Mantené los 2 metros de distanciamiento - Provincia de Santa Fe

 

(La escena transcurre en Amigos del Arte de Rosario, el atardecer del 19 de Agosto de 1948. El protagonista es Felipe Aldana, un joven poeta de veintiséis años nacido en Máximo Paz. Tiene severos problemas oculares, que hicieron que su padre lo llevara a Budapest para que lo atendiese un célebre oculista. Esos problemas signaron su corta existencia, ya que tuvo dificultades para cursar estudios secundarios, sin que ello impidiera que se volcara apasionadamente a la literatura, como lector y escritor. Mejor dicho, como poeta, ya que escribe, desde hace tiempo, versos inspirados en situaciones y personajes populares. Pero lo que va a leer en esta ocasión es un poema de vanguardia, experimental, al que ha denominado “Poema Materialista”).

Felipe Aldana (dirigiéndose al público): Señoras y señores, estimada concurrencia. Les agradezco que hayan venido para escuchar un texto inédito, pero no por ello irrelevante. Es un texto compuesto con la mente y con el corazón, como todo texto poético de verdad, y que se precie de serlo. Quizás les extrañe lo enigmático de su primera parte, pero ello tiene que ver con los misterios profundos con que nos enfrenta la poesía. Y en cuanto a la segunda parte, quizás los sorprenda su sentido insolente e iconoclasta. Pero de esa forma deben escribir los poetas genuinos. Si no fuera así, sólo seríamos escribidores de pobres versos.

(Concluida esa presentación, pregunta al auditorio)

F.A: ¿Qué hora es?….

(Varias personas le responden)

F.A: Para el poeta materialista es hora de comer dátiles…

(El público, que lo escucha atentamente, queda intrigado. Felipe Aldana mete una mano en el bolsillo del saco, del que extrae una bolsa con dátiles. Con lentitud, como midiendo sus gestos, abre la bolsa y toma un dátil, que lleva a la boca. Lo mastica lentamente, acaso con fruición, y una vez que ha tragado su pulpa seca empuja el carozo con la lengua hasta situarlo detrás de los dientes. Cuando el carozo está debidamente colocado, abre la boca súbitamente y lo escupe, disparándolo como un proyectil, que caerá sobre el sombrero de una señora).

F.A: ¿Ha ocurrido algo?… ¿A qué se debe el desorden en la sala?… Ustedes vinieron a escuchar mi poema inédito, ¿verdad?… Bueno, entonces escuchen.

(Saca unos papeles y se pone a leer)

F.A: Se abre el libro mayor

y allí figuran las primeras servilletas

y los insomnios del grillo cantor:

cuarenta años sobresaltados por los baberos.

(Los asistentes, disgustados por lo que acaba de hacer, murmuran por lo bajo y comentan entre ellos el gesto provocativo del orador. Felipe Aldana, por su parte, desarrolla un soliloquio mientras va recitando, desdoblándose de tal modo en dos hablantes, uno que lee, y el otro que se dice lo que sigue)

F.A: estos burgueses nunca entenderán nada. Nunca entenderán el sentido dramático de la existencia, y menos aún el sentido dramático de la poesía, que no es más que el reflejo de esa existencia. Creen que la vida es mero confort, satisfacción animal de sus deseos más toscos. Pero no, la poesía es épica, es tragedia, es la visión exaltada de las cumbres más altas y las profundidades más sórdidas de eso que llamamos vida.

(Sigue leyendo)

F.A: Muchos salen con el pecho abierto

dispuestos a borrar los adoquines.

Y esos días quedan.

Son las músicas fragantes del pasado,

canteras,

vertientes luminosas,

porque de este libro mayor

nada se borra.

(El público sigue murmurando, fastidiado, aunque algunas personas comienzan a escuchar con más atención. Ahora Felipe Aldana lee, con énfasis, acomodándose los lentes gruesos que le cubren los ojos)

F.A: Nadie lo toque ya!

Vuela en el sonido de músicas lejanas,

rompe la arquitectura de las nubes

y hace nuevas construcciones con el viento.

(A medida que avanza en la lectura, Felipe Aldana prosigue con su soliloquio, diciéndose lo que sigue)

F.A: Pobres pelandrunes, se creen ilustrados y son más burros que los burros de mi pueblo. ¿A qué consagran las horas deslucidas de sus grises existencias?… Ellos, al tráfico de mercancías, a sus bufetes de abogados, y acaso al ejercicio no siempre lícito de la medicina. Ellas, a la atención de la casa, a la crianza de los hijos, engordando un kilo por año hasta volverse matronas. ¿Son felices?… ¡Desde luego que no, no habría modo de que pudieran serlo!… Pero, eso sí, los domingos van a misa, ellos y ellas, confiesan sus aburridos pecados, y creen que se purifican para volver a la rueda de su vida frustrada…

(Termina de leer la primera parte de su poema, y continúa con la segunda, a la que ha llamado “Segundo Nacimiento” porque cree que la vida no es más que un continuo renacer. Ahora lee lo que sigue)

F.A: Ciudad sin números, calle sin nombres, último complot.

Suma, resta, división y multiplicación.

Torrente de salsa por los bulevares,

policroma visión,

rojo, verde,

tomate, coliflor.

(El público ahora ha quedado en silencio, y escucha atentamente al poeta. Aunque no entiende demasiado lo que dice, lo atrapan su vehemencia y su elocuencia. Mientras, Felipe Aldana continúa su soliloquio desquiciado, que se desarrolla en simultáneo con la lectura del poema)

F.A: ¡Lo que habría que hacer con éstos no sería más que ponerles bombas que los hagan saltar por los aires, incendiarles sus pestilentes casas, expropiarles las fábricas, los bancos y los comercios, y taparles la jeta con un pueblo en estado de anarquismo, donde nadie pueda pisarle la cabeza a nadie!…

(Lee con sincero ardor)

F.A: Qué vale más:

el desfile,

la gran parada radial,

la voz de mando;

o el riego fecundo,

la escuela abierta al sol,

la esperanza en el hombre,

y un deseo grande de justicia y libertad?

(Finalmente termina la lectura. Está exhausto y feliz. El público lo mira asombrado, acaso con cierta admiración producto de su actuación poética. Entonces Felipe Aldana se levanta, y sale silbando unos compases de la Séptima Sinfonía de Beethoven, que figuran al final de su texto. No sabe que pocos años después le practicarán una lobotomía, tendrá sucesivas crisis existenciales, contraerá cirrosis y morirá a los cuarenta y ocho años, sin conocer la vejez).

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Un comentario

  1. Avatar

    flavia

    02/07/2020 en 21:49

    extraordinario

    Responder

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