Mantené los 2 metros de distanciamiento - Provincia de Santa Fe

 

Desde el inicio de la pandemia, el terreno de la comunicación política cambió: nuevos tonos, formas y discursos fueron edificados por el equipo del presidente Alberto Fernandez. La retórica del jefe de Estado debió conciliarse con un virus invisible del cual había que defenderse con todas las estrategias argumentativas al alcance, y el arco político todo tuvo que esforzarse por lograr consensos en torno a la manera de llevar adelante las medidas preventivas. Todo esto para con el objeto de lograr el acatamiento de la cuarentena y la contención de la propagación del virus.

Al respecto, El Eslabón entrevistó a Juan Courel, quien fue coordinador de la comunicación de las campañas electorales de Alberto Fernández (2019) y de Daniel Scioli (2015), y secretario de comunicación pública de la provincia de Buenos Aires. El consultor político calificó las potenciales amenazas que pueden surgir en el área, los discursos de las posiciones más radicalizadas que alientan la anticuarentena, las nuevas formas de réplica de los funcionarios y los peligros en torno a los discursos de odio que surgen en los medios masivos.

Los usos del odio

—¿Cómo evalúas la comunicación gubernamental en el contexto actual y cuáles son para vos los puntos fuertes de la presidencia de Alberto?

—Para evaluar la comunicación gubernamental en un contexto de emergencia como el que hay, uno tiene que incorporar dos conceptos. Por un lado, cuál es la función de la comunicación gubernamental. La función de la comunicación gubernamental debe ser legitimar los actos de gobierno, contribuir con la gobernabilidad, contribuir con el programa político del gobierno y generar consenso. Otro concepto que hay que incorporar es el de comunicación de riesgo, que es el intercambio de información destinado a modificar positivamente los hábitos de las personas en materia preventiva, para prevenir un riesgo mayor. Entonces, para evaluar como viene siendo la comunicación del gobierno argentino durante esta pandemia, uno tiene que evaluar qué nivel de consenso está obteniendo con el fin de que la ciudadanía adopte las medidas preventivas que el gobierno propone. Esto no evalúa el sentido de las decisiones o de las medidas preventivas que adopte el gobierno. Eso es una decisión política que el gobierno tomó, que es que la prioridad tiene que ser reducir al mínimo la circulación del virus. En ese sentido hubo, en la línea de tiempo, distintas instancias. En un primer momento hubo un altísimo consenso respecto a eso –con altísimo me refiero a niveles de consenso extraordinarios de más del 80 por ciento–. Y hoy sigue siendo alto, pero se acerca al 60 por ciento. Esto es natural porque dentro de los fenómenos de riesgo hay un concepto que es la naturalización del miedo: la gente empieza a tranquilizarse y, conforme pasa el tiempo, deja de tener tanto miedo, entonces se cuida menos. Por otro lado, pesa la cuestión económica y fundamentalmente también pesa el hecho de que, fuera de los focos de infección como son el AMBA (Área Metropolitana de Buenos Aires) y las capitales de algunas provincias, en el resto del país la amenaza no está tan presente, como por ejemplo en Rosario. Eso lleva a que se requiera una segmentación del mensaje y de las instrucciones que se llevan adelante. Creo que en ese sentido lo que se está trabajando por ahora sigue siendo positivo. Hay muchas amenazas. Las amenazas son, me refiero a nivel comunicacional –no me refiero a nivel de gestión, porque la amenaza principal uno diría que es el estrés psicológico y la caída económica– la emergencia de cada vez mayores disensos. Y esos disensos que a veces buscan excusas políticas como puede llegar a ser el sueldo de los políticos o la situación de Vicentín a medida que avanza el tiempo cada vez tienen más expresiones que apuntan directamente con la política sanitaria. Entonces empiezan las manifestaciones anticuarentena y empiezan otro tipo de fenómenos que amenazan con el consenso mayoritario, que a pesar de eso, insisto, sigue siendo dominante. Entonces en términos de que sigue siendo dominante, la gestión de la comunicación del gobierno viene siendo buena, con desgaste, pero un con un balance hasta ahora positivo.

—En cuanto al consenso, ¿que dificultades se presentan para poder generar un debate democrático si la oposición rechaza tener una reunión junto con otros jefes de bloques opositores porque quiere encontrarse a solas con el presidente? ¿Se vió la comunicación política argentina obligada a pasar de la polarización al consenso?

