no fracasó.

“Son increíbles los beneficios que proporciona a un país un nuevo cultivo provechoso”, escribió, sin prender ni un faso. Veía una salida laboral para todes en la producción de cannabis. Señalaba que podía ser: “Un recurso para que trabajen tantos infelices, y principalmente del sexo femenino, sexo expuesto a la miseria y desnudez, a los horrores del hambre y estragos de las enfermedades, la prostitución o a tener que andar mendigando de puerta en puerta un pedazo de pan”.

“Seguramente, Belgrano desconocía las propiedades psicoactivas de la marihuana”, indica  Fernando Soriano, autor del libro Marihuana, la Historia (Editorial Planeta). Explica el autor que “el cáñamo industrial, por sus maneras de cultivarse, no contiene THC, la molécula que embriaga, y está sólo presente en flores de plantas hembras”.

“Aunque fracasó, durante las décadas siguientes –agrega–, que hubo pequeños núcleos de cultivo de cáñamo en provincias argentinas. Entre 1950 y 1977, en Jáuregui, Luján, la compañía algodonera Linera Bonaerense mantuvo la siembra de 400 hectáreas de esta planta para la delicia equivocada de hippies que iban a robarse hojas y ramas inocuas”. Pero, advierte que “la dictadura creyó que eso era droga, la cerró y puso preso a su gerente”.

Argentina, año verde

En el 1700 no había restricciones y se fumaba. Se usaba como medicina y se sembraba en Asia y Europa por su utilidad industrial, dado la resistencia de su tallo, además de ser destinada a la alimentación.

Belgrano no sabía que mucho después se prohibiría plantar o fumar marihuana –también llamada cáñamo–. Tampoco sabía que al día de hoy se reclama una ley para permitir sus ancestrales usos medicinales.

Parecía que el 2020 sería escenario de la reforma de la ley que regularía su uso en el país. El Ministerio de Salud se abocaba a mejorar la actual ley de uso medicinal, muy restrictiva y que significa que el acceso a los aceites fuera un trámite burocrático, restringido a la epilepsia refractaria.

Alberto afirmó que “persiguiendo como perseguimos a los consumidores, generamos un mercado negro que es perfecto para los grandes delincuentes del narcotráfico”.

Desde las organizaciones movilizadas por la cuestión,el proyecto preveía que además de la  legalización del autocultivo, se permita a las madres tener sus plantas para producir sus aceites. Pero la pandemia desatada desvió la atención y esfuerzos.

 

Fuente: El Eslabón

Ilustración: Chachi Verona

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