El club San Fernando supo ser una institución muy reconocida en el cordón industrial hasta que en los 90 sufrió los avatares del neoliberalismo y, tal como le ocurrió a cientos de sus pares en todo el país, se fundió. Resurgió a principios del siglo XXI, transformada en escuelita de fútbol, y antes de que se desate la pandemia albergaba a unos 200 pibes y pibas que corrían detrás de una pelota. Hoy, al igual que muchas otras entidades de la zona, salió a jugar al terreno de la solidaridad brindando alimentos y contención en una época tan difícil como la que le toca atravesar al planeta entero.

La naranja, blanca y negra mecánica

La institución de la vecina localidad arrancó en formato de club, pero los duros años 90 lo despojaron de esa condición y de todo lo que tenía. “En principio fue un club muy reconocido en el cordón industrial, y trabajaba en conjunto con la vecinal, pero se fundió. Eso habrá sido en el 95 y como las comisiones se diluyeron, la cancha y otro predio más, que tiene el tamaño de dos canchas de 11, quedó todo en comodato de la vecinal”, cuenta Paula Papaleo, tesorera de la entidad que resurgió, en formato de escuelita de fútbol, también un año complicado, como lo fue 2001. “Ahí se crea la escuela de fútbol, también compartiendo espacio con la vecinal. Pero la vecinal también se fue diluyendo y en 2016 la municipalidad de Granadero Baigorria nos dio el comodato exclusivo de la cancha”, recuerda la integrante de la comisión directiva.

En “Sanfer”, como se le dice a la entidad, sólo se respira el deporte de la redonda y la solidaridad. Compiten, desde la categoría 2004 a la 2015, en la liga EFA (Escuelas de Fútbol Agrupadas), que según opina Papaleo “es bastante competitiva”. Además, resalta que les da la posibilidad de “viajar a un montón de lados”, y enumera: “San Gerónimo, San Lorenzo, Ricardone, Pueblo Esther, Rosario, entre otras localidades”. Y sobre todo, destaca: “Una de las mejores cosas que tiene es el buen comportamiento de la gente, tanto de los chicos como de los padres, ya que no es para nada conflictiva. Nos va bien y estamos muy conformes con la Liga”.

La escuela San Fernando está emplazada en el barrio homónimo, y los colores que la distinguen del resto son el naranja, blanco y negro. “El barrio es muy humilde y popular, y está casi en el límite con Capitán Bermúdez”, según ubica geográficamente esta mujer que camina ese lugar desde hace 7 años, cuando comenzó a llevar a su hijo a que empiece a dar sus primeros pasos futbolísticos.

Paula dice que “actualmente la institución cuenta con unos 200 chicos”, repartidos en 14 categorías infantiles y 4 juveniles, “y una sola cancha”, lo que “complica la organización”, y es por eso que “los juveniles, de 2007 a 2005, practican en el Cámping Municipal de Baigorria”.

Además, lamenta que el buen arranque del fútbol femenino fue opacado por la situación sanitaria debido al Covid-19. “Empezamos este año con el fútbol femenino y justo pasó lo del coronavirus. Si bien siempre tuvimos nenas jugando en las categorías mixtas, a principio de año habíamos decidido arrancar con equipos femeninos”, subraya la dirigente, que con cierta pena, admite: “En febrero empezamos las prácticas, con buena convocatoria y muchas ganas de salir a buscar una liga donde participar, pero en marzo pasó lo que pasó”. De todas maneras, las mujeres de la escuelita no están dispuestas a bajar los brazos: “La idea es poder competir, porque es lo que las chicas piden y necesitan”.

Puro fútbol y solidaridad

Paula Papaleo pisó por primera vez la Escuela de Fútbol San Fernando con su hijo de la mano, a quien llevó a jugar a la pelota. Pero más que la redonda, lo que terminó de darle forma al sentido de pertenencia hacia esa modesta institución fue la solidaridad que allí también se respiraba. “Empecé a colaborar en las copas de leche, en las jornadas solidarias, en armar eventos y hoy formo parte de la comisión directiva”, relata la actual tesorera.

“Somos una escuela de fútbol social y deportiva –sigue, en diálogo con este semanario–, siempre inculcamos la solidaridad en los chicos, realizamos movidas solidarias con otras instituciones, tratamos de darnos una mano con otros clubes, nos solventamos mediante polladas, venta de empanadas. Los proyectos, como el cerramiento de la cancha, más allá de alguna ayuda estatal que podamos recibir, sobre todo en mano de obra, lo tratamos de bancar nosotros con esas jornadas”.

Sobre la cancha, en la que diariamente pateaban la pelota los más de 200 chicos hasta que la pandemia se los impidió, Papaleo asegura que “literalmente es del barrio”, porque “la usan todos los pibes, y no tan pibes, más allá de si pertenecen no al club”. Y acota: “Y todos los días, después de las prácticas le damos la copa de leche a los chicos”.

Cerradas las puertas al más popular de los deportes, se abrieron aún más las de la solidaridad. “A raíz de la cuarentena, por supuesto, tuvimos que cesar con todas las actividades. Entonces, con los compañeros de la comisión y con todos aquellos que colaboran siempre, decidimos que había que hacer algo desde el club para dar una mano. Arrancamos con meriendas, que se hacen los martes, y con cenas que se dan los jueves”. Para llevar adelante esa acción, Paula explica que “primero hicimos una especie de censo, para ver cuáles eran las familias de nuestros chicos que más lo necesitaban, pero después terminamos abriendo el cupo al resto del barrio, y hoy le estamos dando esos alimentos a unas 230 personas”.

Por último, la dirigente del Sanfer remarca que “estamos enfocados en conseguir los alimentos y todo lo necesario para solventar las ollas, porque son muchas raciones. Por eso estamos metiéndole fuerte a las campañas a través de redes sociales, para recibir donaciones y poder llevar los alimentos a esos hogares. Y ahora también se viene la época de frío, así que sumamos a los pedidos todo lo que pueda servir de abrigo, zapatillas, ropa de cama”.

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