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La legalización de la marihuana para uso recreativo es una propuesta legislativa que no para de posponerse. Desde la primera Million Marihuana March (MMM) en 1999, que contó con una concurrencia mayor a 4 mil personas, se han presentado decenas de proyectos de diferentes partidos alrededor del mundo reclamando la regulación de cannabis para uso recreativo y medicinal. Parece ser que hace al menos 20 años que no es el momento y siempre hay una cuestión más importante para tratar. Así, los proyectos duermen y mueren en algún cajón de la legislatura.

En el año 2000 se realizó la primera MMM en Argentina, particularmente en Rosario. Aquí nos juntamos unas 50 o 60 personas, en su mayoría usuarios que reclamaban por el libre uso de cannabis. El impacto fue grande, si bien la concurrencia escasa. Es así que las miradas atónitas de los transeúntes en la peatonal no se disimulaban: a las pocas cuadras de marchar, ya nos acompañaba la policía, debido a que ese puñado de usuarios acompañados por algún concejal y profesionales de la salud despertaban desconfianza.

Así arranco la visibilización del tema, con unos pocos usuarios que no querían seguir escondiéndose. La pregunta es: ¿a qué se debe que luego de tantos años la cuestión del uso recreativo del cannabis no tenga modificaciones? La ley 23.737 que prohíbe la tenencia para consumo personal sigue igual que siempre.

Las marchas continuaron y, año a año, se fueron sumando nuevos usuarios que se manifestaban pidiendo por el uso recreativo. Posteriormente se sumaron organizaciones cannábicas, como Mamá Cultiva, una de las más renombradas, y ONG’s que abogan por el uso medicinal.
Con el paso del tiempo, el reclamo para el uso recreativo va siendo relevado por el reclamo del uso medicinal y surgen las internas. En el movimiento, en las marchas, los pioneros, los fumancheros, comienzan a ser desplazados a las segundas líneas. Incluso en las reuniones previas –aquellas en las que todas las organizaciones se juntan para el armado del recorrido– surge el debate sobre si deben o no marchar en la misma columna los que piden por el uso recreativo y quienes no.

Así es que el uso recreativo vuelve a ser demonizado. La pregunta es: ¿a qué se debe esto?

Posiblemente los motivos son variados, pero arriesgo a pensar que el uso recreativo implica reconocer que los efectos psicoactivos de las drogas, en este caso de la marihuana, horroriza a los espíritus conservadores. ¿Acaso ciertos placeres de la mente no pueden ser aceptados?, ¿la sobrevaloración de la conciencia clara tendrá algo que ver en esto? Cabe preguntarse por los imperativos del buen pensar, el buen vivir y el bien hacer. ¿Será que el estado de conciencia alterado nos enfrenta a la locura, a lo oscuro de nuestras almas cual espejo negro que no queremos ver?
En el caso de la marihuana, pero no solamente de esta, la droga que cura o ayuda con algunas enfermedades es muy bien recibida. Así, la lucha científica parece estar centrada en aislar los principios psicoactivos de los efectos terapéuticos, de modo que deshacerse de los primeros traería cierta tranquilidad de conciencia y evitaría el despertar de fantasmas que rozan la zona del descontrol.

Ciertamente la regulación de los goces en lo social es de lo más extraña: sustancias altamente perjudiciales para la salud son legales y aceptadas socialmente, mientras que otras menos dañinas, no. ¿Cuál es la vara de lo permitido? En este sentido, parece ser que la cuestión no es la sustancia en sí misma, sino el acceso al goce diríamos mental, como si la propiedad del viaje fuere potestad de los magistrados y no de los ciudadanos.
Cabe aclarar que estamos hablando del uso recreativo. Entiendo que no hay droga inocua. Podemos recurrir al viejo concepto de Pharmakon de los griegos, aquella sustancia que era remedio y veneno al mismo tiempo, que fuere uno u otro dependía de la dosis y su modo de uso. En este caso estamos ante un veneno mental, un veneno que arranca de la claridad de conciencia al sujeto, que lo pierde y ya no es dueño de su voluntad –como si alguien pudiera serlo totalmente–. Así, la droga despierta demonios que preferimos tener ocultos.

Luego de escuchar por 20 años a pacientes que consumen drogas, puedo afirmar que no todo consumidor de drogas es un adicto y que la prohibición de las sustancias no ha acotado en lo más mínimo su uso, en especial el de la marihuana.

Entre otros argumentos a la oposición de la legalización, podemos escuchar el miedo al contagio, como si la sustancia fuera un virus que toma al sujeto más allá de sus intenciones. No es el caso. Un adicto no se fabrica por contagio. El recurso adictivo a las drogas, a la comida, al juego, al trabajo, responde a lógicas psicológicas que no vamos a desarrollar aquí, pero que nada tienen que ver con el contagio.

El uso recreativo, en cambio, sí parece responder a ciertas coordenadas de identificación al otro, al par, sobre todo en la adolescencia, así como sucede con el alcohol, por ejemplo. Sin embargo, no todo consumo se convierte en una adicción o en un abuso, y en todo caso la pregunta para el sujeto no va por el lado de la sustancia, sino por el lado del exceso. Porque es bien sabido que una adicción puede permutar un objeto por otro sin mayores dificultades. Así lo muestran las terapéuticas de la abstinencia donde se deja la droga para pasar a otros excesos más aceptados socialmente, como pueden ser otras drogas permitidas, el trabajo o la religión, objetos que no necesariamente son una sustancia.

El temor social responde más a lo moral que a evidencias científicas o pragmáticas. Los legisladores no están por fuera de las significaciones sociales instituidas, e ir en contra de lo que se supone que es mejor para el grueso de la sociedad tiene un costo que nadie quiere aceptar.
Es muy común hablar con nuestros políticos que escuchan los argumentos con atención y respeto, aceptándolos e incluso coincidiendo personal e ideológicamente con la legalización, pero al entrar al recinto legislativo no son consecuentes con lo hablado. La respuesta en general es la que situaba al comienzo: sí, estoy de acuerdo, pero no es el momento. Así va la cosa, 20 años y sin novedades.

En estos días se presenta, o quizás a la fecha que sale este articulo ya fue presentado, el proyecto para la reglamentación de la Ley 27.350 de uso terapéutico del cannabis. Sería un gran avance, de aprobarse. Pero aun así queda planteada la discusión: ¿y el uso recreativo para cuándo?

* Psicólogo.
Miembro de PRISMA Cooperativa de trabajo en Salud Mental

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