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Luego de triunfar en Tucumán (24 /9/1812) y en Salta (20/2/1813), Belgrano viaja en 1814 en una misión diplomática para procurar el reconocimiento en Europa de la independencia de las Provincias Unidas del Río de la Plata.

Bernardino Rivadavia también viajó, pero su secreto mandato era conseguir un príncipe inglés o español para gobernarnos. Por el contrario, la idea de Belgrano procuraba un monarca inca. Idea apoyada por San Martín y Güemes, pero que escandaliza a los porteños.

Desde antes. La huella andina y sus rebeliones estaban presentes, tanto que aparece en el escudo nacional, también el Sol andino fue grabado en sellos y monedas, mientras que estrofas del Himno Nacional –que dejaron de cantarse–, gritaban: “Se conmueven del Inca las tumbas / Y en sus huesos revive el ardor”.

Ya en 1811, en el aniversario del 25 de mayo, Castelli celebra la Proclama de Tiahuanaco, en el centro espiritual inca. Así consagra los derechos del ancestral pueblo y deroga la explotación desatada por la corona y la Iglesia Católica.

En tanto, la conexión Alto Perú-Río de La Plata partía de las aulas universitarias de Chuquisaca (Sucre) y Charcas, en la que estudiaron la mayoría de los revolucionarios de mayo.

El Estado fuerte y las republiquetas

Para el historiador Milcíades Peña (1933-1965) “es absurdo condenar los proyectos monárquicos de San Martín, Belgrano o Bolívar. La monarquía fue reaccionaria cuando la burguesía tuvo fuerzas como para guiar a la Nación a la conquista de la república democrática. Pero en una etapa anterior del desarrollo histórico la monarquía absoluta fue un paso hacia la constitución de la nación moderna, superando el aislamiento medieval de feudos y ciudades. Y América latina, al salir de la colonia, se hallaba en disgregación. De haber prosperado los proyectos monarquistas se habrían formado en América latina varios Estados más poderosos que veinte republiquetas, y la lucha por las conquistas democráticas se hubieran dado en un plano favorable a las masas”.

Desde otra vereda, Norberto Galasso en “Seamos libres y lo demás no importa nada”, también indica: “a Inglaterra le convenía más veinte republiquetas que cuatro o cinco monarquías centralizadas”.

Pero, Bartolo Mitre, en «Historia de Belgrano y de la independencia argentina», afirma que «a este plan no puede negarse grandiosidad y buena intención, es imposible concederle sentido práctico, ni siquiera sentido común, ni aun para su tiempo».

En tanto, Gabriel Di Meglio advierte que “la paradoja del congreso de Tucumán fue que sus integrantes eran notablemente más conservadores y sus predecesores revolucionarios, pero fueron los que terminaron dando el paso independentista”.

“«El fin de la revolución, principio del orden», se desplegó entre los congresales en procura de un gobierno fuerte, que uniera a la fuerza de acuerdo a los intereses de Buenos Aires. O sea: anular la revolución”, indica el profesor, investigador del Conicet y ex director del Museo del Cabildo.

Para la historiadora bonaerense Mara Espasande “el proyecto más vapuleado fue el de la Monarquía Incaica”, pero advierte: “Cabe preguntarse por qué obtuvo el apoyo de la mayoría de los congresales de Tucumán y de gran parte de la población? ¿Por qué se dedicaron tantas sesiones del Congreso a debatir este tema?”.

“El principal objetivo era crear un gran Estado Americano, transformaría la revolución municipal en un movimiento de vocación continental, brindando un proyecto económico, político y social alternativo al que establecían las clases portuarias. Por esto recibía gran apoyo popular”, señala la historiadora y directora del Centro de Estudios de Integración Latinoamericana Manuel Ugarte.

Espasande también señala que “el investigador Pérez Amuchástegui sostuvo que esa propuesta de Belgrano tenía una finalidad estratégica: captar los pueblos aborígenes para la revolución, ya que no tenían apoyo aborigen”.

Además, “para Buenos Aires, designar monarca a un Inca y generar un bloque único era retroceder en los beneficios adquiridos desde el siglo XVIII”, agrega (Redacción Rosario, 17/08/2016).

Por su parte, el historiador rosarino Miguel de Marco (hijo) señala: “Ese era el pensamiento de Belgrano, el de Sudamérica como templo de la Libertad y la Independencia. La legitimidad para una aceptación de las potencias monárquicas. Tenía un pensamiento integrador inusual para su época”.

De la monarquía a la Patria Grande

Pero, además del proyecto centralizador y portuario, socio de las potencias europeas y el que apuntaba a una monarquía fuerte y continental, el ideario de los Pueblos Libres tenía una impronta revolucionaria que desafiaba al orden colonial. Cada pueblo se sumaba con su independencia y autonomía a la Confederación.

“El plan monárquico con sede en Cuzco no prosperó”, indica Pablo Yurman, rosarino doctorado en Derecho, “y la gesta tendiente a concretar los Estados Unidos de Sudamérica naufragó con la balcanización en diez estados. El poder quedó, como diría el pensador uruguayo Methol Ferré, para las «polis oligárquicas portuarias» en detrimento del interior profundo cada vez más empobrecido por la política del libre cambio”, añade.

El achocolatado

El diputado bonaerense Tomás de Anchorena diría luego, que nombrar un rey no era problema, pero con «un monarca de la casta de los chocolates tendríamos que sacarlo borracho y con andrajos de alguna chichería”.

Juan Bautista Túpac Amaru Monjarrás era hermano de José Gabriel Condorcanqui Noguera, Túpac Amaru II, quien en 1870 hizo temblar al poder español en el Alto Perú, era el candidato a rey chocolateado.

Pero Juan Bautista estaba –desde 1783– en una cárcel de la colonia española Ceuta, norte africano. Nunca había estado al frente de tropas, pero acompañó a Túpac Amaru II. Por ello fue secuestrado, saqueada su casa, detenido, torturado y aislado en varios calabozos del reino español.

Tras ser liberado en 1823 se instaló en Buenos Aires y recibió una pensión, hasta morir en 1827 y terminar en Recoleta, en una tumba sin identificar.

Fuente: El Eslabón

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