—Bueno, hubo distintos momentos. En un primer momento la pandemia no obstaculizó el consenso sino al contrario, se generó un altísimo nivel de consenso social que hizo que ese diálogo necesario entre las fuerzas políticas se diera. Pero a medida que pasa el tiempo está empezando a ganar cada vez más la grieta o la polarización. No toda la oposición, sino un sector de ella, se radicaliza y decide representar un extremo de altísimo contraste con el gobierno como estrategia política. Se encuentra que, para ocupar uno de los extremos del arco ideológico y del posicionamiento político de la sociedad, lo hace a través de un discurso muy beligerante que tiene unos aspectos peligrosos: es un discurso anticientífico, anticuarentena, que se cruza con aspectos ideológicos políticos, porque no solamente es antiestado, sino también se vuelve antiderechos, discriminador. Es un fenómeno también de época que está relacionado con el uso de desinformación, de noticias falsas y rumores para representar un extremo de ultraderecha de la oferta política. Hasta el momento, el gobierno ha intentado encapsular esos disensos. No convertir esas expresiones en el principal tema de conversación del gobierno. Los ha encapsulado: a los que se manifestaron en contra de la cuarentena, el Presidente les pidió, en vez de discutir contra estos sobre sus argumentos, que se cuiden a la hora de expresarse y que encuentren otros mecanismos para hacerlo. Y así en distintos otros aspectos. Es una apuesta que hace el gobierno para que no escalen estas expresiones de manera tal que, por lo menos durante la pandemia, se generen algunos riesgos adicionales a la salud de la población. Pero no solamente a raíz de la pandemia sino también a raíz de la crisis económica que genera la pandemia. Lo que analiza el gobierno es, en esta situación donde la problemática social que está en crecimiento, la apuesta que hace es: no es momento este para dar mayor visibilidad a los conflictos políticos. Busca que a través del diálogo político se den grandes acuerdos que permitan sacar a la Argentina de la situación en la que está.

—Actualmente, el oficialismo está usando varios elementos de comunicación que rozan lo cómico: Alberto retuitea un video, Cafiero comparte un meme, Cristina comparte una foto de una mulita y dice que le encanta el humor y más cuando es inteligente… ¿qué opinás al respecto de este tipo de respuestas por parte de los funcionarios?

—Son recursos. Lo importante es el mensaje que hay detrás. Me parece que son recursos válidos, que además están usados de manera genuina, no forzada. Forma parte del lenguaje actual que es bastante transversal a todas las generaciones, no es un fenómeno de jóvenes el meme. Y como tal, como forma de comunicación de la gente, es una forma que es política. La política se manifiesta y se realiza a través de la comunicación y de los distintos medios e instrumentos y herramientas de comunicación que tiene a su disposición. Este es uno. La cuestión es cuál es el mensaje que hay en cada una de esas instancias y bueno, hay que detenerse más en el mensaje en sí que en la plataforma que usan para expresarlo.

—Muchos medios denunciaron la falta de la palabra de Cristina junto con la de otros funcionarios ¿Se ha acentuado la palabra del presidente frente a la de otros? ¿Qué consecuencias tiene –si las tiene– en términos de legitimidad o con qué objetivo se hace esto?

—Sí. Como en todos los países del mundo el vocero principal de la pandemia es el Presidente. Eso no es sólo un fenómeno argentino. En primer lugar, por la gravedad de la situación. Yo le agrego a eso una cuestión adicional que es que se le está pidiendo a la sociedad un compromiso muy grande. En algunos casos es quedarse encerrado en sus casas durante meses, en otros casos es mantener hábitos de distanciamiento que están totalmente fuera de las costumbres de algunos de nosotros. Y ese compromiso que se le está pidiendo a la sociedad, requiere de una contraparte que es un compromiso político del más alto nivel. Es lógico entonces que ese compromiso lo asuma el Presidente y no tal vez un funcionario de segundo orden como podría ser un ministro de Salud, un secretario o un infectólogo. Dicho esto, hay personas que sostienen que esto lo sobreexpone políticamente al presidente y que eso es un riesgo. No estoy de acuerdo, creo que es necesario. Y en el resto del mundo también están haciendo eso los líderes políticos.

—Ante un Mauricio Macri que aparece con escasos y limitados mensajes y aunque pocos, duros, ¿es posible que ante esto el periodismo tome el lugar de “oposición”  y venga a ocupar el “vacío” o silencio de Juntos por el Cambio?

