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Le cantaban canciones desmoralizante a los sitiadores de Montevideo. Mientras lavaban la ropa, se pasaban mensajes secretos. Se disfrazaban de vendedoras y andaban kilómetros a caballo para obtener datos de las fuerzas enemigas. Aconsejaban y protegían a los compañeros. Opinaban como ellos y, además de ayudar a varios a escapar de las prisiones, empuñaban las lanzas.

Los manipulados e inventados relatos del machirulismo historiográfico destacan que las damas de la época donaban joyas, confeccionaban uniformes o banderas. Otras parecían sirvientas, pedigüeñas o asistentes de los heridos, anfitrionas en reuniones o amas de casa. En realidad estaban siendo parte de la historia rebelde, aunque sin figurar en los relatos.

Revisitar la historia

“En general, las mujeres no hemos sido consideradas en las investigaciones históricas, menos aún en relación con tiempos previos a la formación del estado nacional y en investigaciones vinculadas a los procesos revolucionarios”, indica Rosa García, profesora del Instituto Superior del Profesorado de Santa Fe.

“Se deben repensar las miradas masculinas sobre la participación de las mujeres, quienes hicieron cosas habituales a las que hacían los hombres”, agrega la también docente del Seminario de Sexualidad Humana y Educación Instituto Superior Nº 64, y miembro del Museo Etnográfico y Colonial “Juan de Garay”.

“Revisitar la historia del Río de la Plata en el marco de las revoluciones de Independencia desde la perspectiva de los estudios de género, tiene varias complejidades”, señala a El Eslabón. “Consideremos que, si bien las revoluciones de independencia y su impacto en el litoral rioplatense son un objeto de estudio ampliamente abordado por la historiografía, construir la interpelación desde la perspectiva de género es una tarea en proceso de construcción”, advierte.

Por su  parte, la historiadora uruguaya Inés Cuadro, señala que “la ruptura del «orden» que provoca un proceso revolucionario, como sostiene la historiadora francesa Dominique Godineau, repercute en «el papel y la representación que de sí mismo tenía cada sexo, o deseaba tener, en la sociedad»”.

Qué interpelan las fuentes

Rosa García cuenta que en su investigación realizó un “cruce de las fuentes, incluso con las uruguayas”, y que permaneció dos meses en el país vecino recopilando información. Pero también indica que el trabajo es problemático, “tanto por su escasez –de documentación– como por los modos en que son interpeladas. De conjunto, todas estas variables contribuyen a un imaginario colectivo marcado por la casi total ausencia de la agencia femenina en la reconstrucción historiográfica de la sociedad de esa época”.

“Otro aspecto lo constituyen los sesgos presentes en las investigaciones, ya que en la mirada tradicional de la historiografía hegemónica, opera la escisión entre lo público y lo privado. De forma tal que la esfera de lo público es más valorada que la esfera privada, y los temas asociados a ella tienen mayor relevancia. El estado, la guerra, las finanzas son ámbitos asociados a la esfera pública, en contraposición con la «vida privada»”. Por otro lado, la guerra y la violencia, la fuerza y el poder son atributos asignados a los varones, razón por la cual, para la mirada androcéntrica de la historia hegemónica es impensable la agencia femenina en tales contextos.

Entre las fuentes utilizadas, García señala a Historia de la vida privada en la Argentina. Tomo 1: País antiguo. De la colonia a 1870, de Fernando Devoto y Marta Madero. Editado por Taurus en 1999, trabaja sobre temas como la frontera, cotidianidad, vida privada e identidad, la revolución en las costumbres: las nuevas formas de sociabilidad de la élite porteña y sectores populares.

Una virgen y una Miss

Distinto fue el papel “otorgado” a las mujeres en 1816, cuando los diputados obedientes al centralismo querían imponer el fin de la revolución. Además de permitirles que pongan flores en “la Casita”, y barrerla, la Virgen Santa Rosa de Lima fue declarada patrona del evento. En tanto, Lucía Araoz, de una poderosa familia de la región, fue considerada la “más bella”, “la novia de la Patria”, “la rubia de la Patria”, una especie de Miss Argentina de 1816, con sólo 11 años. Luego, ya madura, se dedicó a la caridad como presidenta de la Sociedad de Beneficencia de Tucumán.

De las dos orillas

En la puesta “Mujeres de dos Orillas”, Rosa participó desde el santafesino Museo Etnográfico, junto al Museo Histórico Cabildo de Montevideo (Roxana Carrete). Fue expuesta en Montevideo en 2019 y se esperaba traerla a Santa Fe durante este año, pero ante la pandemia no se pudo realizar y ahora espera que el gobierno de la provincia acuerde la presentación, pero aún no contestaron. Además, hay materiales que dificultan su traslado desde aquella ciudad.

De fuego y de nieve

Según datos registrados por la docente Rossana Molinari, en Mujeres en la historia (2018), publicada en DiverGénTE (colectivo de mujeres docentes que buscar cambiar la matriz de la educación en Uruguay), estas son algunas de las mujeres olvidadas de la historia:

*Juana Bautista, de sangre ranquel (Córdoba). Corajuda lancera de las tropas del ejército artiguista, era de las que se molestaba con los paisanos que retrocedían.

*Soledad Cruz, lancera negra. Según la leyenda, peleaba altiva porque tenía la protección de un lobizón con quien tenía amores.

*China María (María Aviará), fue la primera lancera caída en Paysandú en 1811, ante una embestida de las fuerzas realistas del virrey Javier de Elío (Montevideo).

*Victoria «La Payadora», autora ella misma de cantos patrióticos en los fogones del Primer Sitio a Montevideo. Se acercaba a cantar cielitos desafiantes a los enemigos. Galopaba lanza en mano y guitarra a la espalda.

*Melchora Cuenca, paraguaya. Conoce el campamento del Ayuí cuando su padre llevaba víveres a los artiguista. Se casó de joven con Artigas. Fue maestra en Escuelas de la Patria. Tuvo dos hijos con Artigas: Santiago (1816) y María (1819). Por “desavenencias” con Artigas, se distancian en 1820. Vivió perseguida por los portugueses y se casó con el entrerriano José Cáceres, a pesar de que Artigas vivía.

Fuente: El Eslabón

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