Mantené los 2 metros de distanciamiento - Provincia de Santa Fe

 

Este escrito abigarrado y sin garantía de solución, plantea la existencia de un punto problemático en la práctica del acompañamiento terapéutico, que se deriva de dos lógicas temporales inconciliables: el tiempo objetivo y el subjetivo.

Además, señala que la manera de segmentar el tiempo “objetivo”, regida bajo la lógica de tiempo necesario para la producción de mercancías, es imperante y, por tanto, constituye un discurso hegemónico.
Mi deseo es poder constituir algún disparador que impulse a la reflexión.

El marco del acompañamiento terapéutico y el material de trabajo

El marco en el cual se desenvuelve un acompañamiento terapéutico es lo cotidiano. Un acompañamiento es la clínica de lo cotidiano, y esta cotidianeidad está atravesada por un tiempo y un espacio específicos.
Según Alexandra Grynberg, “la clínica de lo cotidiano, es la práctica de lo actual. Pero para pensar en lo actual es necesario pensar en cierta temporalidad”:

En primera instancia, un acompañamiento no se solicita “en cualquier momento” sino cuando la cotidianeidad de una persona se mella por un padecimiento subjetivo insoportable. En ese caso uno se procura acompañar en el dolor, o tramitar una “imposibilidad”.

Según la autora, esta “imposibilidad” consiste en una dificultad para hacer lazo social y, a su vez, esto es el signo de que algo del deseo propio está interrumpido.

“Entonces paseamos y acompañamos a que se produzca un pasaje (…) hacia el deseo” y para que esto ocurra apostamos a producir un sujeto.

Una digresión: “Producir un sujeto”

Concibo el concepto de “salud mental” (en cuyo paradigma intento posicionarme), como un habitar el mundo a partir de la singularidad, la historia y el deseo propios. Éstos pueden pensarse a su vez como derivados de un concepto englobante: la autonomía.

La emergencia de un sujeto tiene que ver con el desarrollo de esta autonomía, de eso “más propio”, y esto, necesariamente, se direcciona en detrimento de posiciones objetivantes. Me imagino un paralelismo entre un hogar y el mundo: en tanto uno marque los lugares donde transita, estará habitándolos, sino serán meros contenedores. Esto, a su vez, es la diferencia entre una casa y un hogar. Cuando el ser humano pintó su cueva y adornó su cuerpo pudo apropiárselos, y así, habitarlos.
Es necesario repetirlo: la emergencia de un sujeto es una apuesta.

Retomando el marco

Podemos identificar una primera instancia en la que se ponen en juego las dos lógicas antes mencionadas: Nuestro trabajo estará acotado en función de un pacto entre partes, un “contrato” (como cualquier trabajo) en el cual se determinará una cierta cantidad de tiempo en la que apostaremos a la producción del sujeto. Desde esta perspectiva, ya no sólo “ocuparemos” el tiempo acordado en tareas “productivas” (¿para quién?) sino que utilizaremos esta rutina para ganar tiempo, “hacer tiempo”, en función de un movimiento subjetivo. Ciertamente, cualquier actividad podría participar de ese horizonte, siempre y cuando ese sea nuestro horizonte.

Otra digresión (necesaria)

Socializar el tiempo es establecer puntos de referencia comunes para situar los acontecimientos de la experiencia. Lo que llamamos tiempo crónico nos permite recortar, delimitar en bloques ese continuum vivenciado, ya sea hacia un pasado (hace un rato, ayer, hace años) o un futuro (vuelvo mañana, la semana que viene, algún día…).

Pero esta versión de objetividad, como siempre, se empasta con la fatal condición humana: cada quien experimenta el tiempo a su modo. “La vida es eterna en cinco minutos” cantaba alguien.
El acompañamiento pendulará entre estas dos temporalidades.

Las interferencias entre nuestra práctica y el discurso hegemónico

El tiempo acordado socialmente, por más “objetivo” que parezca, es una construcción social, sólo que está naturalizado.

Esto no significaría en sí un problema sino fuera porque esta construcción se sostiene actualmente sobre el paradigma hegemónico de la producción económica, y es global, uni-versal (versión única). Esto, necesariamente, tiene sus efectos. Filtrado en el discurso social se expresa como: “Viene x veces por semana, x cantidad de horas y x no progresa”; “están perdiendo el tiempo”; “no hacen nada productivo y encima me cuesta dinero”. Y es que a veces una intervención se vuelve eficaz en diez minutos y debemos cobrar por labor, no por tiempo.

El panorama actual

Estamos hoy atravesando un verdadero acontecimiento mundial: la realidad fue trastocada. Imposible evitar referirnos a ello.

Las vicisitudes se recrudecen y amplifican: “Al final hablan veinte minutos por día y pretende cobrar como cuando venía x horas”; “X no puede sostener una conversación telefónica y la verdad, verlo en la pantalla al final lo angustia más”; “si la cosa sigue así, prefiero que no siga viniendo”.

Hay que aclarar que no se trata de culpar a nadie por pensar bajo este esquema personalizado y quizás llevado al punto de la parodia, sino de cuestionar la lógica desde donde emerge.

Los modos de vincularnos, de experimentar subjetivamente el tiempo y el espacio, y, en consecuencia, lo cotidiano, fueron trastornados con relación a la versión anterior.

Pero hay que explicitar lo siguiente: a pesar de esto, el patrón temporal que rige para la categoría de trabajador está signado por la generación de ganancia, su conservación y aumento incesante; la ecuación tiempo-dinero es la estofa con la que se construye. Esto no ha cambiado.

Un acompañante terapéutico es un trabajador

Un trabajador es una categoría que implica estar empleado durante una cierta cantidad de tiempo para producir algo. Ese “algo” en nuestro caso, dijimos, es un sujeto. Así de raro como suena.

En este contexto, quien se sustrae a esta lógica económica-temporal, a estas reglas, queda en off side, aunque en realidad no pueda salirse del juego sino ubicarse en posiciones más o menos desfavorables del tablero. Aunque bien sabemos, las reglas hacen al juego.

Entonces, subyace aquí otra dificultad: no existe otro juego, no existe otro mundo. No lo hemos sabido (o podido) inventar.

¿Y entonces?

De esta maraña mal contada voy a permitirme separar algunas pocas preguntas: ¿cuál es la “clínica de lo actual” en un contexto de derrumbe de lo cotidiano? ¿Cómo enmarcar el posible advenimiento de un sujeto?

Consecuentemente: ¿de qué manera seguir sosteniendo en este impasse el trabajo soportando a la vez la coerción de un mundo que, aún trastocado, se pretende inalterable en su lógica? ¿O bien será que tendremos que empezar a socializar e instituir una lógica temporal de otro mundo? ¿Debemos instituir otras reglas con las que atender nuestras necesidades y demandas sociales más propias? En tal caso no nos queda sino reforzar las viejas formas, o bien crear nuevas que, aunque no tengan un asidero visible cobran entidad puesto que, parafraseando al Subcomandante Marcos, son de “un mundo que existe ya, porque nos atrevimos a soñarlo, es decir, a luchar por él”.

 

* Acompañante terapéutico integrante de la cooperativa de salud mental “Prisma”

 

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