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Cuando en abril de 2018, después de tres postergaciones –el 16 de marzo y el 8 de junio, en 2017; el 13 de marzo en 2018– se inició el juicio en la causa Feced III y IV, uno de sus imputados más renombrado, el sacerdote Eugenio Zitelli, había fallecido impune. Y es probable que en ese momento nadie se imaginara que la lectura del dictamen a diez de los integrantes de la patota que bajo las órdenes de Agustín Feced y desde el Servicio de Informaciones de la Policía de Santa Fe cometieron múltiples delitos de lesa humanidad contra al menos 188 víctimas, sería transmitida por internet y sería seguida desde la computadora en una casa, la biblioteca Vigil, los lugares de trabajo exentos o el Concejo Municipal.

Entre todos esos que escucharon la sentencia y en esa sentencia escucharon la inclusión de la violación como lesa humanidad al ser reconocida como una práctica específica dentro de todos los delitos que cometieron los genocidas, había muchas pibas con la misma edad que tenían las víctimas al momento de los hechos y que también militan, cuestionan, se movilizan, buscan incidir y transformar la sociedad en la que viven.

El destino que cambió

Fue una jornada de justicia luminosa, a pesar de los primeros fríos del otoño y de la cuarentena que lleva más de cincuenta días sin justicia. El acto de hacerla enriqueció la memoria, de este día en adelante: José Rubén Lofiego, Mario Alfredo Marcote, Carlos Antonio Scortechini, Ramón Rito Vergara, Ramón Telmo Alcides Ibarra y Ernesto Vallejo recibieron la pena de prisión perpetua; Héctor Gianola y Eduardo Dugour fueron condenados a 22 años, y Julio Fermoselle y Lucio César Nast recibieron penas de 18 y 16 años de prisión.

“Es una deuda enorme que se tiene con las mujeres víctimas de la dictadura cívico-militar”, dice Renata Labrador, que tiene 19 años y es hija de HIJOS, una segunda generación que escuchó los relatos familiares y vivió esas historias que hicieron memoria colectiva antes de ser testimonios en un juicio.
Ella siguió todos los juicios porque sus padres son militantes de la agrupación HIJOS. Desde chica los acompañó a calle Oroño a escuchar a la puerta de los Tribunales. La última vez que ingresó a la sala fue cuando declaró Manuela Labrador, su tía abuela, una de las protagonistas de esas historias que escuchó desde la infancia.

“Son muchos sentimientos encontrados, es angustia, por un lado, y a la vez alegría, por un reclamo que se viene sosteniendo hace tantos años y es tan necesario para reconocer y contar un momento de nuestra historia que necesita ser contado. No hay forma de reparar el daño y las atrocidades que se hicieron, pero esto es un avance muy grande para hacer justicia y que todas las víctimas, que de algún modo fue toda la sociedad, puedan sanar esa herida que nunca va a terminar de cicatrizar”, afirma.

Renata señala que las “mujeres eran doblemente castigadas, porque no solamente estaban transgrediendo ese deber social con sus ideas políticas, sino que también estaban transgrediendo la norma patriarcal que establecía que ellas debían quedarse en sus casas. No se quedaban cuidando a sus hijos y esperando con la comida en la mesa a que su compañero volviera, sino que salían y estaban a la par de los hombres. Era inaceptable que una mujer tuviera ese lugar y es necesario nombrar esas violaciones de derechos que realizaron los genocidas. Lo que no se nombra, no existe”.

Micaela Pertuzzo tiene 34 años y es trabajadora de la biblioteca Vigil, una experiencia de recuperación de una institución que fue un objetivo distinguido del ensañamiento con que las patotas de Feced ejecutaron el terrorismo de Estado que intentó diezmar la militancia social, política, sindical, cultural, en la ciudad durante la última dictadura militar. Casi no puede hablar cuando describe lo que sintió al escuchar las condenas y pensar en la importancia que esas palabras tenían: eran como una marca que se imprimía sobre la historia.

Ella escuchó la sentencia en la sede de la Vigil, en Tablada, junto a los compañeros con los que hace actividad comunitaria. “Es raro, me gustaría estar abrazando y felicitando a les compañeres que fueron parte de esto y que militan desde hace tantos años por justicia y para que no suceda nunca más”, explica, cuando pasaron algunas horas, la tarde del jueves está bien entrada y ella todavía está conmovida por la lectura de la sentencia.

Comenta que lo vive con una mezcla de sensaciones: “Entre emoción, tensión, angustia”. Y dice que escuchar los testimonios de compañeras con las que están reconstruyendo la institución es difícil, pero necesario. Como un ejercicio que se deben generacionalmente, un modo de construir una memoria viva. “Esperaron muchos años para poder testimoniar en un juicio con lo doloroso que es eso, y ahora nos parece increíble que haya llegado la sentencia tan reparadora históricamente”, asegura.

“Creo que el feminismo tiene todo que ver con cómo se piensa la historia y cómo se profundiza el significado de estos hechos. Había chicas trans y chicos trans que eran perseguidos y detenidos por el simple hecho de serlo. Es necesario pensarlo desde esa perspectiva, porque si no nunca vamos a ver la totalidad de lo que sucedió”, explica Renata, y agrega: “Con mis compañeras siempre hablamos de estas cosas y es un tema que surge mucho, porque somos militantes y conversarlo con alguien te ayuda a pensarlo desde otro lugar. Es necesario ir compartiendo lo que pensamos para enriquecer el debate y nuestra forma de ver el mundo para que sea más amplio”.

Micaela destaca que el movimiento feminista que ellas viven con todo el cuerpo dio lugar a discusiones que contribuyeron a que se aceptara el pedido del Ministerio Público de la Acusación para destacar la singularidad de la violencia contra las mujeres: fue un empujón para que se concreten los hechos históricos.

“Estamos emocionadas y contentas porque el testimonio que tantas mujeres tuvieron que repetir tantas veces y ese sufrimiento por tantos abusos hayan sido tenidos en cuenta. Es importante que se visibilice y se condene de manera autónoma como delito sexual, y eso es gracias al trabajo de las abogadas y, sin dudas, de las luchas de los feminismos que se vienen dando. Eso fue fundamental para el cambio de paradigma”, resume, como si en la manera de decirlo detallara el sentido histórico que cobró el día.

 

Fuente: El Eslabón

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