—Creo que la agenda mediática puede y está atravesada por intencionalidades políticas como las que describís, pero creo que simultáneamente el gobierno tiene la necesidad y la responsabilidad de tratar que los medios, en un escenario como este, cooperen con la información preventiva que se necesita para que la gente se cuide. En los últimos días, por ejemplo, lo estaba viendo hoy, desde el lunes ocurre que los dos diarios de mayor circulación nacional –los dos que están ubicados en el AMBA, foco de la infección en el momento de récord de casos– coinciden en que su título principal no tiene que ver con el coronavirus. Entonces uno diría: eso es una intencionalidad política editorial. Sí, es probable. Ahora, frente a eso y a la repercusión que eso genera en la sociedad, en los públicos, el gobierno no puede simplemente plantearse el problema en términos de disputa. También tiene que pensar en cómo logra que la información que es necesaria que la gente tenga para ser consciente de los riesgos y de los peligros y se cuide, les llegue. Y eso en algunas instancias requiere negociaciones, acuerdos y diálogo con esos medios, y no siempre la disputa de sentido desde el conflicto político.

—¿Qué sucede con los discursos de odio? ¿Es posible denunciarlos desde la esfera gubernamental?

—Hay toda una discusión respecto de qué hacer con los discursos de odio. Si denunciarlos y darle visibilidad o encapsularlos, aislarlos o ignorarlos. Y la verdad es que no hay una respuesta que termine de convencer a nadie. Porque, por un lado hay una responsabilidad y un deber de denunciar la discriminación, de denunciar la violencia e incluso de denunciar la desinformación. La contracara de eso, es que a veces eso permite que aquellos discursos que simplemente tienen el propósito de provocar y de ser visibles, de llamar la atención, logren su cometido. Entonces es una cuestión que yo no lo tengo resuelto. Entiendo que hay que denunciarlo, pero hay que hacerlo de una manera que no lo retroalimente. Es difícil hacerlo. Una de la maneras para no retroalimentarlo es no contestarle al odio con odio. Si uno le contesta al odio con odio, eso aumenta la conflictividad, aumenta el drama y así, en teoría teatral lo diría, reafirma el carácter dramático de la disputa, le da mayor visibilidad y lo hace por lo tanto más peligroso.

—¿Existe algún tipo de debate institucional sobre los discursos de odio y su regulación?

—Desconozco, en Argentina no sé si existe algún debate sobre eso.

—¿Qué pasa con la construcción de la oposición en este contexto? ¿Qué estrategias está usando Cambiemos para mantenerse en la superficie?

—Una estrategia ambigua. Sobre todo Juntos por el Cambio, que en algunos casos los alimenta (a los discursos de odio) y en otros casos es ambiguo. En el caso en que lo alimenta, estamos hablando de dirigentes visibles con responsabilidades institucionales claras, como el caso de Patricia Bullrich o Fernando Iglesias, que convocan a salir a la calle, a manifestarse en medio de una cuarentena en la cual se sabe que lo peor que se puede hacer es generar concentraciones de gente. Por otro lado, hay otras posiciones de dirigentes que no dicen nada al respecto. Otros dirigentes que llaman a la secesión de una provincia. Todas esas son formas de polarización que conducen, en algunos casos y en otros casos no, a discursos de odio. Pero a lo que sí conducen es a la desinformación. En todos los casos. Y en todos los casos busca confrontar de una manera radicalizada. El sector que sería moderado de Juntos por el Cambio no condena esta expresión de una manera muy firme, entonces eso le hace el juego a esos sectores.

—¿Dónde queda “la grieta” en medio de la pandemia? ¿Se suspende el conflicto ideológico?

—Creo que la grieta en este momento está expresada en el anticuarentinismo. Con tal de sostener la polarización política con el otro extremo, por más que este extremo esté en una posición avalada por el consenso científico hegemónico, la oposición decide ponerse en frente. Pero no porque considere que la cuarentena es o no el mejor método para frenar el coronavirus, sino que es simplemente por una decisión política previa. En las encuestas, antes de que el gobierno decretara el aislamiento obligatorio, había un 30 por ciento de la sociedad que decía que el gobierno estaba haciendo menos que lo necesario para contener la pandemia del coronavirus. Hoy, ese 30 por ciento, casi las mismas personas, dicen que el gobierno exagera. Entonces, invierten su posición relativa en función de la posición del gobierno. Si el gobierno busca el aislamiento, se oponen. Cuando el gobierno no se había aislado, lo exigen. Entonces ahí está la grieta ilustrada de una manera clarísima.

El odio se expande por el mundo

Fuente: El Eslabón

 